1
Los asaltantes
Mientras el sol se despedía, plegándose las últimas horas del día, Ummeya comprendió que el momento de dar de beber a los caballos no podía esperar más. No obstante, el ansiado regreso de los hombres seguía retrasándose más de lo previsto.
Con movimientos precisos, ensilló a la yegua y, mostrando una destreza innata, se acomodó sobre la silla. Ajustó el manto con esmero, dejándolo caer hasta cubrir sus pies en el estribo, antes de dirigirse a quienes estaban en la jaima:
—Me voy al pozo. —Y sin esperar respuesta, soltó las riendas a la yegua, que echó a galopar, con su cría pisándole los talones.
Desde el campamento, las mujeres la despedían con admiración, y en algunos rostros se percibía un atisbo de envidia, especialmente en las más jóvenes. Entre los hombres, su aparición a caballo fue la escena más hermosa que habían contemplado esa tarde.
Umayya recorrió el lugar con la mirada, explorando cada rincón en busca de movimiento. Al confirmar que las dunas permanecían inmóviles y que todo a su alrededor parecía fijo y quieto, soltó las riendas de la yegua, dejándola avanzar a su antojo. El sonido rítmico de los cascos al golpear el suelo se fundía en armonía con el silencio del desierto, avivando la sed de la madre y su pequeña, quienes apresuraron el paso hacia el pozo.
Mientras llenaba el cubo de agua, la cría, aún llena de curiosidad, se acercó, pero se negó a beber.
—Vamos, pequeña. ¿Qué te impide beber? ¡Es agua fresca y pura! —La animó, acariciando su hocico. Después de un momento de duda, la cría finalmente se acercó y bebió con avidez.
De repente, la yegua adulta dejó de beber. Alzó la cabeza y fijó su mirada al frente, mientras sus cascos golpeaban con insistencia el suelo cerca de los pies de la joven, acompañados de fuertes resoplidos.
Ummeya dirigió su mirada hacia donde la yegua parecía señalar, y sus ojos captaron un torbellino de polvo que revelaba un grupo de jinetes montados sobre caballos desbocados, surcando el horizonte mientras se dirigían al pozo, como si estuvieran compitiendo con el viento mismo.
Estaban a una distancia que no era demasiado lejana para caballos que avanzaban en un rápido y poderoso galope. Lo primero que se le ocurrió fue que se trataba de saqueadores. Y, como había supuesto, El silencio que los rodeaba permitió que llegara hasta sus oídos la voz de uno de ellos:
—¡Rápido! Tomemos los caballos, solo es una mujer.
Saltó sobre el caballo. Aunque el temblor del miedo casi la hacía perder el equilibrio en el sillín, su ira era más fuerte. Quería vengarse, humillarlos, y hacer que sus propios ojos presenciaran la misma ofensa que sus oídos habían sufrido; ese cruel recordatorio de que no era más que una simple mujer.
Se giró rápidamente y vio que estaban más cerca de lo que había imaginado. Espoleó a la yegua, y en un salto se lanzó, seguida de su cría, hacia el horizonte abierto, con rumbo al campamento.
Su ira no tardó en estallar, liberándose en un grito agudo y potente que resonó en el aire:
—¡Si no es más que una simple mujer! ¡Atrápenme, bandidos!
Intentaron con esfuerzo alcanzarla, compitiendo por ver quién sería el primero en capturarla, pero cada vez la distancia aumentaba. De vez en cuando, Umayya se volvía y los sorprendía con sus finos gritos femeninos:
—¡Vamos, atrápenme! ¡No son hombres, son unos miserables!
Después de una intensa persecución, los asaltantes se rindieron al darse cuenta de que solo tragaban el polvo levantado por los cascos de la yegua y su cría. Sin perder un segundo, regresaron al pozo, dieron de beber a sus caballos y huyeron del lugar.
En el campamento, apenas habían transcurrido unos momentos desde la conclusión de la reunión de los líderes y notables de la tribu, cuando un grito desgarró el murmullo general:
—¡Fui atacada en el pozo! ¡Ladrones! ¡Asaltantes!
