El secreto de Carlota: episodio I reescrito y republicado. HISTORIA DEFINITIVA

Girona, viernes 15 de diciembre de 2023.

Llamo a la puerta de la casa de Carlota, su familia la ha ocupado durante generaciones. Se encuentra en la judería del casco antiguo de Girona. Me encanta su fachada medieval, tan antigua. No es grande ni muy pequeña, bonita y acogedora. Según me contó, su mobiliario data de entre dos y tres siglos.

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En cuanto mi amada me abre, me percato de que la casa está a oscuras. Encima del viejo mueble situado al lado de la puerta de entrada hay una pequeña menorá de nueve brazos con sus respectivas lámparas de aceite encendidas. Me recibe con una suntuosa vestimenta religiosa a la vez muy modesta: una túnica blanca holgada y de manga larga con cuatro pares de rayas discontinuas de color azul oscuro y estampadas por diferentes zonas de la prenda: una en la cintura, otra en el pie de la túnica y las dos restantes en las muñecas de las dos mangas. Además, lleva puestas unas chanclas beis de cuero y plataforma alta, un precioso «talit» azul oscuro con líneas doradas que cubre ligeramente sus hombros, su cabello y su cabeza, adornada al mismo tiempo con una «kippá» roja con el dibujo de una «menorá» de siete brazos. Está increíblemente hermosa. Se han confirmado por completo mis sospechas de que es judía, aunque siempre la he respetado y he esperado a que me lo confiese.

Me abraza. Muy fuerte, muy fuerte. Me acaricia suavemente el cabello y me besa la cabeza, a la que tiene que agacharse bastante para lograr alcanzarla. Tengo mucho frío, siento mi menudo cuerpo congelado y su abrazo me reconforta más que un par de tazas de caldo bien caliente. Ella gordita y yo delgada, ella tan alta y yo tan baja… La tenuidad y el frío de mi piel junto a la voluminosidad y el calor que desprende la suya. ¡Qué protegida me hace sentir! Debajo de mi arrapado vestido negro, mis entumecidos pezones. Tanto por el frío como por todo lo que me hace sentir el mero roce de mi cuerpo junto al suyo. Por un instante puedo ver sus mejillas sonrojadas y sentir su entrecortada respiración mientras me abraza, reacciones que le habrán provocado el roce de nuestros cuerpos.

–Amor meu! Que freda que estàs! Has d’abrigar-te més!

Acto seguido, nos separamos del abrazo. Impone sus dos grandes manos en mis delicadas y frías mejillas y me besa la frente. Me toma de las dos manos y me las templa, ya que las tengo casi congeladas. Advierto un destello de emoción en su triste mirada.

–Ai, quines manetes més fredes! Vine, amor, vine… Que te les escalfo ben escalfadetes!

Amo sentir el roce de sus toscas manos con las mías, tan delicadas y con dedos de pianista.

Acto seguido, agarra mi esbelta cintura, la acaricia y me toma en brazos. Siento el roce de sus grandes pechos y de sus ya entumecidos pezones por debajo de su recatada túnica religiosa con los míos. También el de su grande nariz junto a la mía, minúscula y con la misma tendencia a destemplarse que mis manos.

–Quin nasset més fred que tens! –me dice, riendo con ternura.

Nos besamos. Sentir sus labios enredándose con los míos es uno de los mayores placeres que he logrado experimentar en mis 26 primaveras. Estamos las dos muy sonrojadas y nuestras respiraciones se entrecortan mientras nos fundimos en apasionados besos. Mi cuerpo empieza a templarse, en todos los sentidos.

(Carlota y yo hablamos en catalán, pero a partir de aquí escribo los diálogos solo en español para que se me entienda mejor).

–Eres la más hermosa del universo… El mejor regalo que HaShem, es decir, Di-s, me ha ofrecido en esta vida. Te amo como nunca he amado a nadie, Clara. No tengas nunca la menor duda de ello -me dice, entre beso y beso.

–No más que tú, Carlota. Eres la persona más bella que he conocido, en todos los sentidos. Un ángel como el sol, caído del cielo. Lo mejor que me ha sucedido en esta vida. Te amo más que a nadie.

Habiéndonos besado, me baja, me toma suavemente de la cintura con su brazo y me mena hacia el comedor. De camino, reparo en que tiene abiertas las puertas de todas las estancias de la casa (su cuarto, el baño, una sala de estar/biblioteca y la cocina), en cada una de las cuales hay una pequeña «menorá» encendida, todas ellas hechas también de plata y colocadas al lado de su respectiva ventana. Desde que me ha abierto la puerta mi olfato es seductoramente invadido por un cálido e intenso aroma a comida, preparada con antelación: apio, caldo de pollo, pescado, frituras, carne de ternera, cebolla, especias… ¡Qué delicioso cocina mi amada!

Llegamos al comedor. En un lado y en el otro de la ventana, hay dos grandes y preciosas «menorot» de oro. Una de nueve brazos y otra de siete, ambas apagadas. Son todas estas hermosas luces las que en este preciso instante iluminan y dan calor en casa de Carlota. Me sorprendo muchísimo. Nunca antes las había visto. Ahora puedo entender más que nunca qué era lo que escondía tras la cortina de la misteriosa esquina de su habitación.

Nos dirigimos a la mesa. Decanta una de las sillas y con un brillo de alegría en sus ojos y una confiada sonrisa iluminando su rostro me hace un gesto para darme a entender que me siente. Después se sienta ella, a mi lado. Una vez estamos las dos sentadas, me toma de la mano. Amo sentir sus largos y carnosos dedos entrelazados con los míos, de pianista y tan delicados… Nos miramos a los ojos y nos besamos. Acurruco mi cabeza en su pecho.

Es aún de día y el sol de invierno con un majestuoso cielo con luz rosada de fondo nos iluminan.

La mesa está servida para dos personas, en cada lado un plato hondo encima de un plato plano, rodeados por un bonito vaso delante y una servilleta de tela con cubiertos encima en cada lado. A la derecha, una cuchara y a la izquierda, un tenedor y un cuchillo. La mesa está cubierta con un precioso mantel blanco con estampados azules y dorados. Los platos, los vasos y los cubiertos forman parte de dos preciosas vajillas de plata diferentes. Los platos planos, los tenedores y los cuchillos son de una vajilla con grabados de cenefas con motivos vegetales y con el dibujo de una menorá de siete brazos en el centro y los platos hondos y las cucharas son de otra, grabados con una estrella de David en el centro y una inscripción en hebreo debajo: שבת שלום , tanto en los platos como en los vasos.

