La Reina del Desierto

¡Buenas! A continuación os dejo mi primer relato, La Reina del Desierto. Siempre he escrito cosillas por aquí y por allá, principalmente para mi propio disfrute. Esta es la primera vez que publico algo de estas características. Dibujé una portadilla, pero no he encontrado forma de subirla. De todas formas dejo por aquí un enlace a wattpad donde también se puede ver: La Reina del Desierto - Wattpad

Soy consciente de que, por mucho que lo haya revisado, seguirá estando plagado de errores, tanto gramaticales como estructurales, así que las críticas de cualquier tipo serán bienvenidas, faltaba más. ¡Para eso estamos aquí! Espero que os guste. ¡Un saludo!

1-

Las temperaturas se habían desplomado a límites insoportables y horribles ventiscas habían sacudido la cabaña durante la última semana. Por suerte, entre aquellas cuatro paredes tenía todo lo que necesitaba. El frío era perfecto para conservar las provisiones en buen estado y, en ausencia de un refrigerador, era lo único que podía agradecer a la tormenta. Dentro de la despensa había un poco de cada cosa, y todas eran necesarias. En los destartalados estantes atesoraba una pequeña cantidad de carne y pescado en lata, maíz, frutos secos, algunas piezas de caza pequeñas como conejo, incluso alguna ardilla, cuya carne correosa servía como sufrido tentempié; café molido, botellas que rellenaba con la nieve que derretía dentro de un cubo junto al fuego, y lo más importante de todo: vodka, vodka en grandes cantidades, cuyo único propósito (¡por supuesto!) era el de mantener el calor corporal. De la joya de la corona, un pedazo de jabalí en salazón, sólo quedaba el delicioso recuerdo.
El interior de la despensa se vaciaba con lentitud pero sin descanso. Descanso que rara vez ofrecía el temporal. Aprovechaba los momentos en que la ventisca amainaba para deshacerse de toda la nieve acumulada en la puerta con una vieja pala oxidada. Aquellos esfuerzos le desgastaban poco a poco, pues dormía en cortos intervalos para evitar que el fuego se extinguiese. La enorme pila de tacos de leña, que se erguía como testigo silencioso de su lucha contra el frío, descansaba en una esquina, ocupando una buena parte del espacio.
El silbido ensordecedor del viento hacía crujir las ventanas, tapiadas con unos pocos tablones. Una pertinaz gotera le había obligado a sacrificar uno, y las llamas titilaban con los hilos helados que se colaban por las rendijas.
Las horas podían hacerse eternas en aquel monte perdido de la mano del señor y, para matarlas, contaba con entretenimiento, tanto intelectual como puramente lúdico. Así lo atestiguaban un par de libros de tapa dura con las hojas reblandecidas por la humedad, leídos y releídos hasta que habían dejado de tener sentido, la baraja de naipes españoles a la que le faltaban un par de cartas y las piezas de ajedrez dispuestas sobre un ajado tablero. La partida no pintaba demasiado bien para las blancas. Sólo un par de movimientos y el jaque mate sería inminente.
Sin embargo, pese a tener todas estas distracciones al alcance de la mano, lo que más horas de su tiempo consumía era mirar el fuego. La danza armoniosa de la lumbre en la chimenea le resultaba hipnótica. Le recordaba a aquella bailarina exótica del circo ambulante que había visitado su pueblo cuando él era apenas un preadolescente. La mujer a la que había dedicado tantos momentos de soledad a lo largo de los años.

Podía verlo como si lo tuviera delante.

El ambiente huele a palomitas y dulces, y los espectadores, que en su mayoría son sus vecinos, comentan cada número del espectáculo. Sus padres están sentados a su lado. Ha costado convencer a su padre para que venga. Pese a dedicarse a la caza, no le gusta que se exprima el sufrimiento animal. Pero él sí quiere ver al magnífico león y al majestuoso elefante. Para su desgracia ninguno de los animales dibujados en el cartel hacen acto de presencia durante el transcurso de la noche, pero ésta le tiene otras sorpresas reservadas.
Los malabaristas terminan su número, y a decir verdad lo han hecho bastante bien. El público aplaude y algún espectador, con toda probabilidad el tipo más gracioso de su casa, grita «¡esto también lo puedo hacer yo!», y al comentario lo acompañan algunas risotadas. Entonces el anfitrión de la velada sale al escenario.
«¡Damas y caballeros! Especialmente los caballeros, ¡que ninguna dama se ofenda!», anuncia el regordete jefe de pista, con ese sombrero de copa enorme y ridículo que contrasta con el frac en el que está embutido. Detrás de él los malabaristas se ocultan tras la lona, ansiosos por fumar un pitillo.
«Mío es el placer de presentarles a la reina del desierto. Llegada desde la lejana Arabia, donde el sol nunca duerme: ¡Sherezade! ¡El sensual movimiento de sus caderas ha hecho suspirar a mil y un príncipes y reyes! Ah, ¿cuántas dinastías han caído rendidas ante los ojos negros cual noche sin estrellas de esta belleza del Oriente? Si ellos no pudieron resistirse ante sus encantos, es mi deber advertirles: ¡ustedes tampoco lo harán!», y entonces se retira con una reverencia teatral mientras camina de espaldas.
Un instante después aparece en el centro del escenario la mujer más bella que ha visto en toda su corta vida. Algunos hombres del público silban y otros gritan piropos un poco subidos de tono.
La reina del desierto hace una sutil reverencia ante el público. Viste con telas sedosas y coloridas que ondean como susurros encantados con cada uno de sus pasos. Un discreto corte en el corpiño muestra el nacimiento de su pecho, pequeño pero orgulloso. Su piel posee un cálido tono dorado que da fe de sus raíces en tierras lejanas y exóticas. Un velo vaporoso oculta la parte inferior de su rostro y Sherezade, cuyos ojos son, en honor a la verdad, negros como una noche sin estrellas, se prepara para su actuación.
Y comienza a danzar al son de las notas del laúd. El músico es un espectro al que nadie recordará. Todas las miradas están embrujadas por ella.
Cada giro de la reina del desierto es un conjuro, cada ola de su mano un hechizo, y su oscuro cabello un río de tinta. Su vestido tiene vida propia, y cada pliegue y movimiento de los tirabuzones de vibrantes tonalidades reverbera en armonía con el ritmo envolvente de la música. Sus caderas, que tanto han hecho suspirar a príncipes y reyes, se mueven con una suavidad casi etérea.
La tenue iluminación acentúa su presencia mientras la mujer vuela de una punta a otra del escenario, dejando tras de sí estelas de nuevos colores. El público está en completo silencio.

Así el joven Fernando Morales experimenta su primera erección.

Una erección que viajaría a través del tiempo y el espacio para reaparecer en su yo adulto, acurrucado frente a las chisporroteantes llamas de la chimenea.
Un rato más tarde se durmió con Sherezade en mente y el viento diabólico aullándole a la luna. Cuando despertó con la boca pastosa, el silbido de la ventisca le saludó con inmisericorde fiereza. Y así fue noche tras noche y día tras día, hasta que una buena mañana lo que escuchó fue el canto de los pájaros.