De inmediato, los guerreros montaron sus caballos y salieron en persecución de los ladrones.
El padre de Ummeya intentó ir con ellos, pero su hijo Mbarec lo detuvo:
—Padre, no estás bien aún. Déjame ir en tu lugar.
Un tenso silencio colmó el aire. El padre se llevó una mano a la frente, donde aún sentía dolor, y susurró para sí mismo que, si no participara hoy, lo haría mañana. Le ofreció el arma, mirándolo con una intensidad que buscaba preservar el último vestigio de su imagen. Al mismo tiempo, trató de infundirle fortaleza y exclamó:
—Ve, hijo. Que Alá te guíe.
Mbarec alcanzó al grupo de guerreros antes de llegar al pozo, donde las huellas de los saqueadores confirmaban la persecución de Ummeya. Las marcas de los caballos dejaban claro que los ladrones habían permitido a sus monturas beber antes de continuar la huida.
El sol se deslizaba hacia el horizonte, ofreciéndoles una visión clara del paisaje. No obstante, en la inmensa y desolada llanura no había nada que indicara la presencia de los ladrones, salvo las huellas dejadas por los cascos de sus caballos, que trazaban grandes manchas en largas líneas paralelas sobre el camino.
Su yegua mostraba impaciencia por adelantarse al resto de los caballos, obligándolo a calmarla mientras mantenía el paso del líder. En ese momento, se encontraba sumido en sus pensamientos, ideas que surgían como destellos repentinos en su mente, sin previo aviso. Una comparó su carrera con el limbo que separa la vida de la muerte; otra lo impulsó con la certeza de tener una oportunidad única para demostrar su valentía, y una más lo transportó a su infancia, haciéndole preguntarse si, en realidad, sería de aquellos guerreros de los que tantas veces había escuchado historias relatadas por los mayores, historias cuyas hazañas sonaban más cercanas a la fantasía que a la realidad.
Recordó cómo, después de su primer Ramadán —una señal de madurez entre los nómadas—, su madre le había avisado que ya había llegado la edad para casarse y que debía buscarse una esposa. A lo que, con una sonrisa traviesa, le respondió:
—Antes de casarme, debo convertirme en un guerrero. Necesito un fusil.
—Olvídate de eso, todavía eres demasiado joven para llevar un arma —replicó su madre, con una mezcla de ternura y firmeza.
Esa memoria lo envolvía en una nostalgia agridulce, sobre todo cuando le contestó: —Puede que todavía sea joven para empuñar un fusil y ser un guerrero, pero para casarme ya estoy listo, como el mejor semental del rebaño.
Después de más de una hora de carrera, divisaron a lo lejos la silueta de una persona en la cima de una colina, que gritaba y agitaba un extremo de su manto. Poco después, los agudos gritos resonaron con nitidez. Era una mujer que clamaba pidiendo ayuda.
—¡Wúuw! ¡Wúuw! ¡Auxílio, socorro! ¡Ayúdenme, auxilio!
A su lado, cuatro niños con ropas cubiertas de polvo se aferraban entre sí, con rostros igualmente manchados y dominados por el miedo. El mayor de ellos no debía superar los trece años.
—¡Enemigos de Alá y de Su Mensajero! Nos han robado… ¡Todo! Se llevaron el rebaño, hasta el burro. ¡Malditos! —repetía y gemía sin cesar, con ojos desorbitados que reflejaban su desesperación a medida que la espuma se esparcía por sus labios.
—Les estamos buscando. No te preocupes, recuperaremos lo que te fue arrebatado —respondió el líder del grupo con seguridad.
Le pidió que regresara a su jaima con los niños, mientras ellos continuaban la persecución.
Desde lejos, los saqueadores pronto divisaron una nube de polvo que se acercaba. A pesar del intenso sol, lograron distinguir el número de jinetes.
