Busco lector beta para esta cosa. Muchas gracias.
(Advertencia: detrás de la ficción trata temas delicados que podrían herir la sensibilidad).
Perdón por el título. El sistema no me dejó poner “SIN TÍTULO” solamente.
Gracias.
SIN TÍTULO.
“SORDA ESTÁ MI VIDA ENTRE BOMBARDEOS”
-Huecco.
I- ¿Disidentes?
Tras haber llamado tres veces a la puerta de su jefe -tal y como dictaba el protocolo-, Kaze entró al sombrío despacho de la planta baja a pesar de no haber obtenido respuesta. Cruzó la estancia en penumbra, casi arrastrando los pies, se derrumbó en la silla de cuero carcomido ante el escritorio y pronunció en un susurro tres palabras:
–Estoy cansado, jefe.
Aun percibía los chasquidos de las llamas en sus oídos. Aun sentía en la piel y en la ropa el calor del fuego, la ensordecedora presencia cerniéndose sobre su compañero y sobre él, amenazando con devorarles a ambos. Se había desatado el caos de tal manera que ni siquiera sabía si había logrado concluir bien su trabajo, pero eso -tenía que admitirlo- eran sus condiciones laborales normales.
–Cansado de fracasar, quieres decir.
La voz de Corpse, su jefe, atiplada pero tan ácida y denterosa como chupar un limón con pepitas dentro, le llegó desde el otro lado de la mesa.
Kaze no levantó la vista hacia la voz, lo cual no se debía sólo a que su jefe era tan feo como clavarle un tacón por la espalda a alguien. Se encogió en la silla, esperando un golpetazo en la superficie de madera del escritorio, un bramido de tarasca, o que a Corpse le empezara a dar vueltas la cabeza mientras lanzaba al espacio un chorro de espumarajo verde. Pero nada de esto ocurrió.
–Hemos hecho todo lo que hemos podido –murmuró, fijando la vista en sus manos llenas de carbonilla, entrelazando los dedos.
–Hemos, hemos. ¿Dónde está Zai?
Kaze apretó los dientes. “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?” le cruzó por la mente, ¿de dónde diablos habría salido esa frase y por qué la tenía guardada en algún recoveco de su cerebro? La modificó de forma discreta pero asertiva.
–No soy la niñera de mi compañero, lo siento. –Ahora sí levantó la mirada hacia Corpse, para encontrarse con la misma cucaracha ennegrecida y vieja de siempre sentada al otro lado del escritorio. Una cucaracha del tamaño de un gato adulto,replegada en sí misma por la edad, que ahora tamborileaba con las vellosidades de una de sus patitas sobre la superficie brillante de la mesa, no se podía saber si mostrando deleite o mera impaciencia. Era raro percibir a veces que el jefe del cuerpo de bomberos parecía regodearse y disfrutar con cada fracaso de los mismos; Kaze cerró los ojos un instante y sacudió la cabeza, eso no podía ser, no tenía sentido; Corpse era feo pero no imbécil, ni tampoco masoquista hasta puntos extremos como para pegarse un tiro en el pie.
–¿Dónde-está-Zai? –volvió a preguntar la cucaracha, marcando cada palabra como si masticara el sobrante de aire entre una y otra.
El interpelado exhaló un largo suspiro y a continuación abrió la boca para que brotara la batería de excusas:
–Ha sido un incendio de proporciones descomunales –comenzó–. Usted no estaba ahí para verlo.–”Nunca está”–. Si por lo menos hubiera estado el viejo Es.K.P… pero no, Aldérik, ese sustituto incompetente, tuvo que lanzarse a participar…
Corpse levantó una ceja insectoide. Para él. Aldérik había sido una adquisición muy valiosa en los últimos 40 años. Sin mencionar lo que había costado rescindirle el contrato al incansable Es.K.P. Aldérik era un perfil mejorado donde Es.K.P nunca funcionó: no atraía males mayores con sus actos, no luchaba contra las contingencias, no se quejaba, siempre esperaba cualquier desastre a pesar de él mismo saber que había una alta probabilidad de sufrir y de no estar preparado. No en vano era licenciado en indefensión aprendida por la Facultad Nacional de Urgencias y Emergencias Fatales, qué podría decir Corpse, la formación del sustituto se había notado a leguas desde el primer día. Hasta sabía llorar hacia dentro sin mover un solo músculo.
