Relato (Las Habitaciones Blancas)

Buenos días,

He publicado este relato corto en Amazon.
Si te resuena, me encantará saberlo. Y si no, también.
Puedes responder simplemente con un Sí o un No.

Muchas gracias por leerme


Las Habitaciones Blancas

Las Habitaciones Blancas © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

Prólogo

A veces las cosas más sencillas de la vida nos ofrecen respuestas que no esperábamos.

Nos invitan a detenernos, a mirar hacia dentro y a comprendernos un poco mejor.

Estos relatos nacen de esa búsqueda. No pretenden dar lecciones ni señalar caminos. Son pequeñas historias, recuerdos, sueños y reflexiones que me han ayudado a entender algunas cosas de mi propia vida.

Ojalá entre estas páginas encuentres también alguna respuesta para ti.

O, al menos, una buena pregunta.

Espero que los disfrutes.

El sueño

Esta noche he soñado que me compraba un palacio.

Después de firmar la compra iba al palacio, y la gente de los alrededores, me decía que estaba loca.

Que como lo había comprado que llevaba 7 años en venta, que hasta ahora nadie lo había querido comprar.

El Palacio según ellos tenía muchos problemas.

La verdad es que me daba igual, yo estaba muy ilusionada. Ya vería como lo gestionaba.

Recuerdo, que había encargado algo de arreglo a una empresa, que pulieran el suelo y reformaran el baño.

Cuando entro al palacio veo que el suelo es de madera, recién pulido, y también hay muchos baños así que no sé cuál han reformado.

Todos los baños estaban perfectos.

En el palacio hay muchas habitaciones, todas con las camas hechas con ropa blanca y limpia. La temperatura es ideal.

El palacio tiene varias plantas, y en la de abajo del todo. Hay varios salones coloridos para jugar. Para reunirse con amigos. Pienso que quizás el antiguo dueño lo usaba para juntarse con sus amigos o para hacer negocios.

Es todo enorme.

En el sueño pienso que como voy a poder vivir luego en una casa normal, si ahora vivo en estos espacios tan grandes.

Hoy es mi cumpleaños y este es el sueño que me ha regalado mi subconsciente.

Mi cumpleaños

Cuando era pequeña, me encantaba el día de mi cumpleaños.

Mi madre me decía que había nacido a las 23:30 de la noche. Entonces siempre decíamos, cuando nos felicitaban. No todavía no he nacido, faltan diez horas. Luego, tampoco era nuestro cumpleaños porque faltan tres horas. Hasta que llegaba la hora, entonces ya era nuestro cumpleaños.

Luego mi madre nos decía, mira ahora ya estaba de parto, y ahora ya casi ibas a nacer. Y yo me lo imaginaba como si estuviera viviendo mi nacimiento en directo.

Cuando tenía unos seis o siete años, pedí de regalo de cumpleaños un teléfono rojo para poder llamar. Un teléfono con rueda, que para marcar tenía que girar los números. Que ilusión cuando me lo regalaron.

Ya tenía mi teléfono rojo ya podía llamar a quien quisiera.

Los cumpleaños siempre eran días especiales en mi casa.

Ahora cuando es el día de mi cumpleaños, me acuerdo de esto. Todavía no he nacido me faltan unas horas para cumplir todavía pienso.

La primera en felicitarme esta mañana ha sido mi hermana y mi padre no se ha acordado todavía. Supongo que le tendré que llamar para decírselo.

Nací acompañada únicamente por mi madre.

Mi padre estaba en la vendimia ayudando a mi abuelo y no pudo estar en el hospital.

Durante muchos años pensé en esa ausencia de distintas maneras.

Hoy, sin embargo, cuando recuerdo aquel día, la imagen que me viene no es la de quien faltaba.

Es la de mi madre y yo.

Ella esperando mi llegada.

Y yo llegando al mundo.

La válvula

Esta mañana había un atasco impresionante casi desde la salida de mi casa.