—¡Te dije que debíamos matarla! Nos ha delatado —protestó uno de los ladrones.
—Yo robo, pero no mato mujeres. ¡Bah! ¿Qué más da?
—¡Cállense, idiotas! ¡A las armas, rápido! —gritó su jefe y disparó una bala en dirección de los guerreros—. Tal vez el sonido de la bala los haga reconsiderar el enfrentamiento. Si nos atacan, son cinco como nosotros, y estamos todos bien armados.
Las dunas arenosas se aproximaban entre sí, erigiendo una barrera imponente frente a los guerreros, y el estruendo de la bala los obligó a detenerse.
—Avanzaremos a pie, y tú debes quedarte aquí para proteger los caballos —ordenó el líder de los guerreros dirigiéndose a Mbarec.
—No me quedaré atrás ni un solo paso —respondió molesto.
—Sé que eres un buen cazador, pero la batalla es otra cosa.
—Ya dije que no me quedaré detrás de ustedes ni un solo paso, los caballos saben lo que deben hacer.
El jefe reflexionó un momento. ‘Así empezamos todos’. No le negaría esta oportunidad. Le dio varias palmadas en el hombro y, con una sutil sonrisa, dijo: —Eso significa que tu corazón está contigo. ¿Tienes la situación bajo control?
—Todo el control.
Mbarec avanzaba junto al grupo, encorvado y alerta ante cualquier peligro. Aunque había soñado con vivir una experiencia así, la realidad lo abrumaba con emociones desconocidas y una tensión creciente. Luchando por controlar sus nervios, comenzó a dudar de su capacidad para enfrentarse al desafío que se presentaba. Notó que el líder lo observaba de reojo. Apretó los dientes con más fuerza aún, decidido a no mostrar debilidad y a reunir el coraje necesario para no flaquear.
Se ocultaron tras un montículo de arena. Mbarec, al divisar la primera silueta de uno de los ladrones, sintió cómo sus dudas se desvanecían, dando paso a un ardiente deseo de acción, consciente de que su destino se decidiría en cuestión de minutos.
Estaba tendido en el suelo, con el dedo en el gatillo. La realidad de lo que estaba a punto de hacer lo abrumaba mientras aguardaba la orden para disparar contra otro ser humano. Era la primera vez en su vida que veía el cañón de su fusil apuntando no hacia una presa, sino hacia cabezas humanas que asomaban y se ocultaban tras los árboles de azufaifo en la colina arenosa.
El estruendo incesante de los disparos, cargados de presagios de muerte, desgarraba sin piedad el aliento del espacio. No había tregua, salvo en los fugaces instantes en que las balas abandonaban los cañones o las armas eran recargadas. En medio de ese caos, dos disparos resonaron al unísono, uno de ellos el de Mbarec, seguidos por un gemido agudo y un grito desgarrador que cortó el aire como una herida abierta.
—¡Me han alcanzado! ¡Malditos! Me han dado.
Los gritos del herido desataron el pánico entre los bandidos, sumiendo a la banda en una confusión que se agravó al notar la escasez de su munición. Con premura, cargaron a su compañero herido, montaron sus caballos y huyeron, amparados por la oscuridad que traía la noche.
Las armas guardaron silencio y el desierto recuperó su calma. El rebaño se dispersó en busca de pasto, como si no tuviera nada que ver con lo que acababa de suceder.
Después de encontrar las manchas de sangre esparcidas en la arena, el líder comentó:
—Es una herida grave, de eso no hay duda. No se atreverán a volver. Tarde o temprano, descubriremos quiénes son esos miserables. —Luego, se volvió hacia Mbarec, extendiendo la mano con un tono de aprobación—. ¡Felicidades! Has demostrado verdadera valentía.
Le respondió con una sonrisa de agradecimiento, mientras en su interior reflexionaba que, si supieras lo que siento, no me felicitarías; mi cuerpo no deja de temblar.