–Ah, nuestro Cry Baby…
En los ojos del jefe brilló una chispita de admiración fugaz -tal vez devoción- cuando pensó en Aldérik. Casi podría decir que era uno de sus mejores bomberos. Hacía su trabajo de forma impecable a pesar de saber que las lágrimas no apagan fuegos. Había que estar muy entero, muy centrado para eso. No creía capaces de algo así a figuras reseñables como Kaze y Zai, siempre con las venas ardiendo por tomar acción. Evidentemente, el escombro que ahora lloriqueaba al otro lado de la mesa frente a él tenía mucho que aprender de gente como Aldérik.
El jefe de bomberos hizo un gesto como para apartar de sí una mosca molesta que no existía.
–¿Qué lo motivó?
–¿Perdón?
–El incendio, Kaze. Qué lo motivó.
El aludido abrió mucho los ojos en un gesto reflejo. Esa pregunta era rara viniendo de su jefe. Definitivamente. Corpse nunca solía interesarse por esas cosas; después de todo el incendio era única y exclusivamente responsabilidad de sus bomberos, desde su inicio hasta el final, y la misión era clara: MANTENER A SALVO AL PROTEGIDO.
Tragó saliva. Sabía muy bien la palabra adecuada que respondía a la causa del fuego.
–Emergencia de Traición, señor.
–Entiendo. ¿Lacera también intervino? –carraspeó el jefe.
Kaze asintió.
–Fue la primera, señor. Ella nos terminó de activar a Zai y a mí.
Justo cuando Kaze terminaba de decir aquellas palabras, como si hubiera realizado algún tipo de invocación ancestral, la puerta del despacho se abrió de una patada. Ni llamado previo ni espera, sólo el silbido de hojas cortantes cruzando el aire a cada paso de Lacera. La bombera llevaba su arsenal de espadas guardado a buen recaudo en su traje, pero siempre su caminar sonaba así aunque ninguna de ellas se moviera.
Caminó sin miramientos hasta que llegó al escritorio de Corpse, colocó ambas manos blancas sobre él y le lanzó a este una mirada fulgurante.
–Todo ha salido mal –le espetó a la cara, como si Corpse fuera el culpable. Bueno, se suponía que era el responsable del cuerpo de bomberos, ¿no? Qué ironía, ahí nadie se hacía responsable de una mierda.
–Bueno, bueno. No será para tanto, mujer. –Corpse hizo girar unos grados la silla de oficina donde estaba sentado, sacó de alguna parte un puntero extensible y señaló el cartel que estaba fijo en la pared justo detrás de su asiento. El cartel se veía un poco desvencijado y comido por el óxido, pero era perfectamente legible. El jefe dio unos toquecitos reverenciales sobre él con el puntero. – “TU TRABAJO SIEMPRE ES VÁLIDO” –citó con sonoridad lo que estaba escrito en el cartel, sin mirarlo. Era el lema del cuerpo de bomberos.
–¿¿Y qué?? –bramó Lacera. Llevaba mucho tiempo harta de cómo funcionaban las cosas allí.
Corpse se encogió de hombros sin despeinarse. El gesto resultó cómico porque su cabeza de cucaracha pareció por un momento hundirse entre las grandes hombreras del traje.
–Atente a cumplir tu parte, como has hecho hoy. Lo has hecho bien y recibirás tu recompensa. No como otros –añadió, lanzándole una mirada de soslayo a Kaze.
–¡Me da igual tener éxito que fracasar! Por dios, Corpse. –Lacera era de las pocas personas, por no decir la única en el cuerpo, que se atrevía a usar el nombre de pila de su jefe en lugar de llamarle “señor”. Jamás había sido reprendida por ello–. Tenemos un bombero que se hace llamar Flama, ¿qué tipo de cuerpo somos?
Kaze soltó una risita queda y sacudió la cabeza mirando al suelo. La situación se había vuelto de repente un tanto bochornosa e incómoda, pero Lacera tenía razón. Flama no hacía nada, sólo era un crío estúpido que comía fuego -nunca todo, siempre dejaba lo bastante para que el incendio se siguiera extendiendo- y se lo gozaba saltando de alegría.
