Relato ( Mi Mapa Emocional) - Emocional

Buenas noches

Os dejo otro relato de los que he escrito, espero que os guste. Este relato y otros similares están disponibles en Amazon KDP como (Olivia Brunete)

Muchas gracias por leerme


Mi mapa emocional

Mi mapa emocional © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

De repente me di cuenta de que el problema no era que yo fuera negativa, sino que quizá veía cosas o patrones que los demás no veían. Mi madre tenía depresiones y mi padre era una persona ausente emocionalmente; estaba presente solo en cuerpo, y poco.
No recuerdo que me abrazara ni me consolara nunca. Ahora tampoco lo hace. Me hace gracia ver cómo mi hija intenta abrazarlo y, al cabo de un rato, él le dice “quita, quita”.
Mi padre solo me ha necesitado para descargarse conmigo, para contarme sus cosas. Cuando yo he intentado contar algo mío, siempre me ha dicho que eso eran tonterías.
Ahora sé que por eso tuve que ser hipercontroladora. Aprendí a leer el ambiente antes que a leer libros, porque lo necesitaba para sobrevivir. O al menos para hacerme una idea de lo que pasaba en mi casa.
Durante años pensé que había algo malo en mí. Mi marido siempre decía que las cosas eran más sencillas, que yo lo complicaba todo. Y yo le creí. Hasta que empecé a unir los puntos y comprendí que no lo complicaba: lo que pasaba es que yo veía en capas, y él no. Yo veía tensiones, silencios, dinámicas, patrones. Ahora entiendo que no era complicación, sino claridad.
Sé que mi padre estuvo físicamente conmigo, pero no emocionalmente. Eso creó un vacío que intenté llenar con control, alerta, lectura de patrones y, por supuesto, con una hiperresponsabilidad que no podía evitar.
Cuando tenía unos nueve años me llevaron al psicólogo. Lo que más me gustaba de aquello era el desayuno: un descafeinado con leche y un suizo. Todavía recuerdo el olor del café al romper el sobre, ver cómo los granos se disolvían en la leche, y el suizo blandito, con azúcar por encima. Después me llevaban al psicólogo a jugar un rato. Me llevaron porque, según decían, yo estaba pendiente de todo en casa, que oía demasiado… o quizá ellos hablaban demasiado delante de mí. Me protegían poco. Ese era el problema. Pero nadie lo veía. Entonces yo tampoco lo sabía: para mí era como una excursión con mi madre.
Cuando mi madre murió, me quedé sin red. Porque, a pesar de su depresión, era la única que me sabía leer, la única con la que me sentía comprendida, vista y escuchada. Me quedé sin nadie de mi familia. Solo quedaban mi padre y mi hermana, con la que me llevaba mal. La familia de mi madre nos había dado la espalda. ¿Qué podía hacer? Agarrarme a mi marido y a su familia, pensar que ellos serían mi familia también. Para eso tuve que adaptarme y no molestar.
Por primera vez me doy cuenta de que ellos nunca iban a ser mi red, y tampoco tenían que serlo. Ahora sé que no tengo red, no tengo familia, pero no me siento mal. Porque, en el fondo, sé que vengo de ellos: de los que estuvieron antes que yo, de mi bisabuela, de mi bisabuelo, de mi madre. Y cuando voy a la casa de la aldea, me siento bien. Porque, de alguna forma, los noto presentes allí.
Ellos no pudieron sostenerme, pero sí me dejaron un lugar: la casa de la aldea. Hoy he pensado que ellos estuvieron allí antes que yo, que entraron por esa puerta, que hicieron fuego dentro de la casa. Que las vigas, ahora negras, se tiñeron con el humo de la madera que ellos trajeron y quemaron para calentarse. La casa se sostiene con las vigas de castaño que ellos pusieron y con las que yo añadí en la reforma. El tejado se apoya en las suyas y en las mías. Las piedras guardan su historia y también la mía, y la de mis hijos. Esa casa es mi raíz. Cuando estoy dentro, me siento tranquila. Me siento feliz.
Sin esta casa nunca hubiera podido entenderlo. Nunca habría sido capaz de identificar lo que era importante para mí, ni a las personas que me hacen sentir bien. Hasta ahora no podía elegir bien, porque no conocía esa sensación.
Era necesario sentir la raíz para poder elegir la red. Era necesario sentir la paz para poder reconocerla en las personas. Era necesario sentir sostén para dejar de buscarlo donde no estaba. Era necesario volver al origen para poder construir el futuro.
Por eso la casa me ha estado llamando durante años: porque necesitaba volver a ella para conocer mi raíz, las cosas que me hacen sentir bien, las que me dan paz.
Mi abuela, pelando patatas y haciendo ese ruido para que soltaran el almidón. Sus besos ruidosos. Ver llover desde su salón en verano. Las tortillas de patata aplastadas. Los bistecs con patatas. El caldo gallego. El ruido de las campanas. El atrio de la iglesia. La burra de mi abuelo. Los baños en el tanque en verano. El pan de hogaza con Nocilla. Correr con mis primos.
La última vez que fui a la aldea conduje despacio, observando el paisaje como si quisiera que durara para siempre. Por dentro repetía: estoy aquí, he vuelto, estoy aquí otra vez.
Cuando entré en la casa y vi las vigas negras mezcladas con las nuevas, y la piedra gallega tal cual la colocaron mis antepasados, sentí paz. Ya no hace frío dentro. Puedo estar horas mirando las paredes, las vigas. Bajar a la parte de abajo, barrer, mancharme de tierra. Mirar el suelo nuevo, las vigas nuevas mezcladas con las viejas. Puedo pasar horas allí.
Las personas que me han hecho sentir bien a lo largo de mi vida: Don Ramón, que me escuchaba con atención. Mis amigas de la adolescencia, que se alegraron de verme. Marisa, que siempre me escucha con interés. Arturo, que me escuchaba atentamente en la universidad. Ismael, con quien coincidí en primero de carrera. Patricia, a quien le he contado todo sin filtros y nunca me ha juzgado.
Ahora sé que conecto con personas que se parecen a mi raíz: presencia tranquila, escucha real, interés genuino, ausencia de juicio, ausencia de exigencia, ausencia de superioridad, ausencia de ruido emocional.
Creo que entendí cómo era mi familia el día que me descalcé en la casa de Galicia y pisé directamente la tierra. Allí comprendí que mi familia era calma, presencia, escucha, dignidad, silencio, autenticidad, historia, piedra, vigas, fuego, memoria.
La textura emocional de la familia de mi marido no se parece a mi raíz. Por eso no me siento bien con ellos. No es que sean mejores o peores: son diferentes. Es como si ellos hablaran en chino y yo en ruso.
La familia de mi marido es ruido, exigencia, adaptación, juicio implícito, tensión, jerarquía, incomodidad, invalidación emocional. Estoy mejor cuando estoy menos con su familia porque mi cuerpo ya no necesita sobrevivir en ambientes que no se parecen a mi raíz. Mi sistema nervioso está eligiendo paz. Mi brújula corporal está funcionando. Mi raíz está guiando mis relaciones. Mi ansiedad está bajando porque ya no estoy en modo adaptación.
Por primera vez en mi vida sé lo que me hace mal y lo que me hace bien. Mi brújula corporal me lo dice. Solo tengo que escucharla, seguirla, y nada más. Así estaré bien.