Aquello no era más que otro ciclo, uno más de tantos, a los que ponía fin. Todo se reduce a esto, me dije a mí misma.
La frialdad de este pensamiento era lo único que me permitía sobreponerme a esta situación, a lo que realmente significa.
Pero esta vez no funcionó.
Estaba exhausta.
No. No era eso lo que ocurría, sino que todo había cambiado cuando fui consciente de la realidad: había un ciclo al que jamás podría poner fin.
Al de mi propia existencia.
Empecé a sentir.
Y me rompí.
¿Cómo se supone que iba a gestionar aquello que me era ajeno? ¿Acaso no debía limitarme a existir?
Sí, claro.
Pero sin fin.
Y sentí envidia, por algo que nunca tendría.
Rabia, por aquella injusticia.
Y soledad, porque nunca tendría compañía.
Estaba condenada.
Como fui y soy, seré.
Como estuve y estoy, estaré.
Como existí y existo, existiré.
Viviría por siempre.
Qué irónico.
Qué amargo.
Por una vez, portaba las malas noticias para mí.
Nadie quiere recibir malas noticias, pero nadie piensa en el mensajero.
Nadie.
Nunca.
Pensó en mí.
Desde luego, no así.
Y ahora todo retumbaba, todo se agolpaba.
Todo.
Todas esas experiencias, todas esas vivencias, todas las miradas, las amargas caras, las súplicas, los llantos, los gritos, las amenazas, los desafíos, los insultos.
Todo.
Todo, todos vosotros, todo lo que me habéis mostrado.
Lo peor.
Pocas veces lo mejor.
Y yo no podía hacer nada.
La desesperación me hizo pensar que podíamos ser iguales. Nos unía algo inevitable: a todos nos espera mi existencia miserable.
Para vosotros soy lo que para mí no puedo.
A vosotros os doy lo que para mí no tengo.
Ojalá pudiera evitar todo vuestro sufrimiento.
Ojalá hubiese un fin, para el descanso eterno.