El regreso del rebaño sostenía una frágil esperanza para la madre, su único recurso para alimentar a sus hijos huérfanos. Con el corazón desbordado, Ocultó el rostro entre las manos y se entregó a un llanto incontenible, mientras abrazaba con ternura a los pequeños, bañando sus rostros con lágrimas de alegría.
Durante el camino, la viuda no paraba de expresar su gratitud a los guerreros con agradecimientos y fervorosas plegarias.
Al encender la lámpara en su jaima, la suave luz reveló la calidez de las esteras desgastadas y de un rústico ‘rahl’ improvisado como mesa, sobre el cual yacían una manta de tejido textil y otra de piel envejecida, sin más adornos en aquella modesta morada.
Los guerreros realizaron la oración de Isha y bebieron a prisa la leche que se les había ofrecido. Cuando se prepararon para irse, la mujer bloqueó su camino y juró que no abandonarían su jaima antes de cenar. Sus palabras coincidieron con la llegada de su hijo, quien arrastraba un cordero. El pobre animal, desesperado, se debatía para liberarse del firme agarre del joven.
Les pidió que lo sacrificaran y, ante la aparente negativa del jefe, insistió:
—¡Por Dios! Si ustedes no lo sacrifican, ordenaré a mi hijo que lo haga.
Temiendo que interpretara su rechazo, una falta de aprecio hacia su generosidad, el líder desenvainó su cuchillo, sacrificó al animal y, con destreza, procedió a desollarlo. Una vez terminado, la carne quedó lista para ser asada sobre el fuego que ya había encendido el joven.
—Me hubiera gustado ofrecerles té, pero discúlpenme. Hace dos días se nos acabó el azúcar y el té.
—No te preocupes. Trae los utensilios —respondió uno de ellos, luego salió y regresó con media bolsa de trozos de azúcar y una otra de té.
Fue una noche larga y desoladora, cuya oscuridad parecía tejida con las inquietudes que asediaban a toda la familia de Saleh. Para los demás habitantes del campamento, sin embargo, era una noche singular, en marcado contraste con las diez últimas noches, pesadas y monótonas, de marzo. A medida que el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de un reflejo rojizo, el viento cesó, poniendo fin al ulular constante que había persistido durante horas en las noches anteriores.
Un mar de estrellas se desplegó en el firmamento, iluminando la oscuridad del desierto. Y el océano eructó, según la terminología de los nómadas, cada vez que el aire les llevaba el sutil aroma de las algas distantes. Resultaba sorprendente, dado que el campamento de Aftót estaba alejado del mar, a una distancia de tres parasangas.
La suave luz del candil en la jaima se reflejaba en los rostros de la familia, inmersos en un silencio abrumado. Con las cabezas inclinadas, parecían cargar en ese momento con un peso que resultaba imposible de soportar.
Detrás de ellos se erguían dos rahl, muebles que dominaban casi por completo el lado occidental de la jaima y constituían los elementos más destacados del espacio. Además de su función como mesas, donde se disponían mantas y almohadas, uno hacía de armario, mientras que el otro resguardaba la despensa familiar.
Allí estaba Ummeya, sentada con las piernas cruzadas, inmersa en la preparación del té, mientras su padre se acomodaba en su lugar habitual a su izquierda. A su derecha, la abuela, envuelta en su manto, descansaba sobre su codo. La madre, absorta, acariciaba con ternura la cabeza de su pequeño hijo de seis años, quien dormía apoyando su cabeza en su rodilla como si fuera una suave almohada. No muy lejos, su hija Salca, a punto de cumplir quince años, permanecía en silencio, sumida en sus pensamientos. Cerca de la puerta, el hijo que seguía a la adolescente se mantenía en cuclillas junto a un fragmento de barril convertido en brasero. Con toda la paciencia del mundo y a la espera de que la tetera hirviera, calentaba sus manos y las llevaba a su rostro, iluminado por el resplandor rojizo.