–Basta ya –siseó Corpse, irguiéndose ridículamente detrás de su mesa. Habría resultado más intimidante si se hubiera subido en ella, o tal vez no–. Muchacha inexperta. Trabajamos en cadena, NO EN EQUIPO. Cada uno de vosotros tiene su propia misión, o a veces una misión es compartida, pero nadie juzga el trabajo de un bombero salvo yo. Por eso el resultado siempre es un éxito. Menos en el caso de los mismos de siempre… –Tras taladrar de nuevo a Kaze con la mirada, resopló y preguntó en tono solemne–: ¿Para qué estamos aquí?
–¡Para proteger! –exclamó Lacera, con un deje de dolor y frustración que sorprendió a los otros dos.
–¡Para proteger! –había recitado Kaze casi al unísono, con la inflexión plana de quien ya no tiene que estudiar porque se lo sabe todo.
–Me alegro de que lo tengáis claro.
–Pero, ¿y cómo serán vividos los días siguientes? –inquirió Lacera. Sabría que serían días difíciles y tristes. Porque su trabajo dejaba cicatrices que no desaparecían, por eso lo sabía.
El jefe de bomberos se levantó y empujó su silla hacia atrás.
–El día a día es cosa de los directivos. Ellos son los que planean –rezongó –. Nosotros trabajamos en plena catástrofe solamente.
Kaze volvió a reír, casi por no llorar. No, estaba claro que en las oficinas del sótano ni dios hacía un puñetero plan para nada. ¿Cómo se respondía a una emergencia? ¡Con valor, y por impulso! ¡Con instinto refinado, con aprendizaje! ¡Incluso improvisando si hacía falta!
–Pero nosotros no tenemos ninguna comunicación con los directivos… –insistió Lacera–. No podemos saber si todo irá bien.
Días difíciles, días tristes en los que nada iba a ir bien. Por eso tal vez las catástrofes se repetían. No había que ser el lápiz más afilado del estuche para pensarlo.
–¡Ya basta! –Corpse había empezado a ponerse un poco rojo sobre negro brillante. Tanteó el escritorio y abrió una caja de puros, agarrando de inmediato el que tenía más cerca. Lo sostuvo ante sus trabajadores como si fuera un cetro, algún tipo de as de bastos con la punta encendida como por arte de magia –. Limítate a hacer tu trabajo y ya está, Lacera. Es FÁCIL.
» Os quiero a TODOS en el hangar del sótano para recibir las condecoraciones dentro de una hora. Me voy a comer –informó–. Hala, hala. Fuera. Aire. Fus, fus. –Se quedó mirando a sus dos empleados con el ceño fruncido, dando a entender que, si ellos no abandonaban el despacho por su propio pie, él mismo les acompañaría a empujones a la puerta. Con aire distraído, y sin dejar de mirarles de hito en hito, extendió la mano libre que no sostenía el puro hasta un tarro de polillas caramelizadas, cogió una bien grande, le dio una lamida con impúdica satisfacción y se la metió en la boca. Crompcha, crompcha, crompcha.
II- Condecoraciones.
El departamento de bomberos y caos estaba situado en el sótano del edificio. Los pisos superiores y la azotea eran para los directivos, con diferencia la facción más respetable en aquella casa de locos.
Por debajo de la tierra, lindando con el sótano de forma tan explícita que a veces hasta el suelo del mismo se agrietaba, vivían los exiliados, removiendo la tierra y en ocasiones haciéndola temblar. Por increíble que resultara, nadie en el edificio sabía de su existencia, aunque afloraban algunas teorías conspiranoicas de cuando en cuando.
El sótano de los bomberos se dividía en una serie de salas que no servían absolutamente para nada según Lacera: estaba el despacho del jefe, donde la gente iba a exponer quejas sin esperar ningún tipo de mejora o resultado. Estaba también la amplia estancia que llamaban “el hangar”, vacía salvo por columnas donde alguien podía apoyarse y cajas vacías de madera donde alguien podía sentarse. Allí se repartían las condecoraciones y muy rara vez se hacía alguna reunión de contingencias (sin análisis alguno, solo para redistribuir la formación ejecutiva o despedir a alguien). Había también una cafetería, una sala de descanso y la zona de los vestuarios y los dormitorios. Y en la parte más estratégica, justo en el centro del sótano, estaba el Agujero donde los bomberos saltaban cada vez que había que apagar un incendio; poco se habla de la valentía de estos trabajadores pues cada uno de ellos sabía bien que ese agujero llevaba solo a un sitio: el infierno.
