Una estrella fugaz (segunda parte)

El viento azotaba con furia el rostro de Derek mientras observaba a su alrededor. La ciudad estaba siendo arrasada por la tormenta que no dejaba de crecer en intensidad. Los edificios se desplomaban, las calles se inundaban, y el caos parecía no tener fin. El Jedi respiró profundamente, sintiendo cómo la Fuerza se agitaba a su alrededor. En medio de la devastación, el Jedi decidió que era el momento de calmar su mente, de centrarse y buscar la respuesta en la Fuerza.

Derek se sentó con calma en medio del caos, cerrando los ojos y comenzando a meditar. Sabía que en la quietud de la meditación podría ver más allá de lo que los ojos físicos podían percibir. A través de la Fuerza, podría acceder a una visión más profunda, una visión que le permitiera comprender mejor los eventos que habían llevado a Ylya a este destino, y encontrar una forma de liberarla de su sufrimiento.

Al sumergirse en la meditación, la Fuerza comenzó a revelarse ante él. Primero, vio una gran cantidad de pasados posibles, de decisiones no tomadas, de momentos que habían quedado atrás. En uno de esos pasados, vio a los padres de Ylya, rodeados de una gran satisfacción, orgullosos del hecho de que su hija había mostrado un enorme potencial en la Fuerza. Para ellos, tener una hija Jedi representaba un gran prestigio, una forma de alcanzar un nivel social superior. El sueño de los padres de Ylya no era que ella fuera feliz, sino que ella fuera la imagen de éxito y estatus. Derek vio cómo comparaban constantemente a Ylya con el Maestro Jedi Obi-Wan Kenobi, con la esperanza de que su hija siguiera sus pasos, convirtiéndose en una figura legendaria, alguien sobre quien podrían presumir ante los demás. El deseo de poder mencionar con orgullo: “Mi hija es una Jedi”, resonaba con fuerza en sus corazones. Sin embargo, en su mente, no había lugar para lo que realmente motivaba a Ylya. Los padres nunca mostraron interés por la pasión de su hija por la medicina, considerándola una “estúpida pérdida de tiempo”.

Derek sintió el dolor de la joven a través de la Fuerza. Vio el miedo constante de Ylya al castigo, la vergüenza y la deshonra que sentía al fracasar en cumplir con las expectativas de sus padres. El peso de la presión era insoportable para ella. Vio cómo se refugiaba en la soledad, cómo se alejaba en silencio, la vio llorar de miedo a solas por las noches. La meditación reveló su sufrimiento más profundo, la desesperación que la impulsaba a huir. Su miedo al castigo era tan grande que, sin darse cuenta, se adentró en el Lado Oscuro de la Fuerza. Su caída no fue algo consciente. Una respuesta al miedo y la inseguridad, hasta que la tormenta que ahora azotaba la ciudad se convirtió en un oscuro reflejo de su sufrimiento. Derek vio cómo la tormenta aumentaba su furia sin que Ylya se diera cuenta de la magnitud de lo que había causado. Vio a la padawan caminar sin rumbo, demasiado asustada para pensar con claridad, buscando refugio en un lugar vacío y solitario, y, finalmente, vio su trágica muerte cuando fue atacada por sorpresa por un grupo de ladrones.

Pero también vio otros caminos. A través de la Fuerza, Derek pudo ver futuros alternativos, futuros en los que Ylya tomaba otro rumbo. Vio cómo seguía el camino de la medicina, como su pasión por la curación la llevó a la paz interior y al equilibrio. Ylya ascendía al rango de Caballero Jedi, y luego, con el tiempo, alcanzaba el rango de Maestra Jedi. Su talento en la medicina era reconocido, y se convertía en un modelo a seguir para futuras generaciones de padawans. Vio a Ylya rodeada de alumnos y colegas, respetada y admirada por su dedicación. La vio feliz.

Al completar su meditación, Derek se levantó lentamente, ya sabía lo que tenía que hacer. La Fuerza le había mostrado los caminos posibles, los destinos que se habían cruzado en la vida de Ylya. No podía cambiar el pasado de la joven padawan, pero sí podía ayudarla a encontrar su paz, a liberarse de los miedos que la habían condenado a esa existencia.

Derek avanzaba entre los escombros de la ciudad, su mente completamente centrada en la Fuerza, extendiendo sus sentidos más allá de lo que sus ojos podían ver. A través de la quietud de la meditación, sentía la conexión con la joven padawan más fuerte que nunca. A medida que sus pasos lo llevaban a través de las calles desiertas, la tormenta seguía azotando la ciudad con una furia incontenible. Los rayos iluminaban el cielo en destellos rojos y morados, como un recordatorio constante del Lado Oscuro que Ylya había alimentado sin saberlo.

