Buenos días
Hoy he escrito una pequeña reflexión, relato. Espero que os guste. Si os resuena agradecería una respuesta a este texto. Para mi sería de gran ayuda.
Muchas gracias
Esta mañana había un atasco impresionante casi desde la salida de mi casa. Según me acercaba al trabajo, notaba cómo me iba poniendo de mal humor porque iba a llegar más tarde de lo normal.
No sé por qué me he acordado de una olla a presión.
La rabia por el atasco la llevaba dentro. Cuando hemos bajado a tomar café he empezado a hablar de ello con frustración. Un compañero me ha dicho que ya me había oído quejarme varias veces durante la mañana.
Y tenía razón.
Creo que ahí he encontrado una de las claves de la salud mental.
Cuando nos ocurre algo que nos hace sentir mal, como el atasco de esta mañana, y no lo soltamos, se queda dentro. Poco a poco se acumula y termina generando malestar.
Durante muchos años viví una situación complicada en mi casa que no podía soltar. No podía contarla. No podía compartirla. No podía liberarla. Y eso, con el tiempo, me hizo daño.
Porque una emoción no expresada no desaparece.
Muchas veces se transforma en tensión, ansiedad, irritabilidad, cansancio, hipervigilancia o tristeza.
Cuando escribo ocurre algo parecido a abrir la válvula de una olla a presión.
No cambia lo que pasó.
No modifica el pasado.
Pero la presión baja.
Quizá por eso empecé escribiendo en una libreta.
Y quizá por eso sigo escribiendo ahora.
No solo para comprender.
También para liberar.
Porque al final no nos enferma únicamente lo que vivimos.
También nos enferma aquello que no podemos contar.
En mi casa no había espacio para decir lo que estaba pasando.
Ahora sí lo hay.
Está en los relatos que escribo.
En las reflexiones.
En algunas conversaciones.
Y quizá por eso siento algo que he nombrado muchas veces últimamente:
vértigo y paz.
Porque abrir la válvula da miedo.
Pero también permite respirar.
Realmente no siempre necesitamos una solución, un consejo, una explicación brillante, que alguien nos arregle la vida.
Muchas veces solo necesitamos algo mucho más simple: contar lo que nos pasa y que alguien nos escuche.
Cuando algo nos duele y podemos contarlo a un amigo, a un terapeuta, a un familiar o escribirlo en una libreta o en un relato, nuestra emoción no desaparece mágicamente, pero deja de estar comprimida.
La presión baja y el cuerpo lo nota. Esto es lo que sentía cuando le contaba cosas a mi madre, de repente notaba que algo se liberaba como cuando le abres la válvula de la olla a presión.
Mi madre no siempre resolvía el problema, pero me preguntaba qué me pasaba. Y muchas veces eso bastaba para que el nudo empezara a deshacerse.
Al ir escribiendo durante este tiempo todos los relatos, recorriendo la historia de mis bisabuelas de mi familia, de mi propio matrimonio, he sido capaz de contarme lo que hasta ahora no había podido decir. Y al ir escribiendo y contándome todas estas historias, he ido deshaciendo los nudos que me ahogaban, que no me dejaban respirar. Que me generaban ansiedad.
A veces escribir es simplemente darle un lugar a lo que llevamos dentro. Y cuando algo tiene un lugar fuera de nosotros, pesa menos. No porque desaparezca. Porque ya no tenemos que sostenerlo solos.