No se trata de las mismas vajillas que utilizaba en las cenas de los viernes durante las vacaciones en las que nos conocimos, aunque ambas son parecidas. Lo que sobre todo las distingue es que las otras no contienen grabados de símbolos que a primera vista sabemos que son judaicos y estas sí. Este detalle demuestra su entonces atormentado afán por pasar desapercibida.

Se me ilumina la mirada. Pocas veces en mi vida he presenciado tanta belleza. Me quedo sin palabras. Poso fijamente la mirada en la inscripción hebrea del plato hondo. Ella me lee la mirada, no me hace falta articular término alguno para preguntar.

–«Shabat Shalom». Significa «Shabat Shalom» –me dice.

–Ya me lo suponía. Ay, es todo tan precioso… ¡Bendita belleza!

Ella se sonroja.

–El Shabat es la reminiscencia del séptimo día de la Creación, cuando HaShem descansó de toda su obra. Se celebra entre la noche del viernes y durante el sábado, nuestro día sagrado. Para nosotros, la semana empieza en domingo.

–¿Cómo celebráis el Shabat?

–Durante el Shabat no podemos realizar ningún tipo de actividad, ya que, como dicen las Sagradas Escrituras es el día de descanso. Es por ello que siempre cocino la cena del viernes y el desayuno y la comida del sábado con mucha antelación. Además, tampoco podemos hacer ningún uso de la electricidad, por ejemplo no podemos prender ni apagar luces.

–Entiendo… –le respondo en un tono de voz sumamente respetuoso.

–La cena de los viernes es muy especial porque conmemora el comienzo del Shabat. Es un acto sublime para nosotros los judíos. Ya lo verás, amor –me besa la frente.

Frente a nosotras, hay una gran bandeja de plata de la misma vajilla que los platos planos, los tenedores y los cuchillos. Contiene una gran jarra de cristal llena de vino. Justamente al lado reparo en la presencia de la preciosa copa de plata que ya tanto conozco con el grabado de un dibujo de lo que parece ser un precioso templo.

–Este vino, por lo poco que sé de ello, es el que se utiliza para una bendición del Shabat, ¿verdad?

–Tú lo has dicho, amor. Es el que, junto con la copa, se utiliza para decir la «berajá», es decir, la «bendición» del vino, llamada «kidush». Las «berajot», es decir, las «bendiciones», se encuentran enmarcadas entre las siete «mitzvot» rabínicas. Cada «berajá» que me escucharás declamar es una «mitzvá».

–¿Qué significa «mitzvá»?

–«Mitzvá» significa «mandato». Existen centenares, pero tenemos siete principales, que son las «mitzvot», rabínicas, es decir, los «mandatos» rabínicos. La declamación de las «berajot» es la segunda.

–De acuerdo, ya entiendo… Si bien deduzco, «-a» es la terminación de singular y «-ot» la de plural, ¿es así? –la interrumpo discretamente, motivada por mis ansias de conocimiento– ¡Claro, ya caigo! Entonces, el plural de «menorá» es «menorot».

–Tú lo has dicho amor, así es. Nociones básicas de gramática hebrea.

–Es preciosa la copa. Me encanta.

–Sí… –me dice con un melancólico suspiro– el grabado representa el Primer Templo de Jerusalén. Mira, amor.

Se levanta de la silla y se dirige al mueble. Toma un gran libro antiguo, lo abre por el principio y regresa a mi lado.

–¿Qué fue de este precioso templo? He escuchado muchas teorías sobre ello, aunque no logro discernir hasta qué punto son ciertas. ¿Cuál fue el origen del Primer Templo de Jerusalén?

–Es una historia muy apasionante y triste a la vez… -suspira- Se remonta a muchos, muchos años atrás, amor. Casi tres mil años. Entre finales del segundo milenio y principios del primero antes de Cristo, concretamente al Éxodo de Egipto hacia la Tierra Prometida… –me dice emocionada, señalando en el libro una maravillosa ilustración que representa a Moisés abriendo el paso entre las aguas del Mar Rojo.

–¡Qué bonito! Es realmente bella la historia de Moisés. De pequeña tenía la película de dibujos animados, titulada El Príncipe de Egipto. Lloré tantas veces viéndola…

–Lo es, amor, lo es. Y sí, me pregunto honestamente quién no habrá llorado viéndola… -deja escapar un melancólico suspiro- En el transcurso de los cuarenta años del Éxodo, a caballo entre Moisés y Josué, el pueblo de Israel necesitábamos algo que se asemejara a un templo para orar y manifestar nuestro amor hacia HaShem…

–¡Claro! ¡El Tabernáculo móvil! Que, si bien recuerdo, era un santuario en forma de tienda de campaña. ¿Es así?

–Exactamente. Se trataba de un santuario portátil que cobraba esa misma forma. Fue allí donde se depositó el Arca de la Alianza confiada por HaShem a Moisés, que contenía los Diez Mandamientos -pasa a la siguiente página y me señala una bella ilustración del Tabernáculo, con el Arca en su interior.

–¡Sí, las Tablas de la Ley! ¿Y de qué modo y en qué momento histórico se convirtió en el Primer Templo de Jerusalén?

–Estos hechos se remontan a caballo entre nuestra llegada a la Tierra Prometida e inminente conquista de Canaán, el repartimiento del territorio entre las doce tribus y nuestro glorioso Reino unificado de Israel, regido por los más memorables monarcas Saúl, David y Salomón. A raíz de constantes disputas en tiempo de las doce tribus, pasó de un lugar a otro. Así fue que el rey Salomón dio con el Arca de la Alianza vilmente arrebatada por los filisteos, la trajo de vuelta a Jerusalén y allí erigió un Tercer Tabernáculo, bajo el propósito de custodiarla.

–Y del Tercer Tabernáculo emergió el Primer Templo de Jerusalén, ¿cierto? -le digo, con un visible destello de emoción en la mirada.

