Relato (Sin Red) - Emocional

Buenas tardes

Publico otro relato (Sin Red) . Os agradeceria comentarios si os toca.

Muchas gracias por leerme


Sin red

Por fin he terminado la universidad y ya puedo empezar a trabajar. Por una parte, siento alivio; por otra, un vacío. No tengo muy claro en qué voy a trabajar ni para qué valdré.
Tengo que escribir mi currículum. Más allá de mi juventud y algún curso adicional, no tengo experiencia. Voy a la Casa del Estudiante, al servicio de orientación de la universidad. Allí me dan una carpeta con nombres de empresas: cada una tiene una ficha donde indican las titulaciones que les interesan.
Empiezo a apuntar direcciones y nombres a los que enviar mi CV, sin saber muy bien a qué se dedican ni qué podría hacer en ellas. Solo sé que debo enviar mi currículum con una carta de presentación diciendo que no tengo experiencia, pero sí muchas ganas de trabajar y de aprender.
Mando cartas a diferentes empresas, siguiendo ese método. Me sorprende que algunas me llamen para preguntarme si tengo experiencia en tal o cual cosa. Me dan ganas de decirles que si saben leer, que si han leído mi CV, que acabo de terminar la carrera.
Al final me van llamando para entrevistas. Todas son en Madroria, en empresas de consultoría. Tampoco tengo muy claro qué voy a hacer allí ni en qué puedo ayudar.
Voy a las entrevistas. En una de ellas me quedo a dormir en casa de mis tíos, porque era muy temprano y no me daba tiempo a llegar en tren. Recuerdo esa noche perfectamente: acostada en la cama, pensando para qué estaba echando currículums para irme a trabajar a Madroria, separarme de mi familia, buscar un futuro en una ciudad que no era la mía.
Ahora sé que aquello tenía sentido. Cuando encontré trabajo, mi vida no fue mejor, sino todo lo contrario. Tenía trabajo y ganaba dinero, pero estaba sola, sin familia, pasándolo mal donde vivía.
Entiendo a Katy. Entiendo que lo esté pasando fatal, que se plantee mandar a su hijo de vuelta a Perú, con su madre y su hermana. El futuro soñado aquí, para su hijo, es una habitación sin salón —porque el salón se usa como dormitorio— donde no puede enchufar el portátil porque el casero dice que consume demasiada electricidad.
Me contrataron en una empresa de consultoría y tuve que empezar a vivir en casa de mis tíos. No fue por buena relación, sino porque no quedaba bien que viniéndome a trabajar a Madroria no me ayudaran. Supongo que mis abuelos tuvieron algo que ver.
Nosotros habíamos acogido en mi casa a un primo que estuvo viviendo con nosotros un año, porque lo habían trasladado por trabajo. Él tuvo su propia habitación todo ese tiempo.
Recuerdo las cenas con mis tíos: frías, tensas, como interrogatorios. Ellos tenían a una persona que les ayudaba en casa y dejaba la cena hecha. Una noche me dieron filetes de pollo empanados. Me sorprendió ese tipo de cena. Mi tío era brusco; el ambiente, denso, espeso. Si hubiera tenido un cuchillo, podría haber cortado el aire y todo se habría caído, todo habría explotado.
Dormía en un sofá cama, en una salita. Por las noches oía una gota caer, constante. Me costaba dormir. Era una casa extraña, y yo una extraña dentro de ella.
Me sentía incómoda, sin cariño, como una molestia. Tenía que buscar un sitio donde vivir.
Acababa de empezar a trabajar y no tenía dinero. Si empecé en noviembre, en enero tenía que irme, esperando que con lo que me pagaran esos dos meses pudiera pagar una casa.
Busqué piso en un periódico de anuncios. Primero encontré uno donde debía compartir con una chica y una pareja. No me pareció buena opción. Seguí buscando y encontré otro con dos chicas mayores que yo. No tenía calefacción, pero me pareció bien. En enero ya tenía casa.