Cucaracho Corpse estaba subido a una tarima de grandes dimensiones. Carraspeó en su modo característico tan solemne y fue llamando uno a uno a los bomberos que en aquellos días formaban el cuerpo.
–Kamikaze.
Kaze se acercó con la cabeza agachada. Para él y para Zai jamás había medalla alguna, ¿por qué aun así le llamaba su superior? Suponía que lo hacía sólo por el morboso placer de decir ante todos que, una vez más, había fracasado.
–Ya sabemos lo que hay para ti –masculló Corpse.(“Nada”).
–Lo haré mejor la próxima vez –respondió el empleado. Y por alguna razón, a Lacera se le heló la sangre.
–Banzai. Lo mismo contigo –señaló el jefe a Zai, quien estaba en algún lugar del grupo, cubierto de ceniza y de sangre de monstruo–. He sabido de una entrada de material justo hace dos días. Tenéis el trabajo hecho, vamos, chicos. Hacedlo de una vez.
Esto era lo más que se podía “planear” allí abajo, y sucedía porque esta intervención -la de Banzai y Kamikaze, la misión de “protección definitiva y final”- venía avalada por los de arriba. Los directivos sabían que existían Kaze y Zai. Los directivos eran más inteligentes que los bomberos (o por lo menos contaban con algo más de información), y por otra parte les daba un poco de repelús realizar ellos el trabajo final en seco sin una emergencia que lo disparase. El cuerpo de bomberos se habría indignado tal vez de saber que, entre los directivos, había un encargado con una función similar a la que tenían Kaze y Zai, pero se pasaba los días tocándose las narices en la planta treinta y tres, dentro de una pequeña oficina en cuya puerta se podía leer “Ideación”, al fondo de un pasillo poco transitado, sin hacer absolutamente nada y en espera de órdenes expresas. Sus propios compañeros de la zona alta le llamaban entre risas “Harakiri”, y tal vez su presencia no estaba del todo bien vista en las zonas superiores, pero eso al narrador se le escapa.
El material en cuestión al que se había referido Corpse eran dos cajas de lorazepam dispensadas de forma completamente legal. Zai y Kaze lo sabían, aunque ninguno de ellos había echado la cuenta de los gramos totales de la sustancia para determinar su capacidad letal. Siempre que llegaba material de interés para ellos dos se les enviaba un comunicado a tiempo antes de la próxima emergencia. “Podéis usar esto; tenéis que usar esto; no importa que las matemáticas no sean vuestro fuerte, no contéis, usadlo TODO en una sola noche”.
Cuando terminó de regodearse, Corpse hizo una floritura con una de sus patitas, dando a entender que ambos empleados podían volver con sus compañeros, y llamó al siguiente para que se acercase a la tarima.
–Aldérik, “El Lágrima”. Felicidades por tu entrega y tu amor incondicional al servicio…
Sonrió mientras le colocaba una medalla más en la pechera al bombero, cuidadosamente, amorosamente. En verdad no podía sentirse más agradecido: si EsKP hubiera estado a cargo en aquella misión concreta, se habría armado un gran desastre cuando el protegido hubiera tratado de huir del hospital, burlando las sujeciones mecánicas de los tobillos, el torso y las muñecas. Un desastre de proporciones épicas.
–Lacera. Felicidades por tu precisión en hacer visible y controlable la herida no visible. El dolor del protegido era insoportable, claramente le habría matado.
Ella se acercó con su paso firme de hojas de cuchillo y aceptó la medalla, aunque no dejó que Corpse se la colocara. Sus ojos color carmín centelleaban por el esfuerzo de no gritar y escupir a su jefe a la cara.
–Flama.
Dios, ¿para ese crío irracional y sádico también iba a haber medalla? Menuda locura. Bueno, por encima de los deseos de nadie, también formaba parte del cuerpo casi desde el principio. Había sido el hijo furtivo de alguien, pero no se sabía de quién.
–-Lapso.
El último bombero se acercó a la tarima trastabillando por el peso de la espada que llevaba a la espalda. El arma no tenía nada que ver con los objetos cortantes que portaba Lacera; se trataba de una hoja etérea pero muy pesada, lo bastante pesada para cortar el cordón a tierra del protegido y despegar sus pies de la realidad. Sí, la tierra era el infierno a veces, muchas veces; de hecho era allí donde llevaba el túnel cuando todos los bomberos saltaban al Agujero. Como casi todos los bomberos, Lapso también tenía un nombre técnico: Disociación.