–Así es. Salomón decidió amueblar el Tabernáculo y partiendo de este, erigió el Primer Templo. Es por esa razón que es también designado como el Templo de Salomón. Se mantuvo firme durante unos cuatrocientos años, a caballo entre la monarquía unificada de Israel y su partición en dos reinos: el del norte y el del sur. ¡Mira qué bello y qué majestuoso era…! –exclama, dejando escapar un melancólico suspiro mientras sostiene la copa y me muestra otra ilustración del libro con el Primer Templo dibujado- ¡Vilmente arrasado en manos de Nabucodonosor!

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–Nabucodonosor, el comandante del ejército imperial babilonio, si bien recuerdo.

–¡Tú lo has dicho! Las mismas atrocidades que los babilonios llevaron a cabo contra nuestro glorioso Reino de Judá, que era entonces el del sur, también las cometieron los asirios con la misma crueldad contra nuestro reino de Israel, que era el del norte y tan glorioso como el de Judá. Judit… –de repente suspira, le tiembla la voz y se le eriza la piel, mientras señala en el libro la ilustración de una mujer en pose guerrera degollando un soldado– ¡Judit de Betulia! ¡Una HEROÍNA entre las heroínas y en mayúsculas! ¡La personificación de nuestro pueblo! Que tuvo la entereza de plantar cara al general asirio Holofernes! –exclama, empleando un tono de voz aguerrido, seguido de un apasionado golpe de puño en la mesa.

–Tiempo después, si bien recuerdo, Babilonia fue invadida por los persas aqueménidas.

–Efectivamente. Tuvimos que vivir bajo el opresivo yugo babilonio. Hasta que llegaron ellos. Los persas aqueménidas sí que se portaron bien con nosotros… –suspira– Además, fue bajo su munificencia que logramos hacer posible que entre las ruinas del Primer Templo emergiera el Segundo –hojea varias páginas del libro hasta llegar a una ilustración con otro templo dibujado y mostrármela– ¡Mira qué majestuoso era también!

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–Entiendo que fueron buenos tiempos para vosotros. Quizás no gloriosos, pero prósperos. ¡Qué templos tan espectaculares y avanzados para su época!

–Así es, amor. Después nos dicen que los judíos somos la peor lacra de la humanidad… –deja escapar un amargo suspiro– En fin. Sí, nuestros tiempos gloriosos todavía estaban por llegar. Posteriormente, llegaron los macedonios comandados por Alejandro Magno. A pesar de sus viles profanaciones, el templo sobrevivió. Después, ya en la fase seléucida, concretamente la de las decadentes monarquías de los diádocos, bajo el reinado de Antíoco, ¡la gloriosa revuelta de los macabeos! ¡Judas Macabeo! ¡Un HÉROE entre los HÉROES! –exclama en un tono aguerrido, mientras vuelve a golpear en puño la mesa con suma pasión, se le agita la respiración, se le eriza la piel de la emoción y señala una espectacular ilustración de un soldado montado a caballo y sosteniendo una lanza en actitud guerrera– Posteriormente, la gloriosa dinastía Hasmonea. Y otros muchos años después, cruelmente profanado y arrasado por los romanos bajo el mando del sátrapa Tito Flavio Vespasiano.

–Es… ¡Espectacular! Me encantan estas ilustraciones. ¡Qué libro más bello! –le digo admirada, mientras mis dedos de pianista recorren cuidadosamente las páginas.

–Lo es. Ha pasado de generación en generación en mi familia. Cuenta con unos doscientos años de antigüedad. Fue publicado en Israel –le brilla la mirada.

–Estos bellos candelabros que iluminan cada estancia de tu casa sé que son «menorot», pero, ¿cuál es la diferencia entre las de nueve brazos y la de siete?

–Las de nueve brazos son «januquiot». «Januquiá» en singular, «januquiot» en plural. La de siete es la «menorá».

–¿Cuál es el origen y el significado de ambos candelabros? ¿La única iluminación del hogar con las luces de la «januquiá» y de la «menorá» son también parte de los rituales del Shabat?

–No, mira, te explico, amor. La «menorá» de siete brazos representa los siete días de la Creación y muchas más cosas: la palabra y la luz de HaShem, el conocimiento humano, la zarza que vio Moisés en el Monte Horeb… Era la «menorá» original, la que iluminó el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén. Fue creada por Moisés siguiendo las instrucciones de HaShem, junto con el Arca de la Alianza. Originalmente estuvo en el Tabernáculo móvil, hasta que fue reemplazado por el Templo de Salomón, donde permaneció hasta su devastadora caída, momento en el que fue vilmente saqueada y trasladada a Babilonia. Tiempo después, el imperio aqueménida arrasó con Babilonia. Tarde o temprano, cada quién recoge con lo que siembra en esta vida. Los persas de entonces sí que fueron de los pocos pueblos que a lo largo de la historia no nos han tratado a patadas ni han negado nuestro derecho a existir -suspira amargamente- ¡Y además de permitirnos erigir el Segundo Templo, nos trajeron la «menorá» original de vuelta a Jerusalén! ¡Nos trataron como lo que somos! ¡Como PERSONAS! ¡Nos dejaron ser!

Se le quiebra la voz, se le entristece el semblante y se le ponen los ojos vidriosos.

–¿Estás bien, amor? –le pregunto, acariciándole la mano.

–Perdón –me dice entre suspiros.

–Tranquila –le digo, mientras le acaricio la mano y el brazo por encima de la preciosa túnica.

Se frota los ojos mientras se quita y pone momentáneamente las gafas y continúa con su explicación:

–Después llegaron los helenos y nosotros volvimos a ser perseguidos. A pesar de sus viles profanaciones en nuestro Segundo Templo de Jerusalén, la «menorá» sobrevivió. Hasta que, al fin, ocurrió: la gloriosa revuelta de los Macabeos. Nuestro respetado Judas Macabeo… Fue ÉL quien purificó el Segundo Templo y entonces sucedió el milagro del aceite o «Janucá». Se prendieron las siete velas con aceite que solo bastaba para un día, pero la menorá estuvo encendida durante ocho, sin tregua alguna. Estos acontecimientos los conmemoramos cada año durante estos días de diciembre con una festividad, llamada Janucá o también Fiesta de las Luminarias.