Se lo dije a mis tíos. No les supuso emoción, sino alivio. Pasé las navidades en mi casa. Mi padre me ayudó a llevar algunas cosas al piso compartido, pero ni siquiera se quedó a conocer con quién iba a vivir.
En enero empecé a vivir con esas dos chicas. Cada una tenía su vida. No teníamos mucho en común, pero la relación era cordial.
Hasta que una de ellas fue trasladada y vino otra nueva, recién divorciada. No me importó. La chica que se había ido venía los fines de semana a Madroria, y yo le dejaba mi habitación.
A partir de ahí, la convivencia se complicó. Pasaba frío porque apenas podía encender la estufa. La que me alquiló la habitación era quisquillosa: se quejaba de que dejaba pelos en el desagüe después de ducharme.
Un día se rompió la puerta de la nevera. Yo me fui a trabajar y, al volver, me gritó que la había roto y no lo había dicho. No me lo podía creer.
Cuando lo contaba en casa, me decían que era rara, que me quejaba por todo. Me sentía fatal. Trabajaba en un proyecto aburrido, sin interés, y vivía en una casa donde pasaba frío y no podía ni ver la tele. No tenía nada en común con ellas.
Busqué otro piso. Encontré uno con unas chicas, pero una no quería que viviera allí porque trabajábamos en la misma empresa. Tuve que pasar otra entrevista con ellas, contar mi situación, y al final me aceptaron.
Avisé en mi casa actual de que me iría a fin de mes. La que me alquiló la habitación se puso a gritarme e insultarme. Me quedaban diez días para irme y no sabía qué hacer.
En el trabajo conté lo que pasaba. Me ayudaron a buscar una pensión para esos días. Llamé a mi padre, que justo tenía que venir a Madroria, y mi novio le acompañó. Me ayudaron a sacar mis cosas de esa casa.
Pasé dos días en una pensión. Cenaba en la habitación, bocadillos o comida comprada. Era como un zulo. No tenía ventana.
Cuando pasaron los diez días, me mudé al nuevo piso. Y me pregunté: ¿realmente todo esto merecía la pena para mi futuro?
Lo pasé fatal. Ahora, cuando veo a Katy intentando buscar un futuro mejor lejos de su país, con su hijo encerrado en una habitación, me acuerdo de todo esto. ¿Cómo habría sido mi vida si hubiera vuelto a casa de mis padres?
Quizá habría encontrado trabajo en Valdoria. Quizá mi madre no se habría muerto. Quizá mi vida habría sido más tranquila. No me habría sentido tan mal. ¿Todo esto merece la pena?
Ahora que soy mayor, veo que vine a Madroria con la promesa de una vida mejor. Pero la calidad de vida en mi ciudad era mejor que aquí. Al igual que Katy, vine buscando un futuro brillante, y tener una vida me costó sufrimiento.
Conseguí comprar una casa con muchísimo esfuerzo —sin ser una vivienda decente— y trabajos que dejaron mucho que desear.
Ayer Katy me dijo que piensa mandar a su hijo de vuelta a Perú. Quizá sea más inteligente que yo. No quiere ofrecerle Madroria como una vida mejor, porque ahora le ofrece una vida peor: una habitación sin salir, solo todo el día, mientras ella trabaja para sacarlo adelante.
En Perú estaba sin su madre, pero con su abuela y su tía, personas que lo querían. Podía jugar con su portátil sin miedo, sin sentirse en peligro.
Hasta qué punto pensamos que nuestra vida es mala y que vamos a tener una mejor. El problema no es la vida que sea mejor. El problema es no tener red para conseguirla.
Yo no la tenía antes de venir a Madroria. Y no la tuve cuando llegué. Ese fue el problema.
Lo mismo le pasa a Katy: no tenía red y no la tiene ahora. Todo es más difícil, más costoso, más doloroso.
La falta de red convierte cualquier decisión en una caída. Una caída sin red

