Oculto en la piel. Capítulo 2

En la mañana del 9 de mayo, de la granja a la jefatura.

Gabriel - Una mosca se posa en su boca.

Leer la mente sería una habilidad muy útil para un oficial de policía. Sería aún más para un detective. Mirar a los ojos a una persona y saber exactamente lo que pasa por su cabeza, sería excepcional. Por algún motivo no es posible, porque todos siempre quieren ocultar algo.

No hay mejor lugar para ocultar algo que tu mente. La única puerta está en tu boca, después que la mantengas cerrada, todo estará bien.

Moreno secó el sudor de su frente. En sus manos sostenía su pequeña libreta de anotaciones. El olor a estiércol era más agradable que la creciente pestilencia. Las moscas revoloteaban ante el festín de sangre. Había tantas que parecían una segunda piel, una piel con vida propia y que se movía como si se tratara de un solo animal. Una bestia hambrienta que devoraba carne y huesos, pero dejaba atrás la piel.

En el cielo no había una sola nube, pero un viento frío proveniente del norte le hizo doler sus articulaciones. Tenía cosas más importantes en su mente, como cambiar la correa del tiempo de su auto o lavar la cochera. Su perro, Fer el callado, quien era un excelente compañero, a excepción de los días lluviosos, no había aprendido a hacer sus necesidades fuera de la casa y si no lo paseaba se haría dentro. El tierno Labrador era silencioso, odiaba las tormentas y por mucho que tratara de calmarlo, se le había hecho imposible dominarlo. Su veterinario le había recomendado unas pastillas, que no le había comprado. Hace mucho que no lo había escuchado ladrar. La última vez había sido en el funeral de su hermana.

Pero eso había sido hace dos años. Ahora tenía trabajo que hacer.

Francisco Díaz, alto, delgado, de cara tosca y con más entradas que ganas de vivir, llegó en silencio tratando de sostener su sombrero en su cara y se paró a su lado, ambos de la misma estatura. Su compañero ya le tenía el café hecho.

—Está frío. — - Se quejó Díaz después del primer sorbo.

—Estaba caliente un par de horas atrás, Fran. — dijo Moreno con voz delicada.

Hubo un silencio de plomo entre los compañeros. Moreno vacilaba con la mirada, tratando de disimular su lento escaneo de las reacciones de Díaz. La pregunta estaba en la punta de la lengua, pero no se atrevía a sacarla.

Díaz arrugó la nariz cuando el extraño olor lo impactó. Aquella sensación se guardó, no en su mente, sino en su alma. Tanto así que cuando volvió a sentirla en aquella cabaña no supo identificarla.

Gabriel Moreno miró por enésima vez el reloj plateado de su mano izquierda. Con la derecha secó el sudor de su frente. Pisó excremento de una de las tres vacas que pastaban y mugían en el lugar.

El granjero, un tipo gordo con un bigote hirsuto y cara de pocos amigos, se acercó a los oficiales con una pala en la mano. Llevaba un sombrero de paja que se levantó un momento como una reverencia a los oficiales.

—¿Tiene alguna idea de quién pudo haberlo hecho?— - La voz suave de Moreno no concordaba con su aspecto fornido.

Al lanzar la pregunta Moreno apuntaba a lo que quedaba del cadáver. Se dispuso a anotar en su cuaderno lo que el testigo dijera. El mismo cuaderno que quedaría sucio de su sangre cuando la bala le atravesara la órbita del ojo.

—¿Quién? Creo que uno pregunta mal, oficial. — - Al terminar el granjero hace una pausa.

Moreno y Díaz intercambiaron una mirada.

—Si tiene alguna idea… ¿podría decirnos?—

El hombre sujetó su barriga con ambas manos. La pala descansaba en su hombro.

—Uno roba una vaca viva. No la descuartiza y deja la piel. — - Al terminar, el granjero escupió.

—No parece molesto por perder uno de sus animales. — - Le lanzó Díaz.

—Uno lo estaría. Cuando uno ve a un animal muerto lo primero que hace es contar. — - Hizo una pausa, como contando una vez más.

—Uno no ha estudiado tanto como usted, oficial. Pero uno sabe contar sus vacas. Creí que era Betsy, pero, como pueden ver…—

El granjero extendió su brazo a la vaca que pareció responder su llamado.

—¿Está diciendo que no le falta ninguna vaca? ¿Entonces de quién es el animal? ¿Por qué pensó que era Betsy?— - Moreno disparó una pregunta tras otra.

—Lo primero que uno hace es contar las vacas. Cuando me di cuenta que no me faltaba ni una, llamé a mis vecinos. — - Hace una pausa para escupir y sigue.

—Ellos harían lo mismo por mí. Uno esperaría que alguno le avisara o viniera a ver, así como ustedes han venido, si fuera su vaca. Pero nadie ha llegado a preguntar por el animal. Si supiera de quién es, no los hubiera llamado. — - Escupe de nuevo y prosigue.

—¡Ah!, oficial, ve el hueco en la oreja derecha. Es el mismo que tiene Betsy. Pero bueno, ahora que he respondido sus preguntas, ¿pueden responder una mía?— - Carga su pecho con ganas y lanza medio litro de saliva con su escupitajo.

—¿Puedo quedarme con la piel de la vaca? Está dañada y se nota que fue desgarrada con fuerza, pero sirve. —

Vacas, caballos, gallinas, cerdos, culebras, aves y otros animales habían empezado a aparecer muertos por todos lados durante los últimos meses. Pero ninguno así.

Ni perros, ni gatos. - Pensó Moreno.

—Gracias por su tiempo. No. — - Negó Moreno. - —Unos médicos forenses vendrán por la piel. —

Moreno se detuvo. Con una idea. Era absurdo preguntar. Pero no podía evitar hacerlo. Era parte de su naturaleza. Cuando abrió la boca, Díaz lo interrumpió.