El Jedi amplió sus sentidos, buscando la presencia de la joven, buscando algo que lo guiara hacia ella. Finalmente, la localizó a través de la Fuerza. Un viejo edificio, uno de los pocos que quedaba en pie tras el paso de la tormenta. El cadáver de Ylya estaba allí, en el sótano de esa estructura, escondido en un rincón oscuro, cubierto por la sombra de la muerte. No querían que fuera encontrada, y por eso su cuerpo había sido llevado allí, en un intento de que la oscuridad del lugar la ocultara para siempre.

El Jedi caminó sin prisa, pero con determinación. La ciudad estaba prácticamente vacía, la gente había huido en masa hacia las zonas más alejadas, aterrorizados por el monstruoso fenómeno climático. Derek era consciente de que, a medida que avanzaba, su presencia era una de las pocas que quedaba en la zona. La tormenta seguía rugiendo a su alrededor, pero todo lo que importaba ahora era encontrar el último rastro de Ylya, brindarle el respeto y la paz que había merecido y, de alguna manera, dar fin a este sufrimiento interminable que había marcado su vida.

El tiempo se desdibujó mientras el Jedi caminaba por las calles desiertas. Finalmente, después de un largo trayecto, llegó al edificio. Los muros, agrietados y desgastados, estaban cubiertos de suciedad y escombros, como si la ciudad misma estuviera luchando por mantenerse en pie. La entrada estaba oscura, pero la Fuerza lo empujó hacia el interior, hacia el sótano.

Allí, en la penumbra, la encontró. El cuerpo de Ylya yacía en el suelo frío, en un rincón. Sus ropas estaban rotas. El Jedi percibió que su cadáver había sido despojado de todo lo que tuviera algún valor, probablemente por aquellos que la habían atacado. La visión de su cuerpo sin vida le estremeció. Ylya ya no estaba en ese lugar, su pero su sufrimiento y su dolor permanecían.

Derek se arrodilló junto a su cadáver, cerrando los ojos y extendiendo su mano hacia ella. A través de la Fuerza, comenzó a reunir los restos dispersos que yacían a su alrededor: pedazos de madera, trozos de tela, restos de escombros. Usó la Fuerza para moldear esos objetos, creando una especie de ataúd improvisado, algo simple pero lleno de respeto. El Jedi quería darle a Ylya algo de dignidad, un descanso que merecía, aunque fuera tardío.

Ascendió a la terraza del edificio con un peso profundo en su pecho. Aunque el cuerpo de Ylya ya descansaba en paz, su mente seguía atormentada por los ecos de la tormenta que aún rugía a su alrededor. El Jedi sabía que la lucha no había terminado, y que el impacto de los eventos vividos por la joven padawan aún resonaba en la Fuerza. Sin embargo, había cumplido con su deber. La nave debía llegar pronto, y con ella, la oportunidad de dejar atrás la devastación de la ciudad. En la distancia, sacó un pequeño dispositivo remoto de su túnica y lo activó. A través de él, envió la señal para que la nave que lo había acompañado hasta este planeta viniera a recogerlo.

La tormenta continuaba su furia imparable, y la espera fue larga. Pasaron horas antes de que la nave, luchando contra el viento y las inclemencias del clima, finalmente pudiera llegar. El caos que había generado la tormenta no permitía que la nave llegara con la rapidez que el Jedi habría deseado. Tres horas más tarde, el rugido de los motores se escuchó en la distancia. Derek observó el cielo encapotado y la ciudad devastada, mientras la nave descendía en medio de la tempestad.

Desde la terraza, el Jedi contempló la magnitud de la destrucción. Los edificios que alguna vez fueron orgullosas estructuras de la ciudad ahora yacían derrumbados, las calles estaban cubiertas de escombros, y los árboles caídos formaban un paisaje sombrío y desolado. Los parques, otrora lugares de recreo y tranquilidad, ahora se presentaban como paisajes devastados, llenos de restos de lo que alguna vez fue.

