Buenos días
Hay conversaciones que nunca ocurren, pero que necesitamos escribir para poder vivir en paz. La última conversación es la mía. Si este relato os acompaña, agradeceré reseñas en Amazon (Olivia Brunete).
Gracias por estar al otro lado.
La Última Conversación
La última conversación © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026
La última vez que hablé con mi madre fue el 1 de enero de 2003, me iba a Madrid, y la vi que tenía la cara triste. Antes de salir por la puerta le dije que no se preocupara que en unos días volvería para Reyes. No sabía que ese momento era el último en el que iba a hablar con ella, en el que iba a mirar. Siempre me acordaré de él, como si lo estuviera viviendo ahora, como si estuviera pasando ahora.
Nos quedó una conversación pendiente, la que nunca tuvimos, por eso he tenido el duelo por su muerte congelado durante mas veinte años.
¿Cómo hubiera sido esa conversación si lo hubiésemos tenido sabiendo que ese iba a ser su último día consciente?
Mi madre tuvo depresiones toda su vida, no recuerdo muchos momentos en lo que ella estuviera bien. Me ha costado mucho entender su historia, para entenderla he debido tener ansiedad, y pasar por un proceso de terapia, largo, y por situaciones de mi vida difíciles.
Si ahora tuviese esa última conversación con ella, creo que le diría
- Mamá, siento mucho lo que viviste en tu vida. Siento mucho tu sufrimiento, y que como decías tú, tu enfermedad no fuese creída. Siento mucho que tu familia te diera la espalda y no te sostuviera. Y sobre todo siento que nadie te pudiésemos ayudar a librarte de esta tristeza.
Ahora sé que esta tristeza no era tuya sino heredada, heredada de tu bisabuela, por la pérdida de su hija.
Supongo que mientras a mi madre le voy diciendo todo esto, ella se pondría a llorar, estaría llorando mientras le sigo diciendo.
- Siento mucho que tus padres, te hicieran tanto daño, y que tu hermano al que tanto tu querías te despreciara de esta forma, no te lo merecías. No fuiste acompañada, ni comprendida. Te usaron para trabajar y cuidar a los demás, y cuando ya no les servías te descartaron. No es justo.
Me ha costado mucho entender todo esto. Nosotros tampoco te supimos acompañar, yo no podía soportar verte llorar todo el día a mi lado, y para mi era más fácil hacerte poco caso. Porque yo no podía hacer nada, porque no sabía, porque tenía veinte años, y todo esto me parecía demasiado complicado
Sé que mi madre me hubiese dicho
- Ya lo sé hija, yo te quiero no te preocupes – y seguiría llorando
Yo diría:
- Muchas gracias, Mamá, pero necesitaba decírtelo, porque me siento mal por haberme portado así contigo. Me siento mal por haberte gritado en el coche, que me acaba de comprar, y casi no sabía conducir, cuando intentaba aparcar. He pasado tantas veces por esa calle, y me he acordado de este momento y me he arrepentido, tanto de gritarte. Lo siento muchísimo.
Sabes que me casé, no me ha ido tan bien como yo pensaba, mi familia política nunca ha sido mi familia, me anulé como tú, como todas las mujeres de la familia, tuve conformidad, y casi eso acaba conmigo.
Ahora sé que ese no es el camino, pero todavía no he terminado de salir del patrón estoy en ello. Lo que te pasó a ti no fue un fallo, lo traemos todas en nuestro ADN, sin querer forma parte de nuestro linaje.
Mi misión es que mis hijos no lo sufran que puedan decidir, y que puedan ser libres por fin.
Tengo una hija, que ha aprendido a coser a máquina ella sola, como hacías tú, es como si la genética fuera sabia, y como si nuestros antepasados no solo heredamos los traumas, sino también virtudes. Se llama Lucía no tiene el nombre de nadie antes de la familia, así que no tiene que cargar con nada, por fin ella puede ser libre.
Mi madre me diría:
- Ojalá hubiese podido conocerla, y hacerle vestidos yo, como os hice a vosotras. No pudo ser me tuve que morir antes. Quizás en cierta forma que sepa coser a máquina, como si supiera de toda la vida, es algo que le deje yo sin querer.
Yo le contestaría
- Si eso he pensado yo, al verla. Parece que sabe hacerlo de toda la vida, como si esto viniera ya de antes.
