Oculto en la piel. Capítulo 3

Al mediodía del 9 de mayo, en el lago.

Ana - Discutiendo con su amado.

Los cuervos, con sus alas negras, ensombrecían el cielo azulado. Se veían nubes grises y soplaba un viento frío al igual que lo haría al atardecer del 11 de mayo, cuando Ana iba a ser apuñalada con la navaja de Harry.

—Va a llover— - advirtió Billy.

Si bien iba a cualquier parte, podía sentir como le respiraba en la nuca. A Ana le gustaba que lo siguiera como un pollito que sigue a su madre. Si siempre estaba bajo su vista no podría mandar mensajes a otras chicas o burlarse de ella.

Se habían aburrido de la llanta con la soga al haberse tirado unas veinte veces al agua. Una parte de ella envidiaba la relación de la señora Raquel y el señor Harry. Le gustó ver como él la cargaba y la arrojaba al agua, ella le reclamaba, pero se reía de todas formas. Daría muchas cosas para tener una relación al menos la mitad de duradera que esa.

—¡Pero, respóndeme!— - Insistió Ana. Arrugó la cara ante la negativa de Billy de responderle.

—Es una pregunta difícil, nena. — Billy aparentó que pensaba con fuerza.

—¡No es tan difícil! Bueno, yo te responderé. Yo sí te mataría. —

Billy se echó a reír.

—¿Por qué te ríes?— preguntó Ana, muy seria.

Su risa se apagó de inmediato. La joven belleza se asustó. Había sacado un lado muy oscuro por algo tan sencillo. Quiso dejar todo a un lado e ignorar la pregunta. Al fin y al cabo era algo estúpido.

—No sería capaz de matarte, nena. —

—¡Vamos, bebé! ¿Ni si me convierto en zombi?—

—No. —

—¡Vamos! Sabes que no puedes salvarme. Lo único que puedes hacer es matarme y evitar que mate a más personas. ¿Me matarías?— Ana puso una entonación melosa a la pregunta, como si preguntara por un helado.

—No lo creo nena. Preferiría buscar la manera de salvarte. — Negó con la cabeza.

—¿Qué tal esto, bebé? Para salvarme tendrías que matar a diez… no, cien personas. —

—Los mataría a todos si con eso puedo salvarte. — dijo Billy sin pestañear.

—¿Incluso niños?—

—Incluso niños. — Al responder el rostro de Billy se ennegreció.

Ana se echó a reír por la seriedad de la respuesta, algo más le hizo olvidar rápidamente todo.

—Bebé, quiero ir al baño. — - La chica de ojos verdes le hizo saber a Billy.

La cara de Ana se arrugó en una expresión de dolor. Billy recogió sus cosas colocando su camisa en los hombros, la miró de arriba a abajo y luego miró en dirección de la cabaña.

—Puedes… ¿hacerlo bajo un arbolito?— cada palabra que Billy decía era más despacio que la anterior.

Billy siempre hacía eso. Cambiaba las órdenes por preguntas. En cambio, ella parecía sonreír. Ambos estaban sin camisa. Habían aprovechado el agua para besarse y acariciarse los pechos mutuamente. Incluso llegaron a pensar que algo iba a pasar cuando la otra pareja los dejó solos en el lago. Pero el cansancio llamó a la puerta primero. Ahora con la ropa empapada ninguno de los dos se sentía de humor. En el torso desnudo sin vellos de Billy, se podían ver cada una de sus costillas resaltar. Aquel chico escuálido tenía la camisa marcada en su piel, una división entre blanco pálido y blanco aún más pálido. Con razón había sido tan reticente en quitársela. Ella quería broncear sus piernas, para ello había traído el pantalón corto, muy corto.

La maleza tras ellos se movió. De seguro un animal se acercó a beber del lago. No había visto aves, ni conejos, ni nada similar.

—¿Cómo se te ocurre? ¿Un árbol? ¿También debo limpiarme con las hojas?— preguntó Ana con ironía.

Ambos rieron. Los hombros de Billy se encogieron todavía más de lo usual.

—Yo… cariño… eh… sólo… me pareció lógico. — De repente la voz de Billy se elevó. — Estamos en la naturaleza. No tienes que ponerte así. —

Pero ella no le entendió y empezó a caminar hacia la cabaña.