La calma de ese precioso día se presentó como una pepita de oro entre el barro, y él se sintió como un viejo y desdentado buscador de fortunas que había excavado en el lugar y momento adecuados. Muchas madrigueras empezarían a quedar al descubierto tras licuarse la nieve durante las primeras horas del día, mientras el sol contemplara sus dominios desde las alturas.
Se tomó el último trago de café negro, oscuro como los ojos de la reina del desierto, y escupió una voluta de vaho que se convirtió en la única nube del paisaje. Sonrió con profunda satisfacción al observar el cielo despejado en todos los frentes. Pese a que aún le quedaban provisiones para un par de días más, no quería tentar a la suerte. No sabía cuándo volvería el temporal, ni cuánto duraría si lo hacía.
Decidió ponerse manos a la obra. Se armó con el viejo rifle, se echó las pesadas correas de arrastre al hombro y cerró la puerta de roble de la cabaña con la llave de acero macizo. Luego se internó en la espesura en busca de alguna bestia incauta. La perspectiva de una buena cantidad de horas de luz por delante le había levantado el ánimo. Pero, para su desgracia, no tenía nada más fiable que su intuición para pronosticar el cambio del caprichoso clima.
No tardó en encontrar huellas, que por su forma y tamaño indicaban la presencia de un ciervo en las inmediaciones. Hay que tener valor para arrancar la vida de un animal tan majestuoso, pensó. No le satisfacía matar, pero le habían enseñado a hacerlo con estoicidad, siempre y cuando la situación lo requiriese. Y aquella situación lo requería.
Una pieza tan considerable le ayudaría a subsistir durante una buena temporada. Respiró profundamente y el aire gélido llenó sus pulmones, y echó a andar tras el rastro, con el sonido crujiente de sus pasos restallando de un tronco a otro.
Habían pasado más o menos dos horas de búsqueda infructuosa cuando el tiempo empeoró y decidió tirar la toalla. Dos horas, ínfima fracción del horario diurno, y aún así lo suficiente como para alejarse demasiado del calor por el que ahora suspiraba. Calculó que lo tendría a su alcance, con un poco de suerte, tras otras dos o tres horas de dificultosa caminata. Tenía la fortuna de conocer aquella zona como la palma de sus manos, pues la ventisca se estaba haciendo cargo de eliminar cualquier rastro que pudiera haberle facilitado el camino de vuelta. Salvo los árboles. Los árboles eran la mejor baliza. Siempre estaban en el mismo sitio y cada uno era hijo de sus propios padres, retorcidos de formas singulares. Sus siluetas se antojaban tenebrosas al destacar en el borroso paraje grisáceo.
Maldijo para sus adentros tener que volver con las manos vacías. No era un hombre religioso, pero se sorprendió rezando por no tener que esperar mucho tiempo para poder salir a cazar de nuevo. La maldita tormenta había aparecido prácticamente de la nada. Las nubes negras se congregaron a toda velocidad y enturbiaron el hasta entonces magnífico día, obligándolo a buscar refugio bajo un abeto. Desde allí vio con impotencia cómo las huellas del ciervo desaparecían al paso del torbellino blanco. Si se era supersticioso, y en cierto modo Fernando Morales lo era, podía interpretarse como una forma del propio monte de proteger lo que era suyo.
Pasado un cuarto de hora que le resultó interminable, y aprovechando una momentánea remisión de la ventisca, reanudó la marcha. La espesa capa de nieve se quebraba bajo el peso de sus pies que, en algunos tramos, se hundían casi hasta las rodillas.
El temporal arreció de nuevo, pero él ya no podía permitirse el lujo de ponerse a cubierto. Se cubrió los ojos con la mano libre mientras con la otra sostenía con firmeza la correa del arma. Tenía que salvar la distancia que lo separaba de la cabaña. Y cuanto antes mejor.
Los zarpazos del frío comenzaron a cortarle las mejillas, que eran la escasa porción de piel que no estaba a buen resguardo del impacto del granizo. Escuchaba el repiqueteo a lo largo de todo el grueso abrigo de piel de cabra, y pensó en lo mucho que se parecía al crepitar de un buen fuego. Las caderas de Sherezade, sinuosas, flotaban bajo las sedas ondeantes. Tenía muchas ganas de volver a verla.
Un bramido gutural se alzó por encima de la ensordecedora ventisca y lo sacó de sus dulces pensamientos. Se detuvo, intentando discernir de dónde procedía el sonido.
La figura de un ciervo emergió de la atronadora neblina con la misma delicadeza que habría tenido un espíritu de la naturaleza. Los ojos del animal, que irradiaban una inquietante tranquilidad, se posaron en los suyos. La mandíbula se mecía de un lado a otro mientras la criatura mascaba un montón de hojas, y su imponente corona de cuernos se entrelazaba con las ramas de los marchitos troncos lejanos.
Era su oportunidad, la pieza que le garantizaría el sustento durante los próximos días, y la que le permitiría alargar su estancia en la cabaña. No sabía si volvería a la montaña tras aquel invierno. Necesitaba atar todos los cabos sueltos antes de irse.
Su pulso se aceleró. Sin hacer un solo movimiento brusco, alzó el rifle. El ciervo seguía allí, desafiante. Venga, da un paso en falso, atrévete. Me esfumaré, y conmigo se esfumará tu posibilidad de volver a llenar la panza. Y también la de volver a casa.

—No te muevas, amigo. Te necesito —susurró, y apuntó a la cabeza. El ciervo la levantó, desconocedor del peligro que se cernía sobre su preciado pellejo. El corazón del cazador latía con fuerza, rifle en ristre. Cada segundo que transcurría era una apuesta en su contra. Contuvo la respiración.
Los dedos helados apretaron el gatillo.
El disparo horadó el grito ensordecedor del viento, y el ciervo rugió y trastabilló y cayó sobre sus cuartos traseros. La sangre tiñó de rojo la nieve y se esfumó bajo una bocanada gélida casi con la misma velocidad. Fernando se preparó para disparar de nuevo y el ciervo, enloquecido, dio un brinco y lo embistió.
Ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse.
Las afiladas astas se hundieron en su costado, atravesando el abrigo de piel de cabra y partiendo una de las correas de arrastre. Ahora era él quien caía sobre sus cuartos traseros. El grito de dolor que escapó de sus pulmones asustó aún más si cabe a la ya aterrorizada bestia, que se alejó brincando y dejando un reguero de sangre tras ella. Tanto el ciervo como su rastro carmesí desaparecieron casi al instante.

—Me cago en la puta, me cago en la puta, ¡me cago en la puta madre!
Su respiración se agitó casi con las mismas revoluciones con las que el vendaval hacía bailar a los árboles. Una sensación abrasadora cabalgó a través de todo su cuerpo a lomos del latido de su corazón y en su campo de visión brotaron con la misma cadencia destellos cegadores, cada uno de ellos acompañado de una punzada caliente y viscosa.
Clavó el rifle en la nieve para ayudarse a ponerse en pie, pero el dolor lo derribó y una sinfonía desafinada compuesta por notas tortuosas le recorrió de los pies a la cabeza.
¡Hay que ser idiota! El ciervo sólo podría habérselo puesto más fácil si hubiera aparecido asado en la puerta de la cabaña. ¡He apuntado a la cabeza! ¡He apuntado a la puta cabeza del puto animal majestuoso de los cojones!
Se arrastró de forma lastimosa, buscando refugio bajo un árbol cercano. Cada movimiento desencadenaba una nueva oleada de tormento, como si las astas del ciervo aún estuvieran alojadas entre sus costillas.
El frío se había aferrado a su papel de antagonista implacable y no parecía dispuesto a abandonar la escena. Las lágrimas de dolor se congelaban en sus ojos, nublando aún más su visión asediada por un mar de estrellas. Se recostó como pudo contra el árbol, acompañando el gesto con otro berrido agónico que rivalizó con el del viento. Los espasmos de dolor ardiente danzaban y se contoneaban del mismo modo en que lo hacía la reina del desierto. Y, al igual que las delicadas sedas de su vestido, susurraban y ascendían y bajaban en espirales de colores. Bajo su piel, sobre sus músculos, de hueso a hueso.
Tragó saliva y le dio la sensación de tener una piedra en el gaznate. Miró en dirección a la zona afectada con intención de evaluar la gravedad de la herida.
Cuando vio el abrigo, agujereado y ensangrentado, no pudo evitarlo y se echó a llorar.

2

¿A cuántos peligros y ventiscas terribles habría sobrevivido aquel abrigo? Confeccionado a mano por él mismo, el ahora viejo y ensangrentado gabán había sido el fiel compañero de fatigas de Alfredo Morales durante sus frecuentes escapadas a la montaña, donde solía pasar los inviernos en la más absoluta de las soledades.
Era de las pocas cosas que Fernando había heredado de su padre, junto con la casa familiar, la cabaña del monte y, según solía decirse en el pueblo con palabras no tan exquisitas, el nulo instinto de auto-preservación. En el citado pueblo, hablar sobre los Morales era ya toda una tradición, sobre todo en la taberna. Y desde luego, ¡faltaría más!, desde la desaparición de Alfredo.
De hecho, ese mismo día, y más o menos a la misma hora en que Fernando se desangraba en la nieve, los habituales de Casa Alameda debatían animadamente sobre el asunto, al que volvían una y otra vez por aquellas fechas. En el exterior de la taberna el sol había dado paso a una nevada furiosa y unas sombras oscuras se habían adueñado de las montañas aledañas.

