a perseverancia, nunca fue algo positivo.
Un arma de dos filos que me llevó muy lejos,
pero no a una lejanía a la cual se le puede atribuir grandeza,
no a una distancia que te llena de frutos,
sino a unos miles de kilómetros donde se siente la perdición,
donde te cuestionas cada paso,
donde la voz propia se ahoga en ecos de lo ajeno.
Me perdí entre lo que soy y entre mis disfrutes,
en un laberinto de expectativas ajenas,
donde cada calle es una búsqueda de aprobación,
donde mi risa se convierte en susurros que piden permiso,
donde mi piel se viste de dudas y mis sueños se transforman en sombras,
habitantes de una noche perpetua,
sin estrellas que me guíen de vuelta a mí.
La perseverancia, esa bestia indómita que me prometió llegar lejos,
me arrastró a un lugar donde mi esencia se vuelve un reflejo ajeno,
y mis deseos, apenas un murmullo lejano,
una melodía que alguna vez fue mía,
pero que ahora se pierde en el ruido de lo que esperan que sea.
(escribi esto en un rio de ansiedad acompañada de una pizca de sindrome del impostor)