—¿Ponerme así?—

Ana meneó la cabeza. Recordó a su ex un momento. Él siempre le decía que no tenía que ponerse así, luego la abrazaba con fuerza, la besaba hasta dejarla sin aliento, buscaba su celular y empezaba a escribir con sus amiguitas, las mismas que le escribían a las dos de la madrugada preguntándole dónde estaba.

—La novia del señor Harry dijo que había un baño.— Ana notó que había sonado muy mandona y luego añadió — ¿No crees que es mejor? ¿Bebé?—

—Lo tratas muy formal, como si no fueran familia. Es tu primo. —

La muchacha rubia se detuvo para hablar.

—Lo único que nos une es algo tan banal como que mi abuelo se la metió a una mujer más joven cuando se cansó de mi abuela. ¿Todos los hombres son así?— - Volteó a ver a Billy quien se encogió de hombros sin entender - —¿Se acuestan con una mujer más joven cuando se aburren de ti?—

—Yo no te engañaría. — dijo Billy en voz baja, mirando al agua.

—Igual, ya lo hiciste. —

El delgado hombre se había detenido mirando al agua. Las ondas indicaban que algo había salido de allí hace poco, o el viento había soplado.

Los hombres siempre dicen que las mujeres son sensibles, pero ellos son a veces unos bebés. Solo basta con darle donde les duele para que respondan con tres piedras en la mano. Aunque todo lo que busque una mujer sea preocuparse por ellos.

—Ponte la camisa, bebé. — dijo Ana con ternura.

—Soy insoportable de ver, ¿Eh?— La voz de Billy se infló en la pregunta final, como una advertencia, pero Ana no supo de qué.

Ana frunció el ceño.

—Te puedes resfriar, tarado. — La ternura había abandonado la voz de Ana ahora en adelante.

Ana reanudó la marcha a la cabaña. Las ramas de los árboles eran particularmente bajas unos pasos adelante.

—Disculpa no ser tan guapo como tu ex… O por comprarte el vestido azul que querías. —

—Ya me disculpé por…—

—¡Era una sorpresa!— Interrumpió Billy.

—¡No me gusta que me oculten cosas!—

—Sólo te dije que el vestido era para ella porque fue lo primero que me pasó por la mente, no se suponía que lo verías antes de que te lo diera. — Billy manoteaba.

—Eso no fue lo que me molestó. ¿En serio piensas que me enojó que le ibas a regalar un vestido tan bonito a Isabel? Me molestó enterarme que sí era para mí. Porque no te creí capaz de mentirme mirándome a los ojos. — Ana buscaba los ojos de su novio, pero éste miraba al piso.

—Me llamaste imbécil y dijiste que era igual a tu ex. — Dijo al final Billy en voz queda.

Se detienen frente a una rama. Ella encara a su novio. Ana trató de hablar más pausado.

—No dije igual. Dije parecido. Si ya había visto el vestido era el momento indicado para dármelo. —

—¡No era tu cumpleaños!— Estalló Billy, muy alto.

—Me miraste a los ojos, me dijiste que era para tu hermana. Te vi nervioso, pero ¿sabes qué es lo que más me duele? —Ana suspira y niega con la cabeza mirando al agua. — Que te creí. Que fui tan tonta de no dudar de ti, porque no pensé que serías capaz de mentirme a la cara. —

—Yo…— Titubeó Billy.

Ana levantó la mano y negó con la cabeza, callando a Billy. Giró sobre sus talones y deseó llegar a la cabaña en un parpadeo. No sintió los pasos de Billy siguiéndola.

Debía estar persiguiéndola. No era que ella lo deseara, era lo justo. Si amas a alguien te sigue sin importar qué. Los besos, las caricias, nada de eso significaba un rábano si aquella persona no te puede demostrar, en los momentos más difíciles, que te ama, al menos tanto como tú le amas. Abrazar y acurrucarte junto a alguien al hacer el amor, no es nada comparado con gritarle en la cara cuanto le amas sin importar lo enojado que estés. Eso creía Ana.

Ana había estado dolida aquella vez que se conocieron, meses atrás. Se había vestido con un pantalón ceñido al cuerpo que realzaba su figura y una blusa de lana blanca que la hacía parecer un ángel, con el cabello un poco más corto y una cara de pocos amigos había decidido ir a la segura y confrontar al imbécil