Hola malaquixx: Me gustó mucho la historia que cuentas. Me parece llena de problemas muy reales y dura. Hay mucho dolor y soledad en ella. Ahora que releo la Odisea no dejo de sentir y pensar que las historias que tienen fuerza son esas en las que, como en dicha obra, se cuentan hechos en los que el protagonista sufre por las continuas pérdidas y por el desarraigo. En ese sentido, me pide el sentimiento algo de luz al final, algo de esperanza. Y luego, un consejo (ya más técnico) que te daría sería que revisaras la utilización del tiempo verbal que quieres que sea el principal a lo largo de todo el relato. Pienso que no has pensado en eso: empiezas en un tiempo verbal presente que cuenta hechos pasados (modo de hacer vívido lo pasado) y en mitad del desarrollo te colocas en un tiempo verbal pasado. Un fuerte saludo y espero que sigas escribiendo.

Muchisimas gracias por tus consejos, los tendré en cuenta. Gracias por leerme

Buenas dagalan

He corregido, los tiempos verbales. El final no puede ser otro. No sé si este relato formará algún día parte de algo.

Muchísimas gracias por tus comentarios


Sin red

Sin Red © 2026 Olivia Brunete Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro sin permiso de la autora. Primera edición, 2026

Por fin he terminado la carrera universitaria y ya puedo empezar a trabajar. Por una parte, siento alivio; por otra, un vacío. No tengo muy claro en qué voy a trabajar ni para qué valdré.
Tengo que escribir mi currículum. Más allá de mi juventud y algún curso adicional, no tengo experiencia. Voy a la Casa del Estudiante, al servicio de orientación de la universidad. Allí me dan una carpeta con nombres de empresas: cada una tiene una ficha donde indican las titulaciones que les interesan.
Empiezo a apuntar direcciones y nombres a los que enviar mi CV, sin saber muy bien a qué se dedican ni qué podría hacer en ellas. Solo sé que debo enviar mi currículum con una carta de presentación diciendo que no tengo experiencia, pero sí muchas ganas de trabajar y de aprender.
Mando cartas a diferentes empresas, siguiendo ese método. Me sorprende que algunas me llamen para preguntarme si tengo experiencia en tal o cual cosa. Me dan ganas de decirles que si saben leer, que si han leído mi CV, que acabo de terminar la carrera.
Al final me van llamando para entrevistas. Todas son en Madrid, en empresas de consultoría. Tampoco tengo muy claro qué voy a hacer allí ni en qué puedo ayudar.
Voy a las entrevistas. En una de ellas me quedo a dormir en casa de mis tíos, porque era muy temprano y no me daba tiempo a llegar en tren. Recuerdo esa noche perfectamente: acostada en la cama, pensando para qué estaba echando currículums para irme a trabajar a Madrid, separarme de mi familia, buscar un futuro en una ciudad que no era la mía.
Ahora sé que aquello tenía sentido. Encontré trabajo, mi vida no fue mejor, sino todo lo contrario. Tenía trabajo y ganaba dinero, pero estaba sola, sin familia, pasándolo mal donde vivía.
Entiendo a Katy. Entiendo que lo esté pasando fatal, que se plantee mandar a su hijo de vuelta a Perú, con su madre y su hermana. El futuro soñado aquí, para su hijo, es una habitación sin salón —porque el salón se usa como dormitorio— donde no puede enchufar el portátil porque el casero dice que consume demasiada electricidad.
Me contratan en una empresa de consultoría y tengo que empezar a vivir en casa de mis tíos. No es porque tengamos buena relación, sino porque no queda bien que viniéndome a trabajar a Madrid no me ayuden. Supongo que mis abuelos tuvieron algo que ver.
Nosotros hemos acogido en mi casa a un primo que estuvo viviendo con nosotros un año, porque lo habían trasladado por trabajo. Él tenía su propia habitación todo ese tiempo.
Las cenas con mis tíos son frías, tensas, como interrogatorios. Ellos tienen a una persona que les ayuda en casa y deja la cena hecha. Una noche me dieron filetes de pollo empanados. Me sorprendió ese tipo de cena. Mi tío es brusco; el ambiente, denso, espeso. Si hubiera tenido un cuchillo, podría haber cortado el aire y todo se habría caído, todo habría explotado.