–¡De acuerdo! Ya entiendo. El candelabro original es la «menorá», pero a raíz de dicho acontecimiento surgió la «januquiá». Sus cuatro brazos laterales representan los ocho días que estuvieron las velas prendidas sin cesar. Pero, un momento, ¿qué simboliza el brazo central?

–Así es, amor. Vas muy bien encaminada. Los brazos laterales representan los ocho días que estuvo encendida y el del centro sostiene la vela o lámpara «shammash», que significa «siervo».

–¿Qué simboliza el «shammash»? Quiero decir, ¿qué función desempeña?

–Te explico, amor. Para conmemorar este sacro acontecimiento, realizamos el ritual o «mitzvá» de la encendida de la «januquiá». Se encuentra también entre las siete «mitzvot» rabínicas y es concretamente la séptima. En primer lugar, se prende la lámpara o vela «shammash» y seguidamente, se añade una lámpara o una vela para cada uno de los días, como dice la Halajá, es decir, la Ley Judía, en las escrituras talmúdicas, siempre dispuestas de derecha a izquierda, empezando por un extremo y acabando por el otro, un ritual simbólico relacionado con la escritura del idioma hebreo. Después recitamos unas «berajot», es decir, unas bendiciones, y con la luz de la vela o de la lámpara «shammash», encendemos el número de lámparas que corresponde en cada uno de los ocho días que dura la festividad de la Janucá, siempre de izquierda a derecha y habiendo anochecido.

–¡Claro, entiendo! El «shammash» podría simbolizar un modo de conservación como reminiscencia a la sacra luz y a su larga duración a pesar de su escasa cantidad.

–Exactamente. Solo se pueden encender con la luz de la vela o lámpara central, es decir, la del «shammash», nunca directamente, y además deben de estar encendidas durante al menos treinta minutos, lo que simboliza la luz de aceite de la Januquiá en calidad de solemne e invicta. No obstante, puede permanecer más tiempo encendida, como hago yo durante la noche del último de los ocho días que dura la celebración, hasta que se consumen.

–¡Qué acto tan y tan sublime! –le digo, con un destello de emoción en mi mirada y un deje de admiración en mi voz– Y en cuanto a las fechas exactas de la festividad, ¿se conmemora en días señalados o como lo hacemos los cristianos en Semana Santa al tratarse de ocho días?

–Lo hacemos como vosotros en Semana Santa. Mira, amor… –entrelaza sus carnosos dedos entre las hojas del precioso libro, pasándolas con sumo cuidado, hasta llegar a las dos últimas, donde se muestra horizontalmente una preciosa ilustración de lo que parece un calendario circular con dibujos de cosechas y repleto de palabras hebreas con su respectiva transcripción en alfabeto latino– Este es nuestro calendario. Estos nombres son los meses del año. Mira, amor, ahora estamos en diciembre… –su dedo señala una palabra del libro, «Kislev»–Siempre celebramos la festividad de la Janucá entre mediados y finales de diciembre del calendario cristiano, lo que corresponde a más o menos entre finales del mes de Kislev y principios del mes de Tevet en el calendario judío. Kislev se encuentra a caballo entre los meses de noviembre y diciembre. Tevet entre diciembre y enero. Como puedes ver, este año la festividad de la Janucá se celebra en Kislev. ¿Lo ves? Aquí podemos leer «Janucá». Estos otros nombres que se encuentran fuera del círculo y estos dibujos representan las festividades y el tipo de cosechas y producción ganadera que corresponden a cada mes.

Me explica detalladamente cómo funciona el calendario judío, su historia y las correspondencias de sus meses con los nuestros. Ambas seguimos tomadas de la mano. La escucho atentamente e invadida por mis insaciables ansias de conocimiento. Amo escuchar su voz hablándome de lo que más le apasiona, en especial si trata de algo de tan vital importancia para ella como es su religión.

–Hay otro detalle que me ha parecido un tanto curioso…

–Dime, amor.

–El hecho de que todas las «januquiot» se encuentren dispuestas al lado de las ventanas o de la puerta de entrada tiene también algún simbolismo, ¿verdad?

–Por supuesto, amor. Siempre colocamos las «januquiot» al lado de una ventana y de la puerta de entrada de nuestras casas, algo que simboliza el poderío y el orgullo del pueblo judío –dice, mientras le tiembla la voz de la emoción y en un tono apasionado, al mismo tiempo que se le eriza la piel– que el mundo sea plenamente consciente de nuestra existencia y, sobre todo, que se nos respete.

–Pues como debe de ser al fin y al cabo. Sois un pueblo admirable, de veras. Por vuestra valentía y vuestra resiliencia. ¡La religión monoteista más antigua de las tres! ¡Sin vosotros el cristianismo y el islam no tendrían ninguna razón de ser!

–Debe… Debería. Lo sé. Y no merecemos todo el odio que nos cae encima día tras día. Es todo tan injusto, Clara… Hay tanta maldad en este mundo… Es tanto lo que sufro por ello… Ni te lo imaginas, te lo digo de veras.

Se le ponen los ojos vidriosos y se los frota inmediatamente mientras deja escapar un intenso y amargo suspiro.

Episodio II:

Girona, viernes 15 de diciembre de 2023.

Llamo a la puerta de la casa de Carlota, un hogar que ha sido ocupado por su familia durante generaciones. La residencia se encuentra en la judería del casco antiguo de Girona, y me cautiva su fachada medieval, tan impregnada de historia. La casa, de tamaño moderado y encanto acogedor, exhibe un mobiliario que se remonta a entre dos y tres siglos, según me contó Carlota.

Al abrirme la puerta, noto que la casa está sumida en la penumbra. Sobre un antiguo mueble junto a la entrada, una pequeña menorá de nueve brazos ilumina la estancia con sus lámparas de aceite. Carlota me recibe ataviada con una vestimenta religiosa suntuosa pero modesta: una túnica blanca amplia y de manga larga, decorada con cuatro pares de rayas azul oscuro dispersas en la cintura, el dobladillo y las muñecas. Completa su atuendo con unas chanclas de cuero y plataforma alta, un hermoso “talit” azul oscuro con líneas doradas que cubre sus hombros y su cabeza, y una “kippá” roja adornada con la imagen de una “menorá” de siete brazos. Su belleza es impresionante, y confirmo mis sospechas de su herencia judía, aunque siempre la he respetado y he esperado a que me lo confesara.