Según me acercaba al trabajo, notaba cómo me iba poniendo de mal humor porque iba a llegar más tarde de lo normal.

No sé por qué me he acordado de una olla a presión.

La rabia por el atasco la llevaba dentro. Cuando hemos bajado a tomar café he empezado a hablar de ello con frustración. Un compañero me ha dicho que ya me había oído quejarme varias veces durante la mañana.

Y tenía razón.

Creo que ahí he encontrado una de las claves de la salud mental.

Cuando nos ocurre algo que nos hace sentir mal, como el atasco de esta mañana, y no lo soltamos, se queda dentro. Poco a poco se acumula y termina generando malestar.

Durante muchos años viví una situación complicada en mi casa que no podía soltar. No podía contarla. No podía compartirla. No podía liberarla. Y eso, con el tiempo, me hizo daño.

Porque una emoción no expresada no desaparece.

Muchas veces se transforma en tensión, ansiedad, irritabilidad, cansancio, hipervigilancia o tristeza.

Cuando escribo ocurre algo parecido a abrir la válvula de una olla a presión.

No cambia lo que pasó.

No modifica el pasado.

Pero la presión baja.

Quizá por eso empecé escribiendo en una libreta.

Y quizá por eso sigo escribiendo ahora.

No solo para comprender.

También para liberar.

Porque al final no nos enferma únicamente lo que vivimos.

También nos enferma aquello que no podemos contar.

En mi casa no había espacio para decir lo que estaba pasando.

Ahora sí lo hay.

Está en los relatos que escribo.

En las reflexiones.

En algunas conversaciones.

Y quizá por eso siento algo que he nombrado muchas veces últimamente:

vértigo y paz.

Porque abrir la válvula da miedo.

Pero también permite respirar.

Realmente no siempre necesitamos una solución, un consejo, una explicación brillante, que alguien nos arregle la vida.

Muchas veces solo necesitamos algo mucho más simple: contar lo que nos pasa y que alguien nos escuche.

Cuando algo nos duele y podemos contarlo a un amigo, a un terapeuta, a un familiar o escribirlo en una libreta o en un relato, nuestra emoción no desaparece mágicamente, pero deja de estar comprimida.

La presión baja y el cuerpo lo nota.

Esto es lo que sentía cuando le contaba cosas a mi madre, de repente notaba que algo se liberaba como cuando le abres la válvula de la olla a presión.

Mi madre no siempre resolvía el problema, pero me preguntaba qué me pasaba. Y muchas veces eso bastaba para que el nudo empezara a deshacerse.

Al ir escribiendo durante este tiempo todos los relatos, recorriendo la historia de mis bisabuelas de mi familia, de mi propio matrimonio, he sido capaz de contarme lo que hasta ahora no había podido decir. Y al ir escribiendo y contándome todas estas historias, he ido deshaciendo los nudos que me ahogaban, que no me dejaban respirar. Que me generaban ansiedad.

A veces escribir es simplemente darle un lugar a lo que llevamos dentro. Y cuando algo tiene un lugar fuera de nosotros, pesa menos. No porque desaparezca.

Porque ya no tenemos que sostenerlo solos.

Las expectativas

Hoy es mi cumpleaños y mi suegra no me ha felicitado. Este verano he decidido no ir al pueblo. Por que allí todo es ruido, cumplir expectativas apariencias, y demás.

Yo no tengo fuerzas, ni me siento preparada para esto. Ya no estoy dispuesta a cumplir el papel, que me han asignado en su familia fusionada.

Ya no puedo, porque mi cuerpo ya no me permite ir. Se me hace insoportable.

Supongo que el no ir, ya rompe su relato su familia ideal de que todo está bien. De que la mujer de su hijo apoya totalmente y está encantada de ir al pueblo a hacerse invisible. Y que está encantada con cumplir los planes que eligen ella y su hija.

Ya no puedo.