Ummeya, acostumbrada a preparar el té según los gustos de su padre, se aseguraba de ajustar su sabor y color, respetando los rituales en su preparación. No tardó en ofrecerle un vaso de té. Él lo tomó con ambas manos, disfrutando de su calor, y luego comenzó a presionar su frente, aplicando el vaso caliente sobre las arrugas que el tiempo había marcado entre sus cejas, subiendo hacia la frente hasta encontrarse con otras similares, formando arcos semicirculares sobre sus ojos. Bebió el líquido agridulce en sorbos audibles y, al devolver el vaso, murmuró: — Que nunca te falte el talento.
Afinó el oído, ansioso por captar algún sonido que anunciara el regreso de su hijo. Entre sus dedos, las cuentas del rosario fluían sin pausa, mientras una inquietud latente lo carcomía. Le pesaba la reciente discusión con su esposa, quien le había reprochado haber puesto en peligro a su hijo, un hijo que jamás había enfrentado el fragor de una batalla.
Las reprimendas no cesaban desde la tarde, dirigidas tanto a él como a su hija Ummeya, quien no tuvo más remedio que guardar silencio y dedicarse a las tareas que tenía por delante. A veces limpiaba los vasos y otras revolvía el té, tratando de evitar intervenir o hablar, plenamente consciente de que cualquier reproche recaería sobre ella.
Pronto, el relincho del caballo de Mbarec resonó, y al entrar, fue recibido con júbilo por la abuela: —¡Gracias al Señor por traerlo de regreso sano y salvo!
Sin preámbulos, Mbarec comenzó a relatarles todo lo sucedido y el motivo de su retraso. La madre recuperó su serenidad al ver a su hijo ileso, cada palabra de él resonando en sus oídos como una melodía emotiva. A pesar de estar cerca de los cincuenta, su rostro casi libre de arrugas mostraba solo dos suaves líneas que curvaban desde la nariz hasta la boca, como si la dureza del desierto no hubiera pasado por ella.
Al finalizar su relato, Mbarec se volvió hacia su hermana: —Ummeya, has sido increíble. Vimos tus huellas, y todos los hombres no podían creer tu valentía.
Una sutil transformación se reflejó en la postura de la joven. Su figura esbelta emanaba una gracia y perfección innegables. Aunque sigue siendo objeto de críticas entre las mujeres, que consideran que la plenitud y una pizca de obesidad son señales de belleza en el mundo nómada.
Con una sonrisa dulce, mostró sus brillantes dientes mientras sus ojos chispeaban tras sus espesas pestañas. Luego, dijo con un tono cargado de melancolía:
—Gracias, hermano. La verdad es que, antes de que llegaras, ya me estaba arrepintiendo de lo que hice.
—Así son las madres —intervino el padre—. Creen que su amor puede salvarnos de todo, pero nuestras vidas están en manos de Alá. Tu hijo ha regresado sano y salvo. Si Alá lo permite, no volverá del oasis Wad Nún sin su propio fusil, convirtiéndose en un auténtico guerrero.
Un bostezo escapó de sus labios, y rápidamente se cubrió la boca en señal de disculpa: —Después de la batalla, necesitarás descansar. Lo mejor será posponer el viaje hasta pasado mañana.
—No estoy cansado. La noche aún no ha alcanzado su punto medio —respondió Mbarec—. ¡Mária! ¿Están listos los suministros para los pastores?
—Todo está en orden —contestó la sirvienta desde la cocina.
—Los pastores esperan con ansias tu llegada —dijo el padre—. Es probable que sus provisiones de té y azúcar estén a punto de agotarse. Llévate el fusil contigo; te dará mayor seguridad. Además, podrías encontrar alguna presa que deleite a los pastores.
Mientras el resto se entregaba al abrazo del sueño, Mbarec permaneció recostado en su lecho, con la mirada fija en las estrellas que destellaban desde la entrada de la jaima. Escenas de la batalla lo sorprendían sin previo aviso, arrancándole una sonrisa tras otra, mientras recordaba haber traspasado esa barrera difusa y, sumergirse en el mundo de los guerreros a través de la puerta engalanada con valentía, peligro y muerte.