—Hay que ver cómo ha cambiado el día, ¿eh? —vociferó Emilio el albañil para que todos lo escuchasen mientras entraba en la taberna, calado de los pies a la cabeza—. Con lo bueno que hacía, por Dios.

—Sí, pero cierra la puerta que se va el gato —le espetó el tabernero, Alameda, desde la barra.
Allí, congregados alrededor de la mesa en la que todos los días jugaban al mus, estaban los de siempre. La partida, tanto a la hora de comer como al atardecer, terminada la jornada laboral, era sagrada.
Durante aquellos últimos días el clima había obligado a algunos de ellos a pausar sus quehaceres diarios antes de lo previsto, y el bar era el refugio perfecto. Mientras Emilio cerraba la puerta y colgaba la chaqueta empapada en un perchero, una voz aguardentosa se elevó sobre todas las demás.

—Te digo yo que a ése, ¿a ése? ¡A ése se lo comió el lobo! —aseguraba Juanan el carpintero, un hombre corpulento—. Ése se fue p’allá, la última vez que se fue, y ya te lo digo yo: ni pa’ pudrirse dejó el lobo. ¡Ni-pa-pu-drir-se! —acompañó cada sílaba con golpes en la mesa que hicieron tintinear los vasos.

—No sé yo, ¿eh? No sé yo qué decirte —contestó Rufo, el ganadero. Aunque todos eran ganaderos en mayor o menor medida en el pueblo, Rufo era el único que poseía una estabulación—. Mira que siempre iba preparao el paisano, buen rifle tenía. ¡Y puntería! Vamos, no había día que fuera a cazar que no bajara con buena pieza.

—Muy preparao no iba, si lo único que quedó de él fue el abrigo, que lo encontraron adentro de la cabaña metido —añadió Alameda, alzando la voz.

—A mí si me preguntas es lo que te voy a decir —prosiguió Juanan—. A ése lo que le pasó es que de tanto tiempo allá encerrao con el temporal se le acabaron cruzando los cables y una buena mañana, o noche, eso ya no lo sé, salió a que le ventilara un poco la cocorota —rio hasta dar con una flema que se tragó con un sonido asqueroso.
»Y entonces se lo comió el lobo. Que los animales de tontos no tienen un pelo, ¿eh? ¡Al temporal ya te digo yo que no van! Se esconden, ¿y cuánto duró el temporal ese año? Ya me dirás tú. ¡Un mes casi sin parar! ¿Qué va a comer el lobo entonces? Debía andar al acecho, ¡y hambriento! Decirme vosotros qué otra cosa pudo pasar si no.

—Un mes que duró la cosa, sí, que todavía me acuerdo yo —dijo Emilio, que se había sentado en una silla libre. Tenía las cejas tan arqueadas que parecía que iban a escaparse de su cara—. Que tuvimos la obra del ayuntamiento parada porque no se podía hacer nada de nada de lo malo que hacía. Como lo de estos días atrás y lo de hoy, vaya. ¡No me quiero ni imaginar allá arriba, perdido en mitad del monte!

—¿Y qué anduvo comiendo Alfredo ese mes? —preguntó con pretendido tono misterioso Juanan—. Ése se quedó sin nada que llevarse a la boca y se volvió loco, escuchar lo que os digo.

—Hombre, llevaba la hostia de años, el paisano, yendo al monte por esas fechas, digo yo que bastimento tendría de sobra— respondió Rufo—. Lo que se llevaba de la tienda, que se llevaba cosas de la tienda, ¿o no, Marcialín?
Marcial, un hombre bajito y rechoncho que estaba sentado en otra mesa, asintió, animado. Estaba esperando el momento adecuado para participar en la conversación, y arrastró su silla para sentarse cerca de los demás.

—Se llevaba de todo de la tienda, carne, pescao, casi to de lata, eso sí. Y sobre to mucho de lo que pone aquí el Alameda —dijo, haciendo un gesto con la cabeza al tabernero—. Ron, vodka, casi era de lo que más se llevaba.

—Hablando de la tienda, ¿qué has dejado, a la parienta al cargo? —le preguntó Rufo.

—La parienta con la cría, que tiene que ir aprendiendo —respondió Marcial.

—Eres más vago que la chaqueta de un guardia, cabrón —le dijo Rufo, entre risas. Marcial, viendo su dignidad atacada, se defendió.

—Vago no, que con la que está cayendo no creo que se pase hoy ni un alma.

—Bueno, a nadie nos importa lo que hagas o lo que dejes de hacer —le gruñó Juanan—. Dices que el Morales se llevaba la hostia de alcohol —dijo, retomando el hilo de la conversación que realmente le interesaba—. A lo mejor lo que se le acabó fue la alegría —alzó su vaso de coñac— y por eso se volvió loco.

—Mira, yo eso la verdad es que lo entiendo —dijo Rufo, y bebió un largo trago de su vaso, hasta terminarlo—. ¡Alameda, otro coñac por aquí!

—Vente tú a por ello, que tienes dos patas —respondió el tabernero mientras limpiaba una jarra con un trapo gris que había visto tiempos mejores.

—Yo lo que me pregunto —dijo Marcial, enseñando los dientes torcidos en una sonrisa carente de humor—, es cómo a ese chaval, bueno, chaval ya no, que ya tiene una edad, ¿cómo a ese hijo suyo le ha dado por hacer lo mismo? Estos dos últimos años se los ha pasado yendo y viniendo de allí. Vino hará un par de semanas y se llevó de to. Igual me decís insensible, pero…—se contuvo durante unos segundos, calibrando la gravedad de las palabras que revoloteaban en su cabeza, y finalmente habló—. Menos mal que ya no está aquí la madre pa ver cómo el hijo sale por las mismas peteneras que el marido.

—La Viuda Morales, en paz descanse —dijo Rufo santiguándose mientras volvía de la barra—. Cada vez que venía a por la leche daba pena verla, toda vestida de negro y con la cara que tenía que parecía la de un fantasma, y mira que había llegado a ser guapa esa mujer de joven. Al Fernandito prácticamente le crio ella sola.

—Oye, ¿y si por un casual termina encontrándose con el cuerpo del viejo, qué? —preguntó Emilio, haciendo partícipes a los demás de su legítima duda—. Congelado en una cueva, o algo así.

—Sí, hombre, estás tú que se lo va a encontrar, si no pudieron encontrarlo ni los policías con los perros —dijo Rufo, encendiendo un cigarro—. Que se recorrieron todo el monte de pé a pá cuando aquello, ¿eh? Y pequeño no es.

—Que del viejo no queda nada, Miliuco, ¡que no queda nada! ¡Que se lo comió el lobo! —insistió Juanan, cuyo aliento era tan denso que podría haberlo agarrado entre las manos para blandirlo como una porra ante cualquier persona que se opusiera a su visión del asunto.
Se hizo el silencio durante unos segundos en los que cada uno se centró en el siguiente movimiento de la partida de mus. Finalmente Rufo habló.

—Hay que ver, que otra cosa igual no, pero tanto el padre como el hijo los cojones los tienen así —dijo, describiendo un amplio círculo con las manos—. Subir allá arriba solos en invierno. Sólo de pensarlo me viene la tiritera.

—Al padre se lo comió el lobo, y el hijo va a terminar igual, y si no tiempo al tiempo —sentenció Juanan—. Cojones to los que quieras, pero seso poquito. Envido.

Así, los vecinos se erigían como eruditos sobre el destino del padre de Fernando, aunque ninguno de ellos percibía lo certeras que eran en realidad algunas de sus elucubraciones.
A Fernando, que no solía frecuentar la taberna, siempre le había acompañado un silencio absoluto tras cruzar el umbral, así que nunca había tenido la oportunidad de deleitarse con ninguno de aquellos coloquios. Tampoco le hacía falta. Conocía de sobra la naturaleza efervescente de una comunidad tan pequeña, donde los chismorreos eran el pan de cada día. No le importaba. Era, como lo había sido su padre, un hombre solitario y reservado, y lo que dijeran los correveidiles no era asunto suyo.
Pero aquel día, con la vida escapándose lentamente a través del agujero de su abrigo, se preguntó qué rumores correrían acerca de él y el enjambre de decisiones que lo habían arrastrado a la muerte.