En el fondo queda algo por mi parte como que tengo que cumplir.

Esto ya no es de ahora es de antes.

No es de quien soy ahora es de quien fui.

Esto parece pertenecer a una Olivia más antigua.

La que aprendió que para ser querida había que cumplir.

Que para ser aceptada había que adaptarse.

Que para tener un lugar había que responder a expectativas ajenas.

Y quizá este cumpleaños tenga algo de despedida de esa versión de mí, por eso he soñado con el palacio y las habitaciones con las camas blancas.

No ir al pueblo no ha sido un acto contra ella.

Ha sido un acto a favor de mí.

He elegido no exponerme a un lugar donde siento ruido, expectativas, invisibilidad y agotamiento.

No es una decisión tomada desde el rechazo, sino desde el límite.

Y los límites tienen una consecuencia incómoda: alteran los relatos familiares.

Durante años he estado disponible, adaptándome y encajando. Y cuando dejo de hacerlo parece que el problema soy yo. Pero muchas veces lo único que ha cambiado es que ha dejado de sacrificarse para sostener la imagen de que todo está bien.

Al no ir este verano he dejado de exponer tu cuerpo y mi energía a un lugar donde me siento invisible, donde predominaban las expectativas sobre la autenticidad, donde hay más obligación que disfrute.

Y eso tiene consecuencias.

Los sistemas familiares suelen acostumbrarse a que cada persona ocupe un papel determinado.

Cuando dejo de hacerlo, la historia se rompe. No porque haya hecho algo malo, sino porque ya no puedo sostener una dinámica que los demás daban por hecha.

Quizá mi ausencia cuestiona un relato que decía:

“Todos estamos bien.”

“A todos nos gusta estar juntos.”

“Aquí nadie tiene problemas con esta forma de relacionarnos.”

No significa que ya no me importe lo que piensen los demás. No significa que no me duela.

No significa que no haya momentos de duda.

Significa que he empezado a elegirme.

Y eso suele venir acompañado de culpa antes que de paz.

La paz llega después.

Hoy, más allá de quién me haya felicitado y quién no.

Quizás soy una mujer que está dejando de ocupar una habitación pequeña para entrar en una casa más grande, donde también tiene espacio ella.

Y eso encaja mucho con el sueño que he tenido esta noche la del palacio lleno de habitaciones.

Quizá una de esas habitaciones sea precisamente esta:

La habitación donde ya no tengo que cumplir.

A mitad del día mi suegra si me felicitó, de forma muy cariñosa, además. Quizás el

el hecho de que tardara en felicitarme removió en mí el miedo a ser rechazada cuando dejo de cumplir expectativas.

El accidente de mi padre

Hoy me he acordado otra vez del accidente de mi padre, y la sensación que se me quedó, es como si tuviese el cerebro abrasado.

Fue tanto el miedo que pasé, el estrés y todas las situaciones difíciles que tuve que atravesar.

Que ahora ya no puedo tolerar situaciones que me hacen mal.

Porque vuelvo a tener esa sensación del cerebro abrasado.

Entiendo ahora los dibujos cuando a la gente le sale humo de la cabeza, porque uno se siente así.

Creo que mi sistema nervioso aprendió algo durante el accidente de mi padre, y esto es que tengo un límite, que no puedo con todo. Y que a veces tenemos que soltar. A veces tenemos que confiar y dejar que otros se ocupen.

Antes quizá podía soportar más ruido, más exigencias, más conflictos, más expectativas ajenas, pero ahora no puedo.

Quizás el sueño del palacio vuelve a decirme esto. Es el sueño de alguien que necesita descanso. Habitaciones con las camas hechas. Todas blancas. Temperatura perfecta. Silencio.

No es el sueño de alguien que necesita más cosas.

Es el sueño de alguien que necesita descanso.

Espacio.

Y quizá también seguridad.

Quizá una de las enseñanzas de esto es que ya no necesitas demostrar que puedo aguantarlo todo.