Sabes, tú siempre nos decías que estudiáramos, que fuéramos independientes. Sabes que da igual que estudies y trabajes, y ganes dinero, los patrones aprendidos son muy difíciles, de eliminar. De eso me he dado cuenta yo, ahora. Los patrones de dependencia de las personas, aguantar lo inaguantable es algo en lo que nos entrenaron a todas, y que no hemos dejado de hacer.
Patricia, que hace lo que le da la gana, o por lo menos parece que lo ha hecho, es anoréxica, y bulímica, y tiene una relación tóxica con un chico que la trata fatal desde hace varios años. Ella terminó enfermería trabaja y gana su propio dinero, pero aun así, tolera este tipo de relaciones. ¿Qué te parece?
Mi madre se quedaría pensando.
- No hemos podido evitar nuestro destino, a pesar de haber estudiado, de tener trabajo de ganar dinero. Nos hemos metido en relaciones donde nos anulan, donde nos tratan mal, donde nos ningunean. Porque así es como nos trataron siendo del linaje de los no dignos. Aguantamos a personas que nos hablan desde una altura moral, y creemos las cosas que nos dicen, como si nos representaran a nosotras.
Me ha costado mucho identificar esto, y aunque yo trato de explicárselo a Patricia es muy difícil de entender.
Mi marido que es hijo de un maltratador acaba actuando igual que él, la persona que pegaba a su madre. No maltratando físicamente pero si emocionalmente.
Mi madre me seguiría escuchando mientras le voy contando
- Nosotras, estamos tan anestesiadas, que no hemos sido capaces de salir de esos patrones, porque en ellos nos educaron, en ellos nos entrenaron. Para aguantar este tipo de tratos, para no aprender a poner límites. Este ha sido el problema, sobre todo. No habernos defendido, no habernos sabido defender.
Cuando tu padre te exigía, te pegaba y hacía que trabajases como una mula.
Mi madre me miraría fijamente
- Yo quería a mi padre, él lo hacía por mi bien. Porque yo era una ligera de cascos, porque necesitaba que me controlaran.
Yo le contestaría
- ¿Y eso justificaba que te pegase?. Que te pegase delante de la gente, de mi padre, como aquel día en la fiesta. Tú eras una mujer adulta, no merecías que nadie te tratase así ni tu padre ni nadie.
Mi madre bajaría la mirada. Por primera vez en toda la conversación, no lloraría. Estaría quieta, como si algo dentro de ella se hubiera roto o, quizá, despertado.
- Hija… —diría muy despacio— nunca nadie me habló así. Nunca nadie me dijo que aquello no era normal. Nunca nadie me dijo que yo no tenía la culpa. Toda mi vida pensé que merecía lo que me pasaba. Toda mi vida creí que si me trataban mal era porque yo era poca cosa.
Levantaría la vista, y por primera vez tendría claridad.
- Yo repetí lo que aprendí. Aguanté porque me enseñaron a aguantar. Callé porque me enseñaron a callar. Y cuando tú naciste… yo ya no sabía vivir de otra manera. No sabía protegerte. No sabía protegerme. No sabía nada.
Respiraría hondo, como si le costara.
- Pero tú sí lo sabes. Tú has visto lo que yo no pude ver. Tú has dicho lo que yo nunca pude decir. Tú has roto lo que yo no supe romper.
Y entonces, la frase que cambia el relato:
- Hija… perdóname por no haber sabido ser tu madre. Y gracias por ser tú quien ha terminado lo que yo no pude empezar.
Yo le contestaría:
- No tengo nada que perdonarte, tú hiciste lo mejor que pudiste con lo que sabías. Yo soy lo que soy gracias a ti, y a pesar de todo, he sabido encontrar las respuestas, a lo que te pasaba a lo que le pasaba a nuestra bisabuela a la familia.
Sé que las dos nos miraríamos a los ojos y nos daríamos un abrazo, muy fuerte, y ella me diría.
- Yo te quiero mucho cielo, y a Patricia también.
Y en este momento yo me sentiría en paz, porque sé que por fin ella habrá podido descansar. Que por fin el patrón había terminado con nosotras, y que lo que nunca pudimos decirnos nos lo estábamos diciendo ahora.
Y yo le diría:
- Te quiero mucha mamá, muchas gracias por darme la vida. Muchas gracias por ser mi madre. Nunca te olvidaré.
Y ella me diría
- Estaré contigo siempre toda la vida, velando por ti.
Este relato forma parte de una obra mayor titulada El dibujo aplastado, donde aparece revisado, ampliado y ordenado como capítulo.