—Vámonos. El olor a mierda me da ganas de vomitar. —

El bigote del granjero se endureció. Se cruzó de brazos y escupió otra vez.

—Entiendo que usted no cree que haya sido una persona. ¿Piensa que fue un animal? ¿Qué pudo haber hecho esto?— Siguió con su delicada voz el detective.

Moreno se quedó a la espera de una respuesta. Al terminar de hablar el granjero tomó su pala y golpeó la piel muerta de la vaca. Las moscas se esparcieron como un enjambre y empezaron a huir del lugar. Los detectives dieron un paso atrás sin lograr evitar que las moscas los acecharan. Uno de los insectos fue a parar a la boca de Moreno.

Los detectives huyeron. Moreno sentía el insecto zumbando en su garganta, tratando de volar a la dirección equivocada. Llegaron hasta donde habían aparcado sus autos. El Volkswagen Bettle de color azul de Díaz, el cual también llamaban “escarabajo”, estaba al lado del Ford 150 plateado de Moreno.

—Me hubieras traído en tu camioneta. Es mejor para estos caminos rurales. — se burló Díaz.

Un ataque de tos lo hizo desviar la atención hacia su compañero. Le ofreció un vaso de café frío.

—Ten. Para que lo pases. — dijo Díaz, extendiéndole el vaso a su compañero.

Moreno arrojó el vaso al pantalón y zapatos de su compañero y se dirigió a su auto, aún tosiendo.

—Eres un… Era mi único pantalón limpio. —

—Te llamé anoche…— Moreno se lo quedó viendo sin apartar la mirada.

Díaz sacudió su pantalón e hizo como si no le hubiera escuchado.

Moreno caminó hasta situarse en medio de los dos vehículos. Díaz lo siguió, sujetándolo del brazo antes de que abriera la puerta.

—Gabito… las cosas con mi esposa… Ella no me deja ver al niño. —

Una corriente fría recorrió la espina dorsal de Gabriel Moreno. Sacudió su brazo para zafarse de la aprehensión.

—Olvídalo. — Rugió Moreno.

—¡Esta noche!— - Lanzó de inmediato Díaz.

Moreno vio los ojos suplicantes de Díaz.

Los compañeros se acercaron y Moreno trató de tomar el rostro de Díaz.

—Te he dicho que no en público. — Terminó de decir Francisco Díaz mientras miraba alrededor.

Francisco Díaz entró en su auto y arrancó, perdiéndose en una nube de polvo.

Te he dicho que no en público. - Repitió Moreno en su cabeza.

Las palabras se atraparon en su mente, haciendo eco en el cruel significado que había tratado de evitar. Se imaginó no poder soportar las habladurías a las espaldas de los compañeros, los rumores que se esparcirían por el pueblo, el trato de su jefe que inevitable e inconscientemente cambiaría y la situación de su esposa e hijo empeoraría.

¿Qué podría sentir un niño cuyo padre es…? - Pensó Moreno.

Era una pregunta que no podía terminar. Pero la palabra “marica” terminaba la frase. Esa forma de referirse a él que siempre había odiado y nunca paraba de escuchar.

Aquella granja quedaba más cerca de Robles que La Esperanza, pero como era la única jefatura en el área tuvieron que atender la llamada. Robles era más pequeño y miserable y dependía más de su pueblo hermano de lo que le gustaría admitir a sus habitantes. Gabriel Moreno prendió su auto y se fue de aquel pueblo fantasma rumbo a un poco de civilización.

Tomó el camino destapado y volvió a la carretera hacia el sur pasando por la cabaña abandonada del lago rumbo a La Esperanza. Una vez en el pueblo tomó la vía principal pasando frente a la juguetería María, en el centro. Llegó hasta el taller de autos cerca de la carretera. Los tres lugares que se mancharían de sangre en los próximos días.

Mientras el mecánico revisaba el auto, tuvo ganas de llamar a su compañero solo para preguntarle cómo estaba. Le dijeron que dejara el auto unos días hasta que estuviera arreglado y el amable mecánico mencionó que le prestaría su Camaro 89, sino se lo hubiese dado a su sobrino. Gabriel Moreno tuvo la excusa para llamar a Francisco Díaz una vez más. Sujetó su bigote con los dedos, como sólo lo hacía al estar nervioso, pero al otro lado nadie contestó. Le dijo al mecánico que no podía quedarse sin el auto unos días.

La jefatura, como todos llamaban a aquel edificio con paredes gastadas y sin vida, era un rincón apartado del pueblo donde una vez habían prosperado los negocios que hacían rebosar de turistas la ciudad, pero con los negocios cerrados, aquel desierto era el botadero de basura público. En medio de edificios abandonados y vallas de madera ni siquiera los que trabajaban allí se arriesgaban a llegar caminando. Aunque una letanía local citaba que el último ladrón del pueblo había muerto de hambre hace años.

Al salir de su auto, una vez en la jefatura, Moreno tenía unas ganas tremendas de toser. Todo su cuerpo se estremeció ante el impulso de su cuerpo. Tuvo que sacar su pañuelo para secar su rostro al terminar. Al reincorporarse escuchó un zumbido. La pequeña mosca posó sobre su mano.

Es… imposible.

Sin saberlo aquella mosca sería lo último que Gabriel Moreno vería antes de morir al atardecer del 12 de mayo.

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Como siempre, muy buen relato.
Merece ser analizado parte por parte. Pronto te daré una sorpresa, amigo @Ohm, es una manera como activaremos el foro analizando tus capítulos.

Enlazando historia a su siguiente parte

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Me falta ver la tercera parte. En un rato te hago mis comentarios.