El cielo, antes despejado y brillante, ahora era una masa negra como la medianoche, cubierto por nubes que parecían más oscuras y densas que la misma oscuridad. Rayos gigantescos iluminaban el horizonte, enviando destellos de color rojo y morado que cortaban el aire como látigos. Los truenos eran ensordecedores, pero lo más aterrador era que, en ocasiones, sonaban como gritos de desesperación, ecos del sufrimiento que había causado la tormenta. Derek sentía la energía de la Fuerza fluyendo a su alrededor, pero no de la manera en que normalmente lo hacía. Esta tormenta estaba viva de una manera oscura y aterradora.

Entonces, algo ocurrió. Una visión repentina y vívida se presentó ante los ojos de Derek. En la visión, la tormenta crecía, expandiéndose sin control, alcanzando dimensiones colosales. Cubría el planeta entero, y sus efectos comenzaban a volverse catastróficos. Edificios enteros eran barridos por los vientos violentos, y el suelo se fracturaba, hundiéndose en el abismo. La atmósfera misma parecía distorsionarse, como si la tormenta estuviera desgarrando el tejido de la realidad. El Jedi vio cómo el planeta entero comenzaba a desmoronarse bajo la presión de la tormenta. Las vidas de todos los seres que habitaban este mundo estaban ahora en peligro. La vida en este planeta, que ya se encontraba en ruinas, corría ahora un peligro mucho mayor. Si la tormenta seguía creciendo, podría acabar con todo.

El Jedi se levantó, observando cómo la nave finalmente descendía hacia la terraza, luchando contra el viento.

El viaje hacia Deyer fue largo y silencioso. Derek Flynt, el Caballero Jedi, permaneció en la nave meditando mientras el paisaje estelar pasaba ante sus ojos. En su mente, las imágenes del planeta devastado por la tormenta seguían vivas, pero había algo más que le pesaba aún más: la responsabilidad que llevaba al enfrentarse a los padres de Ylya. Sabía que este encuentro no sería fácil. La verdad sobre el destino de su hija no sería bien recibida.

Tras horas de viaje, el planeta Deyer apareció ante él. Era un mundo paradisíaco, con vastos océanos y paisajes verdes que contrastaban fuertemente con la desolación que había dejado atrás. Sin embargo, en este momento, la belleza de Deyer le parecía vacía, como si nada pudiera borrar el sufrimiento y la angustia que había causado la caída de Ylya. Al llegar, se dirigió a la residencia de los padres de la joven padawan.

Los padres de Ylya esperaban su llegada con ansias. Desde el primer momento, Derek pudo percibir sus emociones a través de la Fuerza, estaban convencidos de que él venía a traerles buenas noticias, que su hija finalmente había logrado convertirse en la Jedi que siempre habían soñado. Sus expectativas eran altas: Ylya convertida en una poderosa Jedi, similar al Maestro Obi-Wan Kenobi. Ellos habían invertido tanto en esa idea, que su mente ya había cerrado cualquier otro camino posible para ella.

Sin embargo, cuando Derek les comunicó la verdad, quedaron muy impactados. La expresión de los padres de Ylya cambió drásticamente. La incredulidad se transformó en shock, y luego en un profundo pesar. La muerte de su hija, su caída al Lado Oscuro de la Fuerza, les impactó profundamente. Derek pudo sentir su frustración. En sus ojos no había tristeza, sólo la amargura de ver cómo se desvanecían todas sus aspiraciones. El futuro brillante que habían visualizado para ella como Jedi, lleno de prestigio y honor, se desmoronaba ante ellos.

A través de la Fuerza, Derek percibió el abismo emocional de los padres: lo que les dolía no era tanto la muerte de Ylya, sino la vergüenza que les causaba el fracaso de su hija. Para ellos, la caída al Lado Oscuro de Ylya representaba no solo el fin de sus sueños, sino una marca de deshonra en su familia. No les interesaba el posible futuro que Ylya habría tenido como sanadora Jedi, a pesar de su indiscutible talento en la medicina. Para los padres de Ylya, esos logros no significaban nada en comparación con la falta de éxito en la senda que ellos habían deseado para ella.

En el silencio de la sala, Derek escuchó una frase que dejó claro lo que realmente sentían. El padre de Ylya, con la voz llena de amargura, dijo: “Ahora nunca podremos decir que tenemos una Jedi en la familia, una poderosa Jedi”. Aquella frase resonó en los oídos del Jedi con un eco profundo. Para ellos, lo único que importaba era el estatus social que les otorgaría tener una hija Jedi. Su visión de la vida de Ylya había sido limitada a ese único objetivo: que ella siguiera los pasos del Maestro Jedi Obi-Wan Kenobi, sin importarle su propio camino.

