El teléfono sonó de pronto en la mañana cuando Fran Layton, en su despacho, todavía no había terminado de tomarse su café.
—Fran, cariño, soy Silvia.
La llamada de su novia, tan temprano le produjo una ligera sorpresa.
—Hola, ¿qué tal? ¿Cómo van tus vacaciones.
—Bien… es decir, regular. Ha ocurrido algo. Algo muy grave, Fran.
La voz de Silvia sonaba alterada. Fran se puso al instante en guardia.
—Son tus… —empezó a decir él , pero ella se le adelantó.
—No, no son mis padres. Mis padres están bien. Es otro asunto. Aquí, en el balneario. Algo muy malo ha ocurrido.
Se hizo un silencio denso. Fran esperó, conteniendo el impulso de atosigarla con preguntas, hasta que Silvia añadió las palabras que cambiarían el curso de su mañana, y tal vez de su semana:
—Tienes que venir, Fran.
Fran inspiró hondo, extrañado.
—Espera, dime de qué va todo. Me estás pidiendo que recorra más de cien kilómetros hasta esa estación termal.
Al otro lado del hilo, Silvia soltó una risa breve que tuvo la virtud de disminuir la tensión. Su voz, al continuar, tenía un tono divertido.
—Estás intrigado, ¿verdad?
—Así es, Silvia. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
—Te lo diré cuando vengas. Soporta un poco la intriga. Esto es por todo lo que me has hecho sufrir cuando me ocultabas los detalles de tus casos.
Fran, sin poder evitarlo, esbozó una sonrisa.
—Una venganza en toda regla.
—Así es —dijo Silvia, y después en tono muy formal, añadió —: Solo te puedo decir que es un asunto serio. Muy serio, Fran. Y que la policía no está aún avisada.