3-

—Papá, ¿Arabia está muy lejos? —le había preguntado una vez a su padre. Estaban en la socarrena de la casa del pueblo, y su padre acababa de hundir un enorme cuchillo en el cuello de un jabalí que colgaba del techo, boca abajo.
—¿Arabia? Sí —contestó su padre, con una pequeña sonrisa tras la exuberante barba plagada de cordeles blancos. Sabía exactamente en qué estaba pensando su hijo—. Pon bien ese cubo, no se vaya a salir la sangre fuera.
Fernando dio un par de pasos al frente y recolocó el cubo. Un par de gotas de sangre le salpicaron en la mejilla, y se las limpió con la manga del jersey de lana. Contaba con doce primaveras y, aunque no era la primera vez que presenciaba el desangre y posterior desuelle de un animal, todas y cada una de ellas había sentido un nudo en el estómago. La sangre fluía a borbotones en el interior del caldero y emitía un desagradable siseo metálico al chocar contra los costados.
Se trataba de uno de los muchos sonidos de la muerte. Ese día había escuchado varios.
La bestia, negra y fría, había rendido su último aliento horas atrás en el bosque, y Fernando no podía olvidar su cruel trance de despedida. Su padre lo había abatido con un único y certero disparo, y el animal, que corría por su vida, había comenzado a rodar sobre el lodo. Sus fauces, enmarcadas por una mezcla viscosa de saliva y cieno, se habían abierto y cerrado al compás de rabiosos estertores, y sus gruñidos agónicos le ponían a uno la carne de gallina. Los ojillos negros temblaban, brillantes, suplicando piedad. Entonces, su padre le había tendido el rifle y le había dicho:
—Este animal es nuestra vida. No podemos dejar que sufra.

Y Fernando, piadoso, había acabado con su agonía.

—Bailaba bien la moza del circo —dijo su padre en la socarrena, acariciando el costado del jabalí con expresión melancólica.
—Sí, bailaba muy bien —respondió Fernando.
—Era muy guapa, además. ¿A ti te pareció guapa? —las mejillas del chico adquirieron un rubor colorado.
—Sí, me pareció muy guapa —dijo. Y se hizo el silencio, interrumpido por el murmullo del líquido que goteaba en el caldero. Pasó un buen rato hasta que el jabalí terminó de desangrarse y Fernando se decidió a hablar de nuevo—. Papá, ¿tú alguna vez has viajado muy lejos de aquí?
—No —fue la escueta respuesta de su padre, que había empezado a abrir la pieza en canal.
—¿Y te ibas a enfadar si yo me iba lejos? —preguntó Fernando con una voz que sonó demasiado infantil para su edad. Su padre le miró con expresión divertida.
—¿Cómo me iba a enfadar yo por eso? Cuando tengas la edad te puedes ir a donde quieras —respondió, y continuó con su labor—. Arabia, por ejemplo. Igual encuentras a tu propia reina del desierto.
Pero los años pasaron y Fernando nunca fue a Arabia. Nunca encontró a su propia reina del desierto, salvo en los recuerdos, cálidos y casi siempre amantes. Tampoco tuvo estudios, como a su madre le habría gustado, ni había ejercido otro oficio que no fuese el de cazador. Su solitaria juventud podía resumirse en pólvora, sangre y muerte.
Había recorrido casi paso por paso el mismo camino que había transitado su padre, y la cabaña del monte era el punto más lejano que ambos habían alcanzado. Pero tenía un triste consuelo.
Él no había destrozado la vida de la única mujer que lo había amado.

—¡Ay! Ay de la pobre que acabe casándose contigo si sales con el carácter de tu padre —solía lamentarse su madre durante las temporadas en que su padre se ausentaba—. ¡Que dios la coja confesada!
Aránzazu Ayala, abreviado Arantza, se había casado con Alfredo Morales teniendo ella diecinueve años y él veinticuatro. No tenía la menor idea de que al decir las palabras “sí quiero” estaba renunciando a su sueño de abandonar el pueblo para perseguir una carrera como cantante.
Moriría de una apoplejía a los cuarenta y tres, dos después de que su marido desapareciese en la montaña.
La montaña, que con toda su inmensidad se había interpuesto entre ellos. Arantza nunca había alcanzado a comprender las motivaciones de su marido. Demasiados fueron los inviernos en los que Alfredo Morales se adentró en la crudeza glacial para echar un pulso con la naturaleza que nadie, salvo su propio orgullo, le había exigido jamás. Y siempre regresaba siendo un hombre distinto.
Cada retorno de Alfredo estaba marcado por una transformación más que evidente. Sus ojos, que siempre habían sido su principal herramienta de expresión, a menudo se perdían en horizontes lejanos. La mayor parte del tiempo su mente seguía allá arriba, en la blancura de la nieve, y su presencia física era apenas un cascarón vacío que atormentaba a Arantza.
Sin embargo, su vínculo con Fernando no hizo otra cosa que crecer con el paso del tiempo. Al acabar sus estudios primarios, Fernando había empezado a ir y venir a todas partes con su padre, que puso un rifle en sus manos. Arantza temía que la influencia de Alfredo lo llevase a desarrollar una obsesión tan enfermiza como la suya. La idea de huir del pueblo llevándose a su hijo con ella sobrevolaba su cabeza de vez en cuando, pero la desechaba de inmediato. Le dolía la idea de dinamitar la unión del chico con su padre. Lo único que ella quería era el amor de su esposo de vuelta, y nada más.
Tenía fe en que, con el tiempo, podrían recuperar la conexión perdida.
Y así las estaciones pasaban y el invierno llegaba de nuevo, y con él se marchaba Alfredo, y ella lloraba desconsolada sin saber si volvería a verlo.
La única respuesta de Alfredo a sus idas y venidas era un parco «lo necesito» que siempre dejaba a Arantza con una mezcla de confusión y resignación. Aquellas sensaciones pocas veces daban paso a la furia, siempre contenida. Y, cuando estallaba, lo hacía en soledad.
Entretanto, para seguir adelante buscaba y rebuscaba, y encontraba el consuelo necesario en los recuerdos. El devenir de los últimos años no había logrado empañar del todo los buenos momentos. Eran el clavo ardiente al que se aferraba con todas sus fuerzas.
En las noches se sentaba junto al fuego y contemplaba la montaña a través de la ventana, dejando que su mente la transportara a la noche exacta en que cortejó al que se convertiría en su futuro esposo.

Al principio, la fijación de Arantza por Alfredo estaba impulsada más por un deseo de juventud que por cualquier otro motivo. Le había atraído desde que ella era poco más que una cría y él, el mozo más apuesto de todo el pueblo.
Siendo él un hombre más bien taciturno, fue ella quien había dado el primer paso. Era verano. Se celebraba la verbena de las fiestas del pueblo, y no había momento mejor. Ella estaba con sus amigas, bailando en la plaza los mayores éxitos de aquella época. Y allí estaba él, bebiendo una cerveza en la carpa que la junta vecinal había montado. Entonces ella se había excusado ante sus amigas, que soltaron algún que otro comentario entre risitas, y se dirigió hacia la barra con decisión.
Le había costado convencerlo para salir a bailar juntos, pero lo hicieron durante un buen rato. Él era bastante torpe y su sentido del ritmo era nulo, y aquello los había hecho reír a ambos. Era la primera vez que escuchaba su risa. Qué sonido tan hermoso.
Se habían besado por primera vez mientras El Dúo Maravillas, compuesto por una mujer rubia y un hombre bigotudo que tocaba el órgano, rendía homenaje al Vals de las mariposas. Arantza la había cantado armonizando a la perfección con la voz de aquella cantante rubia, mientras él la miraba embelesado.
Más tarde, mientras el pueblo se recogía, habían hecho el amor escondidos en un cobertizo. No era el lugar más higiénico, y de hecho olía a humedad rancia y estiércol, pero el acto había sido íntimo, maravilloso; le habría gustado no separarse nunca de él. Después, abrazados, habían hablado largo y tendido sobre asuntos intrascendentes hasta que unos chavales del pueblo lanzaron unos petardos cerca de allí. Ahí fue cuando decidieron que ya iba siendo hora de recogerse.
Al llegar a casa, sus padres la regañaron por no haber vuelto a la hora acordada, pero no le había dado importancia. Estaba enamorada. No sabía que el amor sería su ruina.
Apenas seis meses después de esa noche, se habían casado, como Dios mandaba. La ceremonia se había celebrado en la iglesia del pueblo, y el vestido de novia que lucía generó envidias (¡de las sanas!) entre sus amistades. Él, por su parte, no se había molestado ni en afeitarse la barba, pero eso a ella le resultaba indiferente; le gustaba así. Durante el banquete nupcial, que contó con la presencia de familiares, amigos y vecinos, Arantza se había animado a entonar a capella el Concierto para enamorados de Karina. Pronto todos los invitados le hicieron los coros, incluido Alfredo.
Su luna de miel no había sido precisamente el colmo de la sofisticación, pues ninguno de los dos tenía una economía como para tirar cohetes. La habían celebrado en un hotel de tres estrellas ubicado en una localidad cercana. Aunque el pueblo era sólo un poco más grande que el suyo, contaba con una piscina municipal. Al estar climatizada, ambos se lo tomaron como un lujo.
Un año más tarde nacía Fernando, su único hijo, y aquel se convirtió en el momento más feliz de la vida de ambos.
Alfredo, cazador, pasaba sus días entre malezas, nieve y barro, con el olor de la pólvora y la sangre siempre presentes. Ella, ama de casa, veía transcurrir sus jornadas entre cuatro paredes, cuidando de su hijo y canturreando mientras realizaba las tareas del hogar. Apenas se permitía cantar en público, reservando ese deleite para ocasiones especiales. La última vez había sido durante la primera comunión de Fernando.
Poco después, Alfredo emprendía su duelo anual con la montaña, y Arantza empezaba a reflexionar sobre sus sueños juveniles. Ahora que ya no podría cumplirlos, los tenía más presentes que nunca.