Derek sintió el rechazo palpable de los padres hacia la pasión de Ylya por la medicina, algo que había sido parte de su vida, algo que podría haberla llevado a convertirse en Maestra Jedi. Pero a sus padres, esa opción no solo les resultaba irrelevante, sino que la veían como una “pérdida de tiempo”. No había lugar para la medicina en sus sueños de grandeza. Solo querían que su hija fuera una Jedi poderosa, sin importar qué sacrificios tuviera que hacer para alcanzar esa meta.

El Jedi, sintiendo el dolor que emanaba de los padres, les comunicó una decisión que les sorprendió aún más. “Los restos mortales de Ylya no descansarán en su casa. Ella no quiere eso”, les dijo.

Los padres reaccionaron con sorpresa e indignación.

“¡Esta es su casa! ¡Es donde pertenece!”, respondieron.

Pero Derek, con calma y firmeza, les respondió: “Es ella la que no quiere”.

El Jedi les explicó que había elegido un destino distinto, en el Templo Jedi.

Antes de terminar el encuentro, Derek les dejó una última afirmación que resonó en el aire, pesada y clara: “Lo peor no es que ya no esté viva, lo peor es que nunca respetaron lo que ella quería ser”.

Y con esas palabras, el Jedi se fue.

Tras su encuentro con los padres de Ylya, el Jedi Derek Flynt emprendió el viaje hacia el Templo Jedi, el santuario de todos aquellos que habían sido tocados por la Fuerza y habían seguido el camino hacia la luz. El trayecto en la nave fue largo, pero la mente de Derek estaba centrada en un único objetivo: asegurar que Ylya, la padawan perdida, recibiera el honor que merecía.

Al llegar al Templo Jedi, el Jedi se dirigió directamente al Consejo, solicitando una audiencia con los más altos representantes de la Orden. Era una petición sencilla, pero cargada de emoción y trascendencia: que los restos de Ylya fueran tratados con el respeto y el honor que todo Jedi merecía, aunque su vida se hubiera desviado por caminos oscuros. El Consejo aceptó la solicitud sin reservas. Para ellos, la caída al Lado Oscuro de un Jedi era un doloroso recordatorio de lo que se podía perder, pero también un recordatorio de lo que se debía aprender.

Derek, sin embargo, no se detuvo allí. Su solicitud iba más allá de un simple entierro ceremonial. Quería algo más. El único refugio adecuado para Ylya: un lugar en el Templo que reflejara lo que su vida realmente había sido. La pidió un lugar de descanso en la Biblioteca del Templo. Quería que los restos de Ylya fueran colocados en un armario cerrado, en la sección de medicina de la Biblioteca. La medicina había sido su verdadera pasión, el camino que había seguido con todo su corazón, a pesar de la presión externa para seguir otros senderos. En aquel lugar, los Jedi que visitaran la Biblioteca, al ver la urna que contenía sus restos, podrían recordar que su vida no había sido en vano, que su deseo por la sanación era un acto noble y puro, a pesar de los oscuros eventos que ocurrieron a su alrededor.

Mientras Derek completaba su solicitud, algo profundamente trascendental ocurrió en su interior. A través de la Fuerza, sintió una luz tenue, que brillaba en medio de una gigantesca y turbulenta oscuridad. Esa luz, aunque pequeña y frágil, comenzaba a brillar. Era un latido, algo vital que despertaba en lo profundo de la oscuridad. Derek pudo percibir la presencia de la padawan, ya no como un espíritu atormentado, sino como una chispa de esperanza que comenzaba a resurgir. Una luz muy tenue, como si la Fuerza misma estuviera sanando las heridas del alma de Ylya. Su luz comenzó a latir, de manera débil pero constante. El Jedi comprendió que, aunque la tormenta continuaba activa en el planeta, Ylya había encontrado una forma de sanarse en la Fuerza.

A través de la Fuerza Derek percibió que la gigantesca supertormenta empezaba a debilitarse.

TIEMPO DESPUES…

En el Templo Jedi, los padawans y los Jedi notaron una presencia peculiar que comenzaba a manifestarse en la Fuerza. La presencia parecía residir en la Biblioteca del Templo, en la sección dedicada a la medicina.

Los padawans, que pasaban largas horas en la Biblioteca estudiando los intrincados caminos de la sanación Jedi, comenzaron a contar historias. Decían que cuando encontraban dificultades en sus estudios de medicina en sus sueños la figura de una joven aparecía ante ellos, guiándolos. Se decía que, hacía muchos años, hubo una padawan con un gran talento en la medicina…