Duermo en un sofá cama, en una salita. Por las noches oigo una gota caer, constante. Me cuesta dormir. Es una casa extraña, y yo una extraña dentro de ella.
Me siento incómoda, sin cariño, como una molestia. Tengo que buscar un sitio donde vivir.
Acabo de empezar a trabajar y no tengo dinero. Si empecé en noviembre, en enero tengo que irme, esperando que con lo que me paguen esos dos meses pueda pagar una casa.
Busco piso en un periódico de anuncios. Primero encuentro uno donde debía compartir con una chica y una pareja. No me parece buena opción. Sigo buscando y encuentro otro con dos chicas mayores que yo. No tiene calefacción, pero me parece bien. En enero ya tengo casa.
Se lo digo a mis tíos. No les supone emoción, sino alivio. Paso las navidades en mi casa. Mi padre me ayuda a llevar algunas cosas al piso compartido, pero ni siquiera se queda a conocer con quién iba a vivir.
En enero empiezo a vivir con esas dos chicas. Cada una tiene su vida. No tenemos mucho en común, pero la relación es cordial.
Hasta que una de ellas es trasladada y viene otra nueva, recién divorciada. No me importa. La chica que se ha ido viene los fines de semana a Madrid, y yo le dejo mi habitación.
A partir de ahí, la convivencia se complica. Paso frío porque apenas puedo encender la estufa. La que me alquiló la habitación es quisquillosa: se queja de que dejo pelos en el desagüe después de ducharme.
Un día se rompe la puerta de la nevera. Yo me voy a trabajar y, al volver, me grita que la he roto y no se lo he dicho. No me lo puedo creer.
Cuando lo cuento en casa, me dicen que soy rara, que me quejo por todo. Me siento fatal. Trabajo en un proyecto aburrido, sin interés, y vivo en una casa donde paso frío y no puedo ni ver la tele. No tengo nada en común con ellas.
Busco otro piso. Encuentro uno con unas chicas, pero una no quiere que viva allí porque trabajo en la misma empresa. Tengo que pasar otra entrevista con ellas, contar mi situación, y al final me aceptan.
Aviso en mi casa actual de que me voy a fin de mes. La que me alquiló la habitación me grita y me insulta. Me quedan diez días para irme y no sé qué hacer.
En el trabajo cuento lo que pasaba. Una chica me ayuda a buscar una pensión para esos días. Llamo a mi padre, que justo tenía que venir a Madrid, y mi novio le acompaña. Me ayudan a sacar mis cosas de esa casa.
Paso dos días en una pensión. Ceno en la habitación, bocadillos o comida comprada. Es como un zulo. No tiene ventana.
Cuando pasan los diez días, me mudo al nuevo piso. Y me pregunto: ¿realmente todo esto merecía la pena para mi futuro?
Lo paso fatal. Ahora, cuando veo a Katy intentando buscar un futuro mejor lejos de su país, con su hijo encerrado en una habitación, me acuerdo de todo esto. ¿Cómo habría sido mi vida si hubiera vuelto a casa de mis padres?
Quizá habría encontrado trabajo en Valladolid. Quizá mi madre no se habría muerto. Quizá mi vida habría sido más tranquila. No me habría sentido tan mal. ¿Todo esto merece la pena?
Ahora que soy mayor, veo que vine a Madrid con la promesa de una vida mejor. Pero la calidad de vida en mi ciudad era mejor que aquí. Al igual que Katy, vine buscando un futuro brillante, y tener una vida me costó sufrimiento.
Conseguí comprar una casa con muchísimo esfuerzo —sin ser una vivienda decente— y trabajos que dejaron mucho que desear.
Ayer Katy me dijo que piensa mandar a su hijo de vuelta a Perú. Quizá sea más inteligente que yo. No quiere ofrecerle Madrid como una vida mejor, porque ahora le ofrece una vida peor: una habitación sin salir, solo todo el día, mientras ella trabaja para sacarlo adelante.
En Perú estaba sin su madre, pero con su abuela y su tía, personas que lo querían. Podía jugar con su portátil sin miedo, sin sentirse en peligro.
Hasta qué punto pensamos que nuestra vida es mala y que vamos a tener una mejor. El problema no es la vida que sea mejor. El problema es no tener red para conseguirla.
Yo no la tenía antes de venir a Madrid. Y no la tuve cuando llegué. Ese fue el problema.
Lo mismo le pasa a Katy: no tenía red y no la tiene ahora. Todo es más difícil, más costoso, más doloroso.
La falta de red convierte cualquier decisión en una caída. Una caída sin red.