Se hizo un pequeño recuento del material tras la reunión. Cuchillas de afeitar para Lacera junto con un par de vasos de cristal que estallarían al primer golpe, lo mismo que el cristal del marco que había contenido un dibujo. Y las cajas de lorazepam, etiquetadas en violentos colores con la leyenda: “ MATADLO ANTES DE QUE LO MATEN. MATADLO ANTES DE QUE MUERA”. Como si a Zai y a Kaze se les fuera a olvidar alguna vez en qué consistía su única misión.
III - Corazón de monstruo
El avistamiento mil quinientos cincuenta y cuatro se había producido tan sólo dos días después del último reparto de condecoraciones y demás dolencias al cuerpo de bomberos. Como siempre, había ocurrido en el sótano del edificio, esta vez en un lugar extraño por lo expuesto: a tan sólo unos pasos del Agujero de salto. Eso era raro porque a los monstruos les gustaba desenvolverse entre las sombras por lo general, no emerger de repente bajo la luz de las lámparas. Esa era de las pocas cosas que todo el mundo sabía de ellos; nadie tenía la menor idea sobre de dónde salían o, para empezar, por qué existían en el edificio, pero al parecer rehuían en lo posible ser vistos… hasta que podían atacar.
La criatura tampoco había sido muy habitual, al menos comparada con las que se venían viendo últimamente. Lo más llamativo en ella fue la oscuridad en contraste con la luz, y el baile descoyuntado, drástico y violento de la tortura que exhibía en ciclos repetidos una y otra vez. La criatura había tenido una forma semi-humana por momentos; una forma cambiante que convulsionaba y se fragmentaba antes de que el observador pudiera ni tan siquiera pensar en ponerle un nombre. El rostro era un mosaico vivo de dolor, compuesto de pronto sólo por ojos y ciego al segundo siguiente, surgiendo luego una boca que gritaba sin emitir sonido alguno sobre un cuello roto, contorsionado en un ángulo imposible para esquivar (sin éxito) la siguiente puñalada. Porque aquel ser asqueroso se auto-apuñalaba a sí mismo sin parar, a consecuencia de lo cual iba perdiendo los miembros de su cuerpo a la velocidad de un chasquido de dedos por vez. Ora el brazo libre caía y rebotaba en el suelo, ora la nariz se deshacía en humo tras ser cercenada. El cuchillo que empuñaba la criatura tenía un poder de desgarro imbatible. No obstante, a veces los miembros se quedaban danzando en un colgajo de piel negra, oscilando antes de caer, como ocurrió con la oreja derecha.
Mientras se retorcía en su danza de muerte, la criatura lloraba y vomitaba alquitrán por todos los orificios de su cuerpo, sufría. Siguió bailando y amputando con determinación hasta que solo quedó de ella un pequeño jirón indisoluble y desnudo, irrigado por algunas arterias ahora vacías. Cuando se acercó a cogerlo, Kaze, quien había presenciado todo, se sorprendió pensando si sería el corazón. Un corazón de monstruo. La idea le estremeció por algún motivo mientras se agachaba y tomaba aquel pobre jirón con las pinzas. El aire viciado del sótano lo agitó, y por un momento Kaze pensó que lo convertiría en polvo. No ocurrió así, afortunadamente, y pudo meter aquel trozo que recordaba vagamente al ala de una mariposa negra dentro de una bolsa transparente. Selló la bolsa y la etiquetó en blanco, con la intención de que fuera rotulada por el propio Corpse, quien le daría el número de registro correspondiente.
Tras el registro de la bolsa, por protocolo, el testigo presencial del fenómeno (en este caso Kaze) subiría, sin excepción, la muestra completa al departamento de Amenazas Potenciales de los pisos superiores.
Kaze no podía sacar de su cabeza el baile exacto, cíclico y mortal que aquella pobre criatura parecía estar obligada a repetir, mientras subía piso a piso dentro del ascensor, sujetando la bolsa transparente contra su pecho sin darse cuenta.
La caja del ascensor era perfecta, ni clásica ni futurista pero sí minimalista, metálica, fría. La pared del fondo era de espejo, y en aquel momento, durante su viaje interminable a los pisos superiores, Kaze le esquivaba la mirada a su propio reflejo.
