Relato (Las Mujeres del Nogal) - Reescrito

Buenos días
He reescrito el relato “Las mujeres del Nogal”, describiendo mas las escenas. Os agradecería vuestros comentarios.
Muchas gracias


LAS MUJERES DEL NOGAL

Un homenaje a mi bisabuela Teresa y a todas las mujeres de mi linaje

Raquel

LAS MUJERES DEL NOGAL © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

ÍNDICE

Prólogo

  1. La niña que no llegó a crecer

  2. El nombre que viaja por las mujeres

  3. Teresa, la mujer que sostuvo el dolor

  4. La soledad de su dolor

Epílogo

PRÓLOGO

Hay historias que no se heredan en palabras, sino en silencios.

Historias que pasan de una mujer a otra sin contarse, pero que se sienten en el cuerpo, en la piel, en la forma de mirar la vida.

Esta es una de esas historias.

Mi bisabuela Teresa vivió una vida marcada por la pérdida.

Durante años, su historia permaneció en silencio, como tantas historias de mujeres que apenas dejaron rastro en los libros, pero sí en las vidas de quienes vinieron después.

Un día, en una sesión de yoga, sentí que había llegado el momento de escucharla.

De recordarla.

De acompañarla.

De darle un lugar en mi memoria.

Este libro es para ella.

Y para todas las mujeres que vinieron antes que yo.

1. La niña que no llegó a crecer

Cuando era pequeña recuerdo estar en la cocina de mi abuela. La cocina bilbaína encendida y yo viendo como caía la ceniza al suelo. Me dolía desde hace unos días la barriga, no tenía muchas ganas de comer y había vomitado un par de veces.

Mi abuela estaba de pie hablando con mi madre. Hablaban de mi bisabuela, porque mi abuela decía “a miña nai”.

Oía hablar de una niña, que decían que tenía gastroenteritis, y que le habían dado leche. Que la leche no se puede dar cuando tienes gastroenteritis. Y que aquella niña se murió.

No sé de quien hablaba.

Yo no tenía hambre, pero quería tomar leche y no me la querían dar.

Yo miraba el fuego en la cocina bilbaína, y jugaba con la ceniza.

Ellas seguían hablando, y decían que esa niña se había deshidratado, por haber tomado leche.

Yo esperaba a ver si se decidían y me daban el vaso de leche, aunque mucho me temía que no.

Hasta que les pregunté

  • ¿Por qué no puedo tomar leche? Solo me apetece un vaso de leche
  • No, porque es mala y te puedes deshidratar. Como cuando eras pequeña, que te llevamos a Ponferrada, porque no conseguías remontar. Y como la hermana de la abuela, que se murió con 18 meses.

Me quedé callada, seguí jugando con las cenizas. Escuchando a mis tripas rugir y no volví a decir nada.

Oí a mi madre que le decía a mi abuela

Le hacemos arroz blanco con pollo, para comer.

Sabía que me iba a quedar sin tomar leche hasta que no estuviera del todo bien.

Años después supe que la niña muerta se llamaba Teresa Raquel.

Mi abuela, Raquel Teresa.

Siempre me pareció que aquellos nombres eran un espejo: los mismos, pero colocados al revés.

2. El nombre que viaja por las mujeres

En la casa del tío de mi madre, siempre hubo una foto en blanco y negro donde aparecían un señor y una señora como con cara de enfadados, vestidos de negro.

Cuando era pequeña no entendía porque hacían fotos de gente yendo a un entierro y los colgaban en casa.

A mi esta foto me daba miedo.

Me recordaba al primer muerto que vi en mi vida. Un señor que se parecía a mi bisabuelo, con bigote en una caja en su casa.

La gente estaba sentada alrededor de la caja con el muerto y había velas por el suelo. El señor iba vestido de negro como el de la foto. Yo estaba con mi madre y con mi abuela. Yo miraba al muerto con atención, me parecía que en cualquier momento se iba a levantar.

Desde entonces, cada vez que veía a aquella señora, me acordaba de la caja.

Cuando me hice más mayor pregunté que quieran esos señores de la foto. Me dijeron que eran mis bisabuelos, Teresa y Rogelio el día de su boda. La verdad es que no parecían muy contentos

Mis abuelos también tenían una foto igual vestidos de negro. También muy serios. Supongo que antes casarse era algo distinto.

Mi bisabuela se llamaba Teresa.

Mi abuela, Raquel Teresa.

Y la niña que murió con dieciocho meses, Teresa Raquel.

Los nombres seguían apareciendo una y otra vez en la familia, como si nadie quisiera dejar que desaparecieran del todo.

3. Teresa, la mujer que sostuvo el dolor

He heredado la casa donde estaba colgado el cuadro de mis bisabuelos vestidos de luto.

Pero el cuadro ya no está.

Cuando el tío de mi madre murió, la casa pasó a mi madre. Y cuando mi madre murió mi abuela le pidió el cuadro de sus padres.

Y mi padre se lo dio.

Desde entonces esa pared quedó desnuda con un rectángulo más claro que el resto. La marca del cuadro.

Ahora tampoco existe esa pared.

Durante el derribo vaciaron la casa por dentro y solo quedaron los muros.