Me abraza con fuerza, reconfortándome más que un par de tazas de caldo caliente, especialmente en esta noche fría. A pesar de nuestras diferencias de peso y altura, su abrazo me hace sentir protegida. Bajo mi vestido negro ajustado, mis pezones están entumecidos tanto por el frío como por las emociones que su contacto evoca. Por un instante, vislumbro sus mejillas sonrojadas y siento su respiración entrecortada mientras nos abrazamos, signos de las reacciones provocadas por el roce de nuestros cuerpos.

“Amor meu, ¡qué fría estás! Debes abrigarte más”, me dice cariñosamente.

Nos separamos del abrazo, y ella coloca sus grandes manos en mis delicadas y frías mejillas, besándome la frente. Luego, toma mis manos entre las suyas para templarlas, ya que las tengo casi congeladas. Observo destellos de emoción en su mirada melancólica.

“¡Ay, qué manos tan frías! Ven, amor, ven… las calentaré bien”.

Disfruto del contacto de sus manos toscas con las mías, tan delicadas y con dedos de pianista.

Acto seguido, envuelve mi esbelta cintura con sus manos, acariciándola y llevándome en brazos. Percibo el roce de sus grandes pechos y de sus pezones entumecidos bajo la recatada túnica religiosa, que se encuentran con los míos. También siento el contacto de su nariz prominente con la mía, pequeña y propensa a enfriarse, al igual que mis manos.

–¡Quin nasset més fred que tens! –me dice, riendo con ternura.

Nos besamos. Sentir sus labios entrelazándose con los míos es uno de los mayores placeres que he experimentado en mis 26 primaveras. Ambas estamos sonrojadas, nuestras respiraciones entrecortadas mientras nos sumergimos en apasionados besos. Mi cuerpo comienza a templarse en todos los sentidos.

(Carlota y yo hablamos en catalán, pero a partir de aquí escribo los diálogos solo en español para que se me entienda mejor).

–Eres la más hermosa del universo… El mejor regalo que HaShem, es decir, Dios, me ha ofrecido en esta vida. Te amo como nunca he amado a nadie, Clara. No tengas nunca la menor duda de ello -me dice, entre beso y beso.

–No más que tú, Carlota. Eres la persona más bella que he conocido, en todos los sentidos. Un ángel como el sol, caído del cielo. Lo mejor que me ha sucedido en esta vida. Te amo más que a nadie.

Después de nuestro beso, me baja delicadamente, rodeando mi cintura con su brazo, y me guía hacia el comedor. En el trayecto, noto que las puertas de todas las habitaciones de la casa (su cuarto, el baño, una sala de estar/biblioteca y la cocina) están abiertas, cada una con una pequeña “menorá” encendida, todas ellas elaboradas también en plata y colocadas junto a sus respectivas ventanas. Desde que me abrió la puerta, un cálido y tentador aroma a comida preparada con esmero invade mi olfato: apio, caldo de pollo, pescado, frituras, carne de ternera, cebolla, especias… ¡Qué delicioso cocina mi amada!

Llegamos al comedor. A ambos lados de la ventana, hay dos grandes y hermosas “menorot” de oro, una de nueve brazos y otra de siete, ambas apagadas. Son estas luminosas joyas las que en este momento iluminan y calientan la casa de Carlota. Me sorprendo enormemente, nunca antes las había visto. Ahora comprendo mejor que nunca qué escondía tras la cortina de la misteriosa esquina de su habitación.

Nos dirigimos a la mesa. Carlota aparta una silla y con una expresión alegre en sus ojos y una sonrisa confiada en su rostro, me indica que tome asiento. Ella se sienta a mi lado. Una vez que ambas estamos sentadas, toma mi mano. Amo sentir sus largos y carnosos dedos entrelazados con los míos, tan delicados y de pianista. Nos miramos a los ojos y nos besamos. Acomodo mi cabeza en su pecho.

Aún es de día y el sol de invierno, con un majestuoso cielo rosado de fondo, nos ilumina.

La mesa está preparada para dos personas, con un plato hondo sobre un plato plano en cada lado, acompañados por un elegante vaso y una servilleta de tela con cubiertos. A la derecha, una cuchara, y a la izquierda, un tenedor y un cuchillo. La mesa está adornada con un hermoso mantel blanco con estampados azules y dorados. Los platos, vasos y cubiertos pertenecen a dos exquisitas vajillas de plata diferentes. Los platos planos, tenedores y cuchillos presentan grabados de cenefas con motivos vegetales y el dibujo de una menorá de siete brazos en el centro. Los platos hondos y las cucharas pertenecen a otra vajilla, con una estrella de David en el centro y la inscripción en hebreo debajo: שבת שלום, tanto en los platos como en los vasos.

No se trata de las mismas vajillas que usaba en las cenas de los viernes durante las vacaciones en las que nos conocimos, aunque ambas son parecidas. Lo que las distingue principalmente es que las anteriores no contenían grabados de símbolos judaicos a primera vista, mientras que estas sí. Este detalle revela su entonces atormentado deseo de pasar desapercibida.

Mis ojos se iluminan. Pocas veces en mi vida he presenciado tanta belleza. Me quedo sin palabras y me concentro en la inscripción hebrea del plato hondo. Ella entiende mi mirada; no necesito articular ninguna palabra para preguntar.

– «Shabat Shalom». Significa «Shabat Shalom» –me dice.

– Ya lo suponía. Ay, todo es tan hermoso… ¡Bendita belleza!

Ella se sonroja.

– El Shabat es la reminiscencia del séptimo día de la Creación, cuando HaShem descansó de toda su obra. Se celebra entre la noche del viernes y el sábado, nuestro día sagrado. Para nosotros, la semana comienza en domingo.

– ¿Cómo celebráis el Shabat?