La universidad

Ayer me llamó mi cuñada por teléfono para felicitarme porque era mi cumpleaños. Hace mucho que no hablo con ella. En cierta forma sentía temor, porque al no haber ido este verano al pueblo.

Ahora empiezo a entender que realmente a ella le da igual que vaya o que no porque ella, está a su historia, en el pueblo.

Como no sabía muy bien de que hablar con ella, le pregunté por su hijo que va a estudiar lo mismo que estudié yo.

Me dijo que él estaba muy emocionado, completamente metido en la dinámica de la universidad.

Muy ilusionado.

Me acordé entonces de cuando empecé en la universidad la emoción que sentí, primero porque era la primera de los nietos que iba a la universidad, y yo me sentía orgullosa.

No tenía muy claro cómo me iba a ir, no lo pensaba mucho. Ya iríamos viendo.

Pero la verdad es que era muy emocionante. Todo era nuevo, las clases eran enormes, en escalera. Los profesores tenían tres pizarras a la vez.

Y además íbamos a clase por la tarde con lo que teníamos todo el edificio de ciencias para nosotros, para los de primero. Por las tardes había poca gente. Algunos alumnos en los laboratorios o estudiando en la biblioteca.

Creo que lo que me emocionó no fue únicamente recordar la universidad, sino recordar una época en la que el futuro estaba abierto y aún no pesaban tantas expectativas ajenas.

Ayer me dijo mi marido que ya tengo cincuenta y un años, y he cambiado desde que me conoció.

Quizás más que cambiar, antes me sentía más libre y no me pesaban tanto las expectativas ajenas. Y el futuro estaba por llegar.

Cuando era pequeña quería ser mayor para poder ir donde yo quisiera y ahora que soy mayor no puedo hacer lo que pensaba de pequeña, porque tengo muchas cargas que he asumido y coartan mi libertad. Mis hijos, mi marido, las expectativas de mi padre de mi familia política.

Cuando empecé la universidad creo que lo que sentía era esperanza e ilusión. Que he ido perdiendo con el tiempo. Quizá es la decepción de no haber cumplido lo que pensaba de pequeña. Porque de pequeña cuando pensaba en esa libertad no pensaba en los demás.

Ayer al final del día de mi cumpleaños tuve que ir al tanatorio, porque se murió el marido de una compañera nuestra. Ha sido algo rápido en poco menos de dos meses.

Así que de repente tu vida está totalmente organizada y estás feliz, estás pensando en viajar. Y casi de un día para otro todo se acaba. Mi compañera está desolada, ha perdido a su compañero de vida. Yo solo pude darle un abrazo y decir que lo sentía mucho nada más. Ella lloraba, y sentí que agradecía el abrazo.

La muerte del marido de mi compañera, al igual que del accidente de mi padre solo me queda pensar. Que, si la vida puede cambiar tan rápido, quizá merezca la pena vivirla de una forma más auténtica.

Esto me recuerda que me falta mucho para tener arreglada la casa y puede que no la termine para poder ir a ella a descansar.

Así que creo que además de la casa, tengo que tener mis propios espacios como donde por un momento no me sienta juzgada donde me sienta yo, como me pasa cuando voy a la casa. No puede pasarme la vida esperando a que la casa esté habitable para poder descansar.

Así que estos días he empezado a dormir cabeza abajo en mi cama, y es una sensación nueva porque por las noches tengo unos sueños locos.

La noche de mi cumpleaños me compré el palacio, y ayer me fui de fiesta loca como cuando era joven. Además, cuando me he despertado había dormido tan profundamente que no me acordaba que tenía que trabajar. Creo que todavía seguía de fiesta. Y lo mejor de todo es que me he despertado muy descansada.

Creo que la clave de todo es que, si la vida es incierta. Por lo que merece la pena construir espacios donde podamos ser nosotros mismos, donde podamos descansar.