Cuando Alfredo Morales desapareció, la certeza de su muerte llegó sin demora. Lo único que la patrulla de búsqueda encontró durante su infructuoso barrido de la zona fue un abrigo de piel de cabra, cuidadosamente doblado sobre el catre de la cabaña. Se celebró una ceremonia funeral en su memoria, interrumpida por los constantes llantos de Arantza, que entre lamento y lamento maldijo su nombre. Un montículo de piedra con una placa conmemorativa que rezaba “tu mujer e hijo te añoran” fue el recordatorio que quedó en el cementerio local.
Arantza vistió el negro hasta su último suspiro, lo que le ganó el apodo de Viuda Morales entre los vecinos. Su rostro, hasta entonces surcado por escasas arrugas, experimentó un envejecimiento prematuro de veinte años. Los ojos azules perdieron su fulgor y se tornaron grises, y su cabello castaño se volvió blanco. Nunca más volvió a cantar.

En aquel entonces Fernando dedicaba todos sus esfuerzos a cuidar de su madre. Él también había llorado la memoria de su padre durante mucho tiempo. Había sido un modelo a seguir a lo largo de toda su vida, un ejemplo de bravura y fortaleza y de cómo debía ser un hombre de verdad.
Ahora enfrentaba el dilema de conciliar la imagen del hombre que admiraba con la realidad dolorosa que había dejado tras de sí.
—Quiero que me entierren a su vera —dijo Aránzazu una mañana de agosto, apenas un mes antes de fallecer. Allí estaba, sentada junto a la ventana, negra como un cuervo, contemplando la montaña. Aquella imagen que tanto se había repetido acompañaría a Fernando hasta el día de su muerte.
—Mamá… —empezó a decir él, que estaba atizando la lumbre. Su madre hizo un gesto con la mano, haciéndole callar.
—Quiero que me entierren al lado suyo y no al lado de una piedra en el cementerio —dijo, sin apartar la vista de la montaña. Su deseo era complicado de satisfacer. Alfredo no había dejado más restos que el abrigo que su hijo llevaba puesto—. Todo el tiempo que no pude estar con él lo quiero recuperar para los restos.
Hablaba como si supiera que su fin estaba cerca. Aquello incomodó a Fernando profundamente.
—Mamá, yo te entiendo, de verdad que te entiendo —dijo Fernando, acercándose a ella y posando una mano en su espalda encorvada y oscura—. Y no quiero… Ya sabes que te quiero mucho, y no me gustaría decir nada que te vaya a sentar mal, pero…
Su madre lo interrumpió de nuevo, apartó su mano y le dedicó una mirada que le encogió el corazón.
—Tiene que estar ahí arriba, en alguna parte. Lo sé. Lo noto… —titubeó y sus manos temblaron, y se golpeó el pecho con ambas—. ¡Lo noto en el pecho! ¡En los huesos, lo noto! Una persona no desaparece así de esa manera. Él sigue allá arriba, estoy segura.
—Mamá, nunca encontraron nada. A mí me duele tanto como a ti —dijo Fernando, intentando mantener la compostura.
—¡No me hables de lo que te duele o deja de doler, que la que tuvo que aguantar aquí todo el chaparrón fui yo! —gritó con la voz temblorosa—. Que era yo, ¡yo! Y no tú, la que lo sufría cada vez que se marchaba. Mira que yo lo pensaba cada vez que se iba: este a una de esas no vuelve, ¡no vuelve!
Fernando guardó silencio. Su madre comenzó a mecerse intranquila, y volvió a mirar en dirección a la montaña.
—No encontraron nada porque nunca buscaron lo suficiente, ¡hazme caso, hijo, hazme caso! ¡Que tu padre sigue allí arriba! ¡Que lo noto en los huesos!
Empezó a llorar a voz en grito. Fernando, sin saber qué hacer para calmarla, la abrazó y se meció con ella. Fue entonces cuando tomó la decisión que lo encaminaría a un destino aciago.

4-

Siéntense en PRIMERA FILA y APRECIEN el olor a CAZALLA que desprende el aliento de nuestro EBRIO JEFE DE PISTA. Sorpréndanse con las DESAFORTUNADAS boberías de nuestros ATERRADORES PAYASOS y disfruten de la AUSENCIA DEL ELEFANTE del CARTEL. Vuelvan a sentirse como NIÑOS al descubrir que los TRAPECISTAS no actuarán porque se han LESIONADO en UNA FUNCIÓN ANTERIOR. Maravíllense con los FALLIDOS trucos de MAGIA de SOBERBIUS EL MAGO, y sus palomas muertas. Contengan sus gritos de FUROR al ver nuestros NÚMEROS DE BAILE plagados de COREOGRAFÍAS RIDÍCULAS. Sientan TEMOR por RUGIDOS EL LEÓN, rey DE LA SABANA AFRICANA e inspírense con el VALOR que demuestra su domador al meter la cabeza en sus FAUCES DESDENTADAS. Contemplen ENSIMISMADOS el HASTÍO EXISTENCIAL que presenta KONG EL GORILA y su mirada de PROFUNDA TRISTEZA, demasiado VIEJO para esta MIERDA. Los malabaristas, SIN EMBARGO, puede que lo hagan BIEN.
Pero, sobre todo, ¡déjense llevar por las SINUOSAS CADERAS que han hecho caer rendidos a mil y un PRÍNCIPES Y REYES! Con todos ustedes, recién llegada de la lejana ARABIA, ¡SHEREZADE, LA REINA DEL DESIERTO!, que en realidad se llama MARÍA DE LAS MERCEDES y es oriunda de MATALASCAÑAS, y el color de su piel se explica porque tiene RAÍCES GITANAS.
¡El circo es una mentira! ¿Y quieres saber qué más es una mentira? Puede que te sorprenda, chaval, pero ya eres mayor y sabrás afrontar la realidad: ¡tu viejo no era buena gente! Tu viejo no era buena gente y le jodió la vida a tu pobre madre y ahora te la ha jodido a ti y vas a morir por subir a esta maldita montaña a buscar sus restos.
Vamos a debatirlo un rato con los del bar, ¿te parece? Vaya… parece que ya han llegado a una conclusión. ¡Pero si ni siquiera han esperado a que aportes tu granito de arena! El veredicto es: te lo mereces. Bueno, ya se sabe que los borrachos nunca mienten, así que supongo que será verdad.
En fin, va siendo hora de que tú y yo nos sentemos y recapitulemos. ¡Alegra esa cara! Seguro que nos reímos un rato aquí, al lado del fuego. ¡Ja, ja, ja! Menudo cabrón. Prácticamente dos años de tu vida, enteros, dedicados a una búsqueda sin resultados. Deberían haber bastado para darte cuenta de que estabas perdiendo el tiempo. Quién sabe, a lo mejor podrías estar en Arabia, en vez de aquí. Enamorándote de una reina del desierto de verdad con caderas sinuosas que derriten a los príncipes y a su puta madre.
Pero, eh, no dejes que eso te deprima. Míralo por el lado positivo. Todo este tiempo te ha servido para estar en comunión con tu viejo. Has sobrevivido, al menos hasta ahora, en las mismas condiciones en que él lo hizo cada invierno durante al menos diez años.
¡Diez años! ¿En qué coño pensabas, Alfredo Morales, me cago en la puta? Y fueron sólo diez porque se fue al otro barrio antes de tiempo. ¿Y si lo que quería era morir? Pagar a la naturaleza por todos los hijos que le había arrebatado. En tal caso, creo que todos podemos estar de acuerdo en que ha cumplido, y la naturaleza se ha dado tal festín que no ha dejado ni un mísero trozo de uña para los gusanos. ¡Qué locura, chico! ¡Guapa teoría al respecto! ¡A lo mejor deberías haberle preguntado alguna vez por qué lo hacía! Pero no, ya es demasiado tarde para eso, ahora te jodes y sangras.
Puto ciervo.