– Durante el Shabat, no podemos realizar ninguna actividad, ya que, según las Sagradas Escrituras, es un día de descanso. Por eso, siempre cocino la cena del viernes y las comidas del sábado con anticipación. Además, no podemos utilizar electricidad; por ejemplo, no podemos encender ni apagar luces.

– Entiendo… –le respondo con un tono de voz sumamente respetuoso.

– La cena de los viernes es muy especial porque conmemora el inicio del Shabat. Es un acto sublime para nosotros los judíos. Ya lo verás, amor –me besa la frente.

Frente a nosotras, hay una gran bandeja de plata de la misma vajilla que los platos planos, tenedores y cuchillos. Contiene una jarra de cristal llena de vino. Justo al lado, noto la presencia de la preciosa copa de plata que ya conozco, grabada con un dibujo que parece ser un templo.

– Este vino, por lo que sé, se utiliza para la bendición del Shabat, ¿verdad?

– Exacto, amor. Este es el que, junto con la copa, se utiliza para recitar la “berajá”, es decir, la “bendición” del vino, llamada “kidush”. Las “berajot”, o “bendiciones”, están enmarcadas entre las siete “mitzvot” rabínicas. Cada “berajá” que escuches es una “mitzvá”.

– ¿Qué significa “mitzvá”?

– “Mitzvá” significa “mandato”. Existen cientos, pero tenemos siete principales, que son las “mitzvot” rabínicas, es decir, los “mandatos” rabínicos. La recitación de las “berajot” es la segunda.

– Entiendo… Si deduzco correctamente, “–a” es la terminación singular y “–ot” es la forma plural, ¿verdad? –interrumpo discretamente, impulsada por mi deseo de aprender– ¡Ah, ya lo entiendo! Entonces, el plural de “menorá” es “menorot”.

– Tú lo has dicho, amor, así es. Nociones básicas de gramática hebrea.

– Es preciosa la copa. Me encanta.

– Sí… –me dice con un melancólico suspiro– el grabado representa el Primer Templo de Jerusalén. Mira, amor.

Se levanta de la silla y se dirige al mueble. Toma un gran libro antiguo, lo abre por el principio y regresa a mi lado.

– ¿Qué fue de este precioso templo? He escuchado muchas teorías sobre ello, aunque no logro discernir hasta qué punto son ciertas. ¿Cuál fue el origen del Primer Templo de Jerusalén?

– Es una historia muy apasionante y triste a la vez… -suspira- Se remonta a muchos, muchos años atrás, amor. Casi tres mil años. Entre finales del segundo milenio y principios del primero antes de Cristo, concretamente al Éxodo de Egipto hacia la Tierra Prometida… –me dice emocionada, señalando en el libro una maravillosa ilustración que representa a Moisés abriendo el paso entre las aguas del Mar Rojo.

– ¡Qué bonito! Es realmente bella la historia de Moisés. De pequeña tenía la película de dibujos animados, titulada “El Príncipe de Egipto”. Lloré tantas veces viéndola…

– Lo es, amor, lo es. Y sí, me pregunto honestamente quién no habrá llorado viéndola… -deja escapar un melancólico suspiro- En el transcurso de los cuarenta años del Éxodo, a caballo entre Moisés y Josué, el pueblo de Israel necesitábamos algo que se asemejara a un templo para orar y manifestar nuestro amor hacia HaShem…

– ¡Claro! ¡El Tabernáculo móvil! Que, si bien recuerdo, era un santuario en forma de tienda de campaña. ¿Es así?

– Exactamente. Se trataba de un santuario portátil que tenía esa misma forma. Fue allí donde se depositó el Arca de la Alianza confiada por HaShem a Moisés, que contenía los Diez Mandamientos -pasa a la siguiente página y me señala una bella ilustración del Tabernáculo, con el Arca en su interior.

– ¡Sí, las Tablas de la Ley! ¿Y de qué modo y en qué momento histórico se convirtió en el Primer Templo de Jerusalén?

– Estos hechos se remontan a caballo entre nuestra llegada a la Tierra Prometida e inminente conquista de Canaán, el repartimiento del territorio entre las doce tribus y nuestro glorioso Reino unificado de Israel, regido por los más memorables monarcas Saúl, David y Salomón. A raíz de constantes disputas en el tiempo de las doce tribus, pasó de un lugar a otro. Así fue que el rey Salomón dio con el Arca de la Alianza vilmente arrebatada por los filisteos, la trajo de vuelta a Jerusalén y allí erigió un Tercer Tabernáculo, con el propósito de custodiarla.

– Y del Tercer Tabernáculo emergió el Primer Templo de Jerusalén, ¿cierto? -le digo, con un visible destello de emoción en la mirada.

– Así es. Salomón decidió amueblar el Tabernáculo y, partiendo de este, erigió el Primer Templo. Es por esa razón que también se le conoce como el Templo de Salomón. Permaneció en pie durante unos cuatrocientos años, a caballo entre la monarquía unificada de Israel y su partición en dos reinos: el del norte y el del sur. ¡Mira qué bello y majestuoso era…! –exclama, dejando escapar un melancólico suspiro mientras sostiene la copa y me muestra otra ilustración del libro con el Primer Templo dibujado- ¡Vilmente arrasado en manos de Nabucodonosor!

– Nabucodonosor, el comandante del ejército imperial babilonio, si bien recuerdo.

– ¡Tú lo has dicho! Las mismas atrocidades que los babilonios llevaron a cabo contra nuestro glorioso Reino de Judá, que era entonces el del sur, también las cometieron los asirios con la misma crueldad contra nuestro reino de Israel, que era el del norte y tan glorioso como el de Judá. Judit… –de repente suspira, le tiembla la voz y se le eriza la piel, mientras señala en el libro la ilustración de una mujer en pose guerrera degollando a un soldado– ¡Judit de Betulia! ¡Una HEROÍNA entre las heroínas y en mayúsculas! ¡La personificación de nuestro pueblo! Que tuvo la entereza de plantar cara al general asirio Holofernes! –exclama, empleando un tono de voz aguerrido, seguido de un apasionado golpe de puño en la mesa.

– Tiempo después, si bien recuerdo, Babilonia fue invadida por los persas aqueménidas.

– Efectivamente. Tuvimos que vivir bajo el opresivo yugo babilonio. Hasta que llegaron ellos. Los persas aqueménidas sí que se portaron bien con nosotros… –suspira– Además, fue bajo su munificencia que logramos hacer posible que entre las ruinas del Primer Templo emergiera el Segundo –hojea varias páginas del libro hasta llegar a una ilustración con otro templo dibujado y me lo muestra– ¡Mira qué majestuoso era también!

– Entiendo que fueron buenos tiempos para vosotros. Quizás no gloriosos, pero prósperos. ¡Qué templos tan espectaculares y avanzados para su época!

– Así es, amor. Después nos dicen que los judíos somos la peor lacra de la humanidad… –deja escapar un amargo suspiro– En fin. Sí, nuestros tiempos gloriosos todavía estaban por llegar. Posteriormente, llegaron los macedonios comandados por Alejandro Magno. A pesar de sus viles profanaciones, el templo sobrevivió. Después, ya en la fase seléucida, concretamente la de las decadentes monarquías de los diádocos, bajo el reinado de Antíoco, ¡la gloriosa revuelta de los macabeos! ¡Judas Macabeo! ¡Un HÉROE entre los HÉROES! –exclama en un tono aguerrido, mientras vuelve a golpear en puño la mesa con suma pasión, se le agita la respiración, se le eriza la piel de la emoción y señala una espectacular ilustración de un soldado montado a caballo y sosteniendo una lanza en actitud guerrera– Posteriormente, la gloriosa dinastía Hasmonea. Y otros muchos años después, cruelmente profanado y arrasado por los romanos bajo el mando del sátrapa Tito Flavio Vespasiano.

– Es… ¡Espectacular! Me encantan estas ilustraciones. ¡Qué libro más bello! –le digo admirada, mientras mis dedos de pianista recorren cuidadosamente las páginas.

– Lo es. Ha pasado de generación en generación en mi familia. Cuenta con unos doscientos años de antigüedad. Fue publicado en Israel –le brilla la mirada.

– Estos bellos candelabros que iluminan cada estancia de tu casa sé que son «menorot», pero, ¿cuál es la diferencia entre las de nueve brazos y la de siete?

– Las de nueve brazos son «januquiot». «Januquiá» en singular, «januquiot» en plural. La de siete es la «menorá».

– ¿Cuál es el origen y el significado de ambos candelabros? ¿La única iluminación del hogar con las luces de la «januquiá» y de la «menorá» son también parte de los rituales del Shabat?

– No, mira, te explico, amor. La «menorá» de siete brazos representa los siete días de la Creación y muchas más cosas: la palabra y la luz de HaShem, el conocimiento humano, la zarza que vio Moisés en el Monte Horeb… Era la «menorá» original, la que iluminó el Primer y el Segundo Templo de Jerusalén. Fue creada por Moisés siguiendo las instrucciones de HaShem, junto con el Arca de la Alianza. Originalmente estuvo en el Tabernáculo móvil, hasta que fue reemplazado por el Templo de Salomón, donde permaneció hasta su devastadora caída, momento en el que fue vilmente saqueada y trasladada a Babilonia. Tiempo después, el imperio aqueménida arrasó con Babilonia. Tarde o temprano, cada quién recoge con lo que siembra en esta vida. Los persas de entonces sí que fueron de los pocos pueblos que a lo largo de la historia no nos han tratado a patadas ni han negado nuestro derecho a existir -suspira amargamente- ¡Y además de permitirnos erigir el Segundo Templo, nos trajeron la «menorá» original de vuelta a Jerusalén! ¡Nos trataron como lo que somos! ¡Como PERSONAS! ¡Nos dejaron ser!

Se le quiebra la voz, se le entristece el semblante y se le ponen los ojos vidriosos.

– ¿Estás bien, amor? –le pregunto, acariciándole la mano.

– Perdón –me dice entre suspiros.

– Tranquila –le digo, mientras le acaricio la mano y el brazo por encima de la preciosa túnica.

Se frota los ojos mientras se quita y pone momentáneamente las gafas y continúa con su explicación:

– Después llegaron los helenos y nosotros volvimos a ser perseguidos. A pesar de sus viles profanaciones en nuestro Segundo Templo de Jerusalén, la «menorá» sobrevivió. Hasta que, al fin, ocurrió: la gloriosa revuelta de los Macabeos. Nuestro respetado Judas Macabeo… Fue ÉL quien purificó el Segundo Templo y entonces sucedió el milagro del aceite o «Janucá». Se prendieron las siete velas con aceite que solo bastaba para un día, pero la menorá estuvo encendida durante ocho, sin tregua alguna. Estos acontecimientos los conmemoramos cada año durante estos días de diciembre con una festividad, llamada Janucá o también Fiesta de las Luminarias.

– ¡De acuerdo! Ya entiendo. El candelabro original es la «menorá», pero a raíz de dicho acontecimiento surgió la «januquiá». Sus cuatro brazos laterales representan los ocho días que estuvieron las velas prendidas sin cesar. Pero, un momento, ¿qué simboliza el brazo central?

– Así es, amor. Vas muy bien encaminada. Los brazos laterales representan los ocho días que estuvo encendida y el del centro sostiene la vela o lámpara «shammash», que significa «siervo».

– ¿Qué simboliza el «shammash»? Quiero decir, ¿qué función desempeña?

– Te explico, amor. Para conmemorar este sacro acontecimiento, realizamos el ritual o «mitzvá» de la encendida de la «januquiá». Se encuentra también entre las siete «mitzvot» rabínicas y es concretamente la séptima. En primer lugar, se prende la lámpara o vela «shammash» y seguidamente, se añade una lámpara o una vela para cada uno de los días, como dice la Halajá, es decir, la Ley Judía, en las escrituras talmúdicas, siempre dispuestas de derecha a izquierda, empezando por un extremo y acabando por el otro, un ritual simbólico relacionado con la escritura del idioma hebreo. Después recitamos unas «berajot», es decir, unas bendiciones, y con la luz de la vela o de la lámpara «shammash», encendemos el número de lámparas que corresponde en cada uno de los ocho días que dura la festividad de la Janucá, siempre de izquierda a derecha y habiendo anochecido.

– ¡Claro, entiendo! El «shammash» podría simbolizar un modo de conservación como reminiscencia a la sacra luz y a su larga duración a pesar de su escasa cantidad.