“Sufría. El bicho sufría. ¿Por qué?”.
Piso trece. A esta altura, si el ascensor hubiera sido exterior, podrían verse las llanuras rosadas del Soma entrecruzadas por haces de fibras centelleantes. El mundo no era ningún desierto inanimado más allá del edificio, y por eso precisamente no convenía adentrarse en él, porque todo lo vivo y desconocido es potencialmente peligroso. El Soma latía siempre, y el eco de sus latidos sí que se percibía dentro del edificio, y por supuesto también dentro de aquella caja metálica para bien o para mal.
Piso veinte.
Veintiuno.
Veintidós. Ahí por fin el ascensor se detuvo con elegante parsimonia. Sonó una musiquita durante tres segundos (tres tonos que descendían en armonía perfecta) y las puertas del ascensor se abrieron ante el bombero manchado de ceniza. Un pato que cruzaba el vestíbulo del piso en aquel momento le miró y arrugó el pico con asco. Demasiada suciedad para la planta veintidós.
Kaze suspiró y se encaminó unos metros a la derecha, deteniéndose al llegar a una puerta en cuya hoja se leía, en sencillas letras negras, “Departamento de Amenazas Potenciales y Laboratorio”.
De repente, cuando estaba a un paso de dar unos golpecitos en la puerta, un grito gangoso como salido de las entrañas del infierno se escuchó al otro lado y, segundos después, la puerta se abrió de una patada tan fuerte que casi desplomó la hoja.
“Mierda, es Vil. Por qué siempre daba con lo peor cada vez que subía a las oficinas?
Antes de que pudiera apartarse de Tornado Vil,una mano a su espalda le asió por el codo y tiró de él hacia la zona menos iluminada en fondo del pasillo. A Kaze no lo dio tiempo a mirarle siquiera; directamente fue arrastrado a la oscuridad.
–¿Quién es este amable sujeto?–susurró una voz anciana.
El bombero se giró para ver al que había hablado. Era bajito, tenía una abundante capa de pelo blanco que se le derramaba caóticamente sobre los hombros (parecía no haber tocado un peine en meses), y unas gafitas de montura redonda bailando sobre su ganchuda nariz. Parecía un paciente geriátrico fugado de alguna institución mental.
Kamiaze lo miró de arriba abajo mientras Vil se alejaba empujando vitrinas y dando al traste con todo lo que tocaba en el pasillo. El bombero entornaba los ojos cada vez que algo se destrozaba contra el suelo, como si el sonido de cristales saltando le hiciera daño real.
–Él es Vil –masculló–. También fue bombero…–se paró a tiempo. Demasiada información para un extraño.
El anciano sonrió como si acabara de descubrir la cara oculta de la luna. Quizá, de alguna forma en su hipocampo lo había hecho. Se acercó a Kaze y le dio un par de toquecitos en el pecho.
–Tú sí eres bombero en funciones, ¿verdad? –a continuación puso gesto de asco–. Qué uniforme tan horrible os obligan a llevar, por dios. Parece hecho de los restos reciclados de un naufragio; Palomo Spain estaría feliz… Espero que no sea inflamable, por lo menos…
El bombero resopló, dando por terminada aquella conversación absurda. Pero cuando intentó de nuevo dirigirse al departamento de Amenazas Potenciales, el viejo se lo impidió. Lejos de soltarle el brazo, había hecho pinza en él hundiendo los dedos…y tenía fuerza el maldito.
–¡Oiga! ¿Qué hace? ¡Déjeme hacer mi trabajo!
El viejo rio con una chispita de diversión en los ojuelos magenta. Sólo acaba de llegar, y ya podría asegurar sin asomo de duda que jamás lo había pasado tan bien en la residencia donde hasta ayer había estado confinado.
–Ya, ya. No te preocupes, bomberete. ¿Qué eso tan importante que llevas ahí? –inquirió, asomándose por encima del hombro de Kaze para ver la bolsita plástica. Algo negruzco parecía agitarse desesperado en su interior, ¿estaría vivo?
–Es una muestra especial que…
–Ja, ja, ja. Eres de los que no pueden mentir, ¿eh? ¡Estupendo! –carcajeó con alborozo, y de un tirón le quiso arrancar al otro la bolsa de las manos.
(…(