Hace unos meses fui a ver la obra.

Estaba subida en las viejas escaleras de piedra intentando imaginar cómo unirlas con la nueva estructura.

Entonces pasó un vecino y entró a saludar.

Miró las escaleras y me dijo:

Me acuerdo de tu tío. Bajaba por aquí apoyándose en la barandilla.

Entonces recordé que era cojo.

Durante un instante pude imaginarlo descendiendo despacio aquellos peldaños gastados.

Miré alrededor.

Ya no estaba el cuadro.

Ya no estaba la pared.

Ya no estaba mi tío.

Y aun así pregunté:

¿Te acuerdas de mi bisabuela Teresa?

Sí me acuerdo - me dijo.

¿Te acuerdas de que tenía el pelo rizado? – le pregunté

No me acuerdo, las mujeres llevaban pañuelo – me contestó

Me acordé de la foto colgada en la pared, donde mi bisabuela llevaba un moño y el pelo ondulado. El mismo pelo que tiene ahora mi hija. Y a la cada vez que la veo con un moño o una coleta, me recuerda al pelo de mi bisabuela en aquella foto.

Venia mucho a ver a mi abuela- me dijo – me acuerdo de que traía una jarra escondida

Y entonces le pregunté.

  • ¿Por qué una jarra escondida?
  • Porque mi abuela le daba vino. Porque tu bisabuelo y tu tío, no la dejaban beber

Me acordé de las comidas familiares.

Cuando alguna mujer pedía vino, siempre acababa apareciendo el mismo comentario:

No seas como la abuela Teresa.

Me acordé también de que contaban que mi bisabuela murió porque cayó al fuego, y se quemó las piernas, y murió a los pocos días.

Me quedé callada.

Ya no veía las escaleras.

Ni los muros vacíos.

Solo a una mujer caminando por el pueblo con una jarra escondida bajo el brazo.

4. La soledad de su dolor

Ahora la casa era mía. Tenía que arreglar las goteras, vaciar el desván y decidir qué hacer con todas aquellas cosas acumuladas durante décadas.

Sin embargo, cuando volvía a mi casa, no lograba quitármela de la cabeza. Pensaba en la humedad, en el frío, en las cajas cubiertas de polvo, en la nevera que había quedado abierta como si alguien hubiera salido un momento y nunca hubiera regresado.

Unos días más tarde fui a una clase de yoga. Hacía mucho tiempo que no practicaba.

La profesora se llamaba Rosa. Tenía una voz dulce y una tranquilidad contagiosa. Comenzamos con los saludos al sol, las posturas de guerrero y las respiraciones pausadas que acompañaban cada movimiento.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Mientras me movía de una postura a otra, la casa volvió a aparecer en mi mente. Pero ya no estaba oscura ni húmeda.

Vi a mi bisabuela de pie junto a la puerta. A su lado había una niña pequeña.

Hacía sol.

Mi hija y yo bajábamos por las escaleras que conducían a la casa. Al acercarnos, mi bisabuela me besaba en la mejilla y las dos niñas se ponían a jugar juntas en el exterior.

Después entrábamos en la casa.

La cocina bilbaína estaba encendida. Había calor. Se estaba a gusto.

Mientras las niñas jugaban fuera, mi bisabuela y yo permanecíamos dentro, en silencio.

Más tarde la escena cambió.

Vi a Teresa Raquel acostada en una cama, vestida de blanco. Mi bisabuela estaba sentada a su lado. Mi hija y yo estábamos de pie al lado de mi bisabuela. Mi madre y mi abuela estaban a los pies de la cama, apoyando sus manos sobre ella. Y mi tía y mi hermana al otro lado de la cama.

Mi bisabuela lloraba desconsolada, y besaba a la niña muerta, y de vez en cuando se abrazaba con nosotras, que la rodeábamos y no la dejábamos sola.

Teresa Raquel parecía una muñeca dormida.

Cuando la escena se desvaneció, volví a encontrarme sobre la esterilla.

Pensé en la casa.

Volví a respirar.

Volví a conectar conmigo.

Entonces la imagen regresó.

Estábamos debajo del nogal que hay frente a la casa de mi bisabuela.

Hacía sol.

Mi hija y yo estábamos allí.

La puerta de la casa se abrió.

De ella salieron mi bisabuela, Teresa Raquel, mi abuela, mi madre, mi tía y mi hermana.

Venían sonriendo.

Subieron despacio las escaleras y, al llegar hasta nosotras, nos abrazaron.

Después formamos un corro bajo el nogal.

Y bailamos.

Volvió a aparecer la casa, y mi bisabuela me miraba.

Vi a mi bisabuela con su mandil. Se secaba las manos y me sonreía.

Ya no iba vestida de negro.

Le dije adiós.

Ella sonrió.

Yo también.

La sesión de yoga llegaba a su fin.

Rosa nos decía que nos fuéramos desperezando.

EPÍLOGO

Hoy sé que la casa que estoy reconstruyendo no es solo una casa.

Cada viga, cada piedra y cada habitación guardan una historia.

Al reconstruirla, también he encontrado un lugar para las mujeres que vinieron antes que yo.

Y este libro es mi manera de decirles:

Os veo.

Os honro.

Estoy aquí.