– Exactamente. Solo se pueden encender con la luz de la vela o lámpara central, es decir, la del «shammash», nunca directamente, y además deben de estar encendidas durante al menos treinta minutos, lo que simboliza la luz de aceite de la Januquiá en calidad de solemne e invicta. No obstante, puede permanecer más tiempo encendida, como hago yo durante la noche del último de los ocho días que dura la celebración, hasta que se consumen.

– ¡Qué acto tan y tan sublime! –le digo, con un destello de emoción en mi mirada y un deje de admiración en mi voz– Y en cuanto a las fechas exactas de la festividad, ¿se conmemora en días señalados o como lo hacemos los cristianos en Semana Santa al tratarse de ocho días?

– Lo hacemos como vosotros en Semana Santa. Mira, amor… –entrelaza sus carnosos dedos entre las hojas del precioso libro, pasándolas con sumo cuidado, hasta llegar a las dos últimas, donde se muestra horizontalmente una preciosa ilustración de lo que parece un calendario circular con dibujos de cosechas y repleto de palabras hebreas con su respectiva transcripción en alfabeto latino– Este es nuestro calendario. Estos nombres son los meses del año. Mira, amor, ahora estamos en diciembre… –su dedo señala una palabra del libro, «Kislev»–Siempre celebramos la festividad de la Janucá entre mediados y finales de diciembre del calendario cristiano, lo que corresponde a más o menos entre finales del mes de Kislev y principios del mes de Tevet en el calendario judío. Kislev se encuentra a caballo entre los meses de noviembre y diciembre. Tevet entre diciembre y enero. Como puedes ver, este año la festividad de la Janucá se celebra en Kislev. ¿Lo ves? Aquí podemos leer «Janucá». Estos otros nombres que se encuentran fuera del círculo y estos dibujos representan las festividades y el tipo de cosechas y producción ganadera que corresponden a cada mes.

Me explica detalladamente cómo funciona el calendario judío, su historia y las correspondencias de sus meses con los nuestros. Ambas seguimos tomadas de la mano. La escucho atentamente e invadida por mis insaciables ansias de conocimiento. Amo escuchar su voz hablándome de lo que más le apasiona, en especial si trata de algo de tan vital importancia para ella como es su religión.

–Hay otro detalle que me ha parecido un tanto curioso…

–Dime, amor.

–El hecho de que todas las «januquiot» se encuentren dispuestas al lado de las ventanas o de la puerta de entrada tiene también algún simbolismo, ¿verdad?

–Por supuesto, amor. Siempre colocamos las «januquiot» al lado de una ventana y de la puerta de entrada de nuestras casas, algo que simboliza el poderío y el orgullo del pueblo judío –dice, mientras le tiembla la voz de la emoción y en un tono apasionado, al mismo tiempo que se le eriza la piel– que el mundo sea plenamente consciente de nuestra existencia y, sobre todo, que se nos respete.

–Pues como debe de ser al fin y al cabo. Sois un pueblo admirable, de veras. Por vuestra valentía y vuestra resiliencia. ¡La religión monoteista más antigua de las tres! ¡Sin vosotros el cristianismo y el islam no tendrían ninguna razón de ser!

–Debe… Debería. Lo sé. Y no merecemos todo el odio que nos cae encima día tras día. Es todo tan injusto, Clara… Hay tanta maldad en este mundo… Es tanto lo que sufro por ello… Ni te lo imaginas, te lo digo de veras.

Se le ponen los ojos vidriosos y se los frota inmediatamente mientras deja escapar un intenso y amargo suspiro.

– Lo siento mucho, Carlota. No puedo ni imaginar el peso que llevas en tus hombros. Pero estoy aquí para apoyarte en todo lo que necesites. Tu historia y tu cultura son fascinantes, y merecen ser respetadas y comprendidas. Si en algún momento necesitas hablar o desahogarte, cuenta conmigo.

Ella me sonríe agradecida y me aprieta la mano con cariño. Nos quedamos en silencio un momento, contemplando las luces de la «januquiá» que iluminan la habitación. Puedo sentir la intensidad de sus emociones, y aunque no comparta su experiencia, estoy dispuesta a aprender y apoyar en la medida en que pueda.

– Sigamos con la cena, amor. Hay mucho más que quiero compartir contigo –dice, tratando de recuperar la serenidad.

Nos dirigimos de nuevo a la mesa, y mientras nos sentamos, Carlota retoma la explicación de las festividades y rituales judíos. La velada se llena de historias, tradiciones y sabiduría ancestral, creando un lazo más profundo entre nosotras.

Hola @presoneradelcel97 ,

Espero estés bien.

La siguiente es mi revisión al capítulo 1. Me tomé el atrevimiento de cambiar unas cosas que, a mi parecer, hacen el texto más libre. El uso de comillas para todo.

Le agregué un cierto toque de un final que a mi parecer es un poco apropiado para el estilo del final de un capítulo ignorando lo que sigue.

Leélo y me avisas si esta vez me pasé o se lee mucho mejor.

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Buenas, @Ohm

Se lee de una manera mucho más simple y tal vez sentimental. Muy bonito, de veras.

Anhelo huir más del pragmatismo y dejar fluir mis emociones con mayor intensidad.

Soy consciente de lo mejor que puede ser mi narración y supongo que ya lo habrás leído en los dos relatos breves que he comentado en el post de Noah, aunque tratándose de historias extensas y de carácter más íntimo, no sé por qué, me centro más en la trama que en la forma.

Es innegable que necesito máxima concentración para que mis escritos sean perfectos. He de reconocer que mi única herramienta de redacción de esta historia ha sido el teclado del teléfono móvil, en cualquier parte y momento del día, ya sea por la mañana en el tren en mi viaje de ida, en el descanso del trabajo, mientras como, por la tarde en mi viaje de vuelta, mientras ceno, por la noche en la cama… Incluso caminando en plena calle de Barcelona. :grinning_face_with_smiling_eyes:

No siempre es fácil, pero merece la pena.

Muchas gracias por dedicar tu tiempo a leerme y a versionar la historia desde tu punto de vista. Espero te siga gustando mi versión definitiva de la historia.

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