Fernando presionaba la herida con toda la fuerza que el dolor le permitía aplicar. En la cabaña había medicamentos y vendajes, pero en ese momento le aterraba la mera idea de levantarse. Temía que las tripas se le cayeran al suelo a través del boquete que el ciervo le había dejado como recuerdo.
Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto llevaba allí, recostado contra aquel árbol? La ventisca, implacable, formaba remolinos de nieve que le azotaban sin clemencia. Apartó la mano del agujero de su costado y comprobó que la hemorragia había disminuido. Era más que probable que se debiera al frío, como también era probable que aquello trajera otras complicaciones; pero si le permitía llegar hasta la cabaña sin desangrarse por el camino, no quedaba otra: tenía que intentarlo.
Se preguntó si a su padre le habría pasado lo mismo. No, su padre habría abatido al ciervo sin ningún tipo de problema, y aún le habrían sobrado horas de luz para arrastrarlo hasta la cabaña en mitad de la ventisca. Podía no haber sido el mejor marido del mundo, pero sabía lo que se hacía cuando tenía un rifle entre las manos.
Le costó un buen rato doloroso y agónico, pero finalmente pudo ponerse en pie. Las piernas, entumecidas por el frío, le temblaban, y sintió que el roce de los gruesos pantalones de lana le rasgaba los muslos enrojecidos. La nieve había ocultado las correas de arrastre y el rifle, pero no importaba. Cuantos menos peso llevase encima, mejor. Le esperaba un largo trayecto.
El hielo, imperturbable, era un obstáculo feroz, y se acumulaba en sus botas dificultando aún más su avance, convirtiendo cada zancada en un auténtico desafío. Los pies, congelados y doloridos por el esfuerzo, respondían con torpeza a su cada vez más desgastada voluntad. Por encima de él, las nubes oscuras lo juzgaban, furiosas. La naturaleza misma conspiraba para mantenerlo prisionero en su entorno helado.
Le preocupó que la herida, que seguía sintiéndose lacerante como una guadaña, ya no emitiese calor. Se estaba congelando. Continuó caminando con la mirada perdida en el horizonte difuminado y las esperanzas depositadas en la distante cabaña. ¿Cuánto tiempo había estado fuera? Su percepción del tiempo y del espacio estaba tan mermada que ya no se acordaba ni de qué día era.

Cuando se dejó caer, derrotado, la ventisca estaba en su peor momento, y el frío le quemaba las entrañas. El ruido blanco que tenía a su alrededor no le dejaba ver un palmo más allá de sus propias narices. El viento vociferante arrastró un coro de pesadilla que le estremeció hasta el tuétano.
Lobos.
Rezó porque estuvieran lejos, y se mantuvo alerta hasta que se desmayó de puro dolor y agotamiento.

Cuando se dejó caer sobre la nieve, derrotado, la ventisca estaba en su peor momento, y el frío le quemaba las entrañas. El ruido blanco que tenía a su alrededor no le dejaba ver un palmo más allá de sus propias narices. El viento vociferante arrastró un coro de pesadilla que le estremeció hasta el tuétano.
Lobos.
Rezó porque estuvieran lejos, y se mantuvo alerta hasta que se desmayó de puro dolor y agotamiento.

El aliento caliente del animal en su torso lo trajo de vuelta al mundo, y sintió un horrible entumecimiento. El dolor del costado seguía presente como un eco que había cedido el protagonismo a algo aún peor. Miró a su alrededor y lo primero que vio fue que la maldita nieve todavía caía sin descanso.
Después vio los ojos dorados y penetrantes del lobo que le observaba con perturbadora indiferencia.
La bestia, cuyo pelaje gris estaba cubierto de nieve, había posado el hocico ensangrentado sobre el agujero de su costado, inhalando el aroma de la sangre con un interés instintivo.
Fernando cerró los ojos, presa del miedo, y descubrió que los párpados eran la única parte de su cuerpo sobre la que aún tenía cierto control. Iban a devorarlo, y el retorcido consuelo que le quedaba era que con suerte no lo sentiría. No demasiado. Por otra parte, la idea de contemplarlo le resultaba escabrosa; irreal. Se preguntó si se habría meado encima.
—Por favor, vete —suplicó entre dientes—. Vete. Por favor.
Conozco este olor —le dijo el lobo con una voz profunda y rasposa.
Los ojos de Fernando se abrieron como platos y vio que el animal lo miraba con la cabeza inclinada, curioso—. Pero nunca te había olido.
—¿Qué significa eso? —le preguntó al lobo. Durante un instante se sintió ridículo, hasta que el animal volvió a hablar.
Mi prole y yo llenamos la panza con carne que tenía dos olores distintos —olfateó el aire, y se sentó—, y uno era el tuyo.
—¿Qué carne? —preguntó Alfredo en un susurro apenas perceptible.
Una que me sació. Pero no lo suficiente —dijo, y se relamió el hocico. Una gota de sangre resbaló y cayó sobre la nieve. Sonrió y sacó la lengua, que se meció con el ritmo de un jadeo alegre. La situación parecía divertirle. Fernando no compartía ese sentido del humor. Era demasiado macabro para su gusto. Y de repente tuvo una epifanía.
—¿Me vas a matar? —preguntó, apenas conteniendo la ira. Aquella bestia era la que había acabado con su padre.
La sonrisa del lobo se esfumó, dejando al descubierto unos dientes blancos y húmedos que brillaron bajo el morro arrugado. Su pelaje gris se encrespó y se puso en pie, y su presencia imponente se magnificó. Caminó gruñendo hasta ponerse a la altura de su cara, y le miró con un destello salvaje en los ojos amarillos.
¿Matar? No —rugió, y estaba tan cerca que su saliva, caliente y rojiza, le cayó en la mejilla —. Sería piedad.
Entonces el animal dio media vuelta y se marchó sin dejar huellas tras de sí, desapareciendo entre los árboles.
Fernando dejó escapar un suspiro, mezcla de alivio y desconcierto. No alcanzaba a comprender por qué el animal lo había dejado vivir. Quizá no quería manchar sus fauces con más sangre de los Morales. Tal vez se había cruzado con el ciervo al que él había disparado. Con el ciervo seguro que había tenido piedad.
Miró al cielo y el rostro tormentoso de las nubes le devolvió la mirada.

Por ahora te has librado, pero de aquí no sales, chaval. ¿Qué te has creído? Vienes aquí, matas todo lo que se cruza en tu camino y esperas volver a tu casa, como los inocentes. Así no es como funciona.
Vete olvidándote de Arabia. Vete olvidándote de tu reina del desierto.

—María de las Mercedes —se escuchó decir, y su hilo de voz sonó distante, como si fuera el pensamiento de otra persona.
María de las Mercedes estaba en la cabaña, esperando, impaciente, a que encendiera el fuego de la chimenea. Tenía muchas ganas de bailar, y él quería verlo y regocijarse con su calor. Y luego la tomaría de la mano y juntos regresarían al pueblo.
A casa.
¿Volver a casa? Esta era la casa de mi padre. Su corazón le pertenecía a este lugar, y por aquí, en alguna parte, reposan sus huesos. Mamá me lo dijo, estaba convencida. Tengo que encontrarlos.
Su madre, oscura y retorcida, estaba sentada junto al fuego, mirando por la ventana. Desde allí podía verlo muriéndose tirado en la nieve.
Hijo mío —dijo—, no quiero verte sufrir más. Bastante he sufrido yo. Por favor, déjalo estar.
—Te quiero, mamá —dijo él, con lágrimas heladas en los ojos rojos—. Quiero que papá descanse contigo. A lo mejor lo vuestro se arregla y os volvéis a querer y volvéis a reír y a bailar y a cantar como al principio.
Su padre estaba fuera, en el cobertizo. Observaba la montaña en silencio. Tenía puesto el abrigo de piel de cabra y llevaba el rifle colgado al hombro. Fernando se acercó a él y le tocó el brazo, tratando de llamar su atención.
—Papá, quiero que mamá te perdone. Te quiere, lo sé. Ella me dijo que quiere dormir a tu vera. Sé que sigue queriéndote con locura.
Pero Alfredo Morales permaneció en silencio. Su vista seguía perdida en la montaña, helada, envuelta en gigantescos rostros de humo negro.
No —dijo una de aquellas efigies tormentosas con voz retumbante. Entonces su padre se levantó y dijo:
Basta.
Y la montaña contempló con furia cómo Alfredo le daba la espalda y entraba en la casa para sentarse junto a su esposa.

Fernando se durmió con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Se despertó de nuevo, y vio que la ventisca había remitido y nevaba apaciblemente. El sol rojizo del atardecer se colaba entre las nubes, que habían comenzado a dispersarse, y un rayo de luz iluminaba algún punto concreto en la lejanía. Está señalando un lugar, pensó. Quería verlo, así que comenzó a flotar suavemente fuera de su cuerpo. Se elevó y se elevó hasta alcanzar una altura considerable.
Pudo comprobar con cierta alegría que su pueblo seguía allí, bañado por las últimas luces del día.
Luego miró hacia abajo y se vio a sí mismo, y lo que vio le hizo reír en su fuero interno; era un diminuto monigote tirado sobre un folio. Podría haberse aplastado con el dedo gordo si hubiera querido, pero decidió no hacerlo. Ya había tenido más que suficiente.
Dejó escapar un suspiro formidable que dibujó una gran esponja blanca en el gris del cielo nublado. Entonces se le ocurrió una idea brillante. Se acercaría volando hasta el pueblo.
Iría por casa para ver a sus padres. Estarían, con toda probabilidad, sentados en el sofá junto al fuego. Su madre estaría tejiendo un abrigo de lana mientras cantaba alguna de sus canciones favoritas, y su padre estaría escuchándola con devoción.
Los dos le recibirían con afecto, y su madre prepararía un buen estofado de jabalí para comer. Su padre le hablaría del flamante rifle nuevo que había comprado, y le diría que había declinado una invitación a una cacería organizada por unos cuantos vecinos, los que solían jugar al mus en el bar. Fernando aprovecharía para confesarle que él ya no quería tener nada más que ver con la caza, porque había decidido dedicarse a otra cosa. Aún no sabía a qué, pero estaba seguro de que no tardaría demasiado en descubrirlo. Empezaría por retomar sus estudios, y luego ya se vería. Su padre lo aceptaría sin reservas y su madre tendría un gran motivo de celebración.
Luego les contaría que quería conocer mundo, y les hablaría de todos los sitios que quería visitar.
Había uno en concreto al que se moría por ir.

¿Fernando?
Sherezade, o María de las Mercedes, estaba de pie a su lado. Había sido tan silenciosa que no la había escuchado llegar. Iba vestida con sus sedas de colores, que eran una escasa protección contra el frío. Pero aquello no parecía importarle ni lo más mínimo.
Su reina del desierto lo miraba con ojos divertidos, mientras él hacía el ridículo. Allí, tirado en la nieve como un pasmarote.
¿Cómo estás? —le preguntó, con una voz dulce y aterciopelada—. ¿Necesitas ayuda?
—Lo agradecería, la verdad —respondió Fernando. Entonces ella tomó su mano y de un tirón lo puso en pie. Él se sacudió el hielo con un par de manotazos.
Bueno, ¿a dónde quieres que vayamos?—dijo Sherezade, cuya melena negra enmarcaba su bello rostro aceitunado. Se retiró el velo brumoso y su sonrisa era preciosa, blanca y perfecta—. He oído que te gustaría visitar Arabia. La verdad es que sería un buen cambio de aires, en contraste con este sitio gélido.
Fernando sonrió y pasó una mano tras su cintura. El calor de su cuerpo era una bendición.
—Me vale con Matalascañas —dijo, y ella rio, y se marcharon caminando juntos.

Fin.

Hola,

Es un gusto saludarte. He empezado a leer y he notado que al principio dices que tu historia iba a tener errores gramaticales y estructurales, lo que me llevó a detenerme en la lectura.

Te propongo lo siguiente: si me lo permites, puedo realizar una revisión sencilla y devolverlo editado. Te hago esta sugerencia de manera amable antes de comenzar a leer, ya que este es tu bebé y entiendo que no todos estarían dispuestos a recibir un completo rediseño de lo que han escrito.

Si prefieres mantener tus propios cambios, lo comprendo y entonces leeré lo que has escrito y te ofreceré mi opinión, incluyendo posibles errores que mencionas.

Un consejo para tener en cuenta: no inicies tu historia con una disculpa. Invita a todos a participar; no somos perfectos y no deberíamos buscar la perfección. En lo personal, me desconcierta empezar a leer y encontrar una disculpa como la tuya. Deja que el lector decida, ya que tú te has concentrado en escribir y, estoy seguro, lo has disfrutado, ¿no es así?

Saludos.

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¡Buenas, Ohm! Agradezco tu interés por el relato.
Lo que dices es verdad, quizá no sea la mejor forma de venderse, claro que no, y en mi caso además soy mi peor crítico. Por eso una opinión ajena no me vendría nada mal.
De todas formas esta versión ya no es la definitiva. He seguido tocando y retocando el relato por ahí y por allá, pero me fijé en que al editar el texto aquí, en el foro, reflotaba el tema y tampoco quería resultar pesado. Sea como sea, la versión definitiva, por ahora, está aquí: La Reina del Desierto | Club de Escritura Fuentetaja

¡Y por supuesto, me encantaría que le echases un ojo, si no te es molestia! Muchas gracias de antemano :wink:

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Bueno, he leído el primer capítulo.

Tengo que decirte que hay mucho que se puede mejorar.

Cuando compartas en el foro, usa el doble espaciado para separar los párrafos, para mejorar la lectura.

Un detalle minúsculo, pero sincero, es que no pude aclarar en mi mente el género de lo que estaba leyendo. Ha sido para mi un reto. A mi preferencia, no es necesario decir el género, pero al ser ficción solo puedo imaginarme que se trata de un drama.

La atención del público lo es todo. Temo decir, pero hoy en día que hay tantas personas que pueden compartir sus escritos, el tiempo que se demoran en decidir lo que leer es cada vez menor. Por lo que cuando hago mis escritos procuro enganchar lo más rápido posible. No hay nada de malo con lo que tú has hecho, de primero preparar todo y luego introducir los conflictos, pero este estilo cada vez le dan menos oportunidad.

Hay algo que siempre me repetiré, es que a veces menos es más. ¿Quieres una historia larga o una historia corta? Ninguna de las dos, la historia debe tener el largo adecuado, pero conectando con mi anterior punto “atención”, darle al lector lo más posible con la menor cantidad de palabras es lo mejor. Bueno, esto es algo que requiere pulir muchas cosas. Por eso me he dicho que es algo más personal, pero te animo a que experimentes eso a ver como te va, de seguro descubrirás muchas cosas.

Algo que siempre me ha molestado es encontrar detalles de la historia que no son útiles. Pero eso no es nada con los diálogos. Los diálogos deben ser escogidos de forma cuidadosa y lo que dice una persona debe transmitir mucho lo que esa persona es, siente, piensa… etc. Opino que los diálogos que incluiste en el primer capítulos, no son malos, ni siquiera son salidos de personaje, están muy acorde al lugar y situación, pero no los veo necesarios, al menos no en ese momento o no con esas palabras. Hay un millón de cosas que uno puede decir en ese momento, pero me parece que tomaste el camino obvio en vez de ir por el desarrollo del personaje.

Hablando de desarrollo… No recuerdo nada del personaje, al menos no de primera mano. No del primer capítulo. No es algo malo en sí, pero es curioso lo poco se sabe del personaje (creo que el principal). No sé si fue hecho a propósito.

En el siguiente hilo incluiré unos cambios a mi parecer, como siempre puedes tomarlos o dejarlos.

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Se arrastró de forma lastimosa, buscando refugio bajo un árbol cercano. Cada movimiento desencadenaba una nueva oleada de tormento, como si las astas del ciervo aún estuvieran alojadas entre sus costillas.

El frío se había aferrado a su papel de antagonista implacable y no parecía dispuesto a abandonar la escena. Las lágrimas de dolor se congelaban en sus ojos, nublando aún más su visión asediada por un mar de estrellas. Se recostó como pudo contra el árbol, acompañando el gesto con otro berrido agónico que rivalizó con el del viento. Los espasmos de dolor ardiente danzaban y se contoneaban de la misma manera en que lo hacía la reina del desierto. Y, al igual que las delicadas sedas de su vestido, susurraban y ascendían y bajaban en espirales de colores. Bajo su piel, sobre sus músculos, de hueso a hueso.

(aquí considero que la historia puede empezar por esta parte, luego ir a los recuerdos en la cabaña o el comienzo del día. También en esos momentos recuerda la reina del desierto y se puede incluir el recuerdo de ella)

Tragó saliva y le dio la sensación de tener una piedra en el gaznate. Miró en dirección a la zona afectada con la intención de evaluar la gravedad de la herida.

Cuando vio el abrigo, agujereado y ensangrentado, no pudo evitarlo y se echó a llorar.

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@Nefta_Lee , he leído tu relato en estos días. He disfrutado la delicadeza en las descripciones hasta cuando hablas de una realidad cruda (en el capítulo cuatro con el pastel al descubierto, por ejemplo). Creo que una narración es “buena” -si es que se puede hablar en términos de juicio para esto, más allá de opiniones personales- cuando provoca una reacción en el que lee, y/o cuando alcanza los sentimientos. En mi caso, mientras te leía, tu manera de narrar lo ha hecho.

Tu relato me ha parecido intenso y precioso.

En la forma, me ha sido agradable de leer (los diálogos están impecablemente puntuados, diría; sé bien que eso es un esfuerzo extra, o por lo menos para mí en su momento lo fue). Soy asquerosamente perfeccionista cuando me leo a mí, y automáticamente me saltan ideas del tipo: "yo quitaría este ‘como’ (ondeaban susurros), o “cambiaría de orden este adjetivo poniéndolo detras”; pero vamos, minucias porque el texto ya tiene la música que tú le has dado.

Gracias por compartirlo.

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¡Buenas! Lo primero de todo: muchísimas gracias por tus comentarios, de verdad.

Voy por puntos:

El género: para mí se trata de un dramón en toda regla. Nunca había escrito nada así y puedo decir que de momento me he desquitado, y he disfrutado un montón haciéndolo.
Tienes mucha razón en lo que respecta a captar la atención del lector, y por eso te agradezco muchísimo, de nuevo, que no solo te hayas molestado en leer mi escrito, sino que también hayas dedicado un valioso tiempo para darme tu punto de vista.

La longitud de la historia: cuando empecé a escribirlo quise que fuera algo cortito, que se leyera en un suspiro. Quizá la historia que elegí no sea la adecuada para este formato, y podría haberle sacado mucho más jugo si la hubiera escrito sin un límite de páginas en mente (20-30). Pero lo hecho, hecho está. De momento es lo que es, aunque quién sabe si en el futuro no lo expando.

Respecto a los diálogos: siempre ha sido lo que más me ha gustado escribir. Intento que suenen naturales casi siempre, que sean personas hablando de verdad. Imagino que te refieres a los del capítulo 2 (es el único que consta prácticamente de un único y largo diálogo), donde intenté dar detalles de la historia con la voz de personajes ajenos a la narrativa principal. ¿Entiendo que tu comentario sobre la obviedad es que han quedado demasiado expositivos? Puede ser, lo tendré en cuenta e intentaré no volver a caer en ello en escritos posteriores.

El desarrollo del personaje: que en el primer capítulo apenas se den pinceladas respecto a su personalidad es totalmente intencionado, así como en el resto del relato. La idea de que fuera un monigote cuyas decisiones rara vez han sido propias es una cosa en la que podría haber ahondado más si, de nuevo, hubiese decidido prolongar la longitud del relato.

Respecto al cambio que me propones: en un principio el relato comenzaba in media res, pero finalmente decidí reestructurarlo por no embrollar más el asunto, dado que en capítulos posteriores cuenta con varias idas y venidas temporales, y la narración de las mismas sí me preocupa un poco más. Es probable que se deba a mi escasa experiencia como escritor. Algo que tiene una solución, continuar escribiendo y reescribiendo y teniendo en cuenta consejos de gente que sabe más que yo.

De nuevo, muchas, muchísimas gracias por tomarte tu tiempo en todo esto, de verdad.
Un abrazo, felices fiestas, ¡y feliz año!

No puedo expresarte con palabras la ilusión que me ha hecho que te haya gustado pese a todos sus fallitos, de verdad. También me considero asquerosamente perfeccionista, sobre todo en lo relativo a los diálogos. ¡Tendría que aplicarlo un poco más a la prosa!

Muchísimas gracias por tomarte tu tiempo en leerlo.

¡Un abrazo, felices fiestas, y feliz año!

Nefta, vamos que me haces trampa. Es decir aquí leo una cosa y en el enlace que compartes leo algo un poco mejor.

Bueno haré lo siguiente. Me tomaré el tiempo de leer con calma y darte una opinión más extendida y clara, con ejemplos. Claro está que después de las fiestas.

Ah, y no llegué al capítulo 2. Solo leí el primero, estoy haciendo lo que no debería. Te prometo leer todo.

Ahora bien. Quisiera que te desquites y me critiques algo que yo escribí. Veas más o menos los puntos de los que hablo, que predico y aplico.

Tú opinión sería muy apreciada desde tu estilo y mucho más que veas un poco mi estilo y como me gusta desarrollar mis historias. Te sentí cuando dices que planeabas hacer algo corto.

Yo empecé esta historia como un ejercicio de un cuento corto y terminé con una locura de 6 puntos de vista y un Vaivén de esos de la máquina del tiempo. Y ahora me siento insatisfecho de lo que he logrado y busco que alguien me critique.

Te agradezco mucho tu tiempo. Te leo.

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¡En el enlace está la versión definitiva! Es más, estoy por borrar el escrito del foro y dejar únicamente ese enlace (no controlo muy bien el asunto de que quede bonito de ver aquí). ¡En cuanto pueda echo un ojo a tu escrito y te doy mis impresiones, claro!

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Para nuevos lectores interesados en el relato: ya no puedo editar los primeros mensajes de este hilo, así que la única forma de leer la versión-definitiva-por-el-momento de la historia es visitando este bonito enlace: La Reina del Desierto | Club de Escritura Fuentetaja

¡Muchas gracias por leer, y felices fiestas!

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Bueno he leido todo, de principio a fin.

Siento que el segundo capítulo me distrajo un poco y me sacó un tanto. Pensé que los personajes iban a volver a intervenir, pero solo son mencionados más adelante.

Lo que pienso es que esta historia era mucho más corta y empezaste a agregar cosas y ellas se transformaron en capítulos completos.

Acerca de tu estilo. Como ya dije, está muy bien definido, me arriesgaría a decir que has estudiado un montón… o sigues estudiando.

Bueno, en todo caso, he disfrutado leerte, ha sido una experiencia (siendo honesto no hubiera tomado un escrito como el tuyo para leer), pero me ha sorprendido.

Espero que algún día pueda tener el nivel de descripciones en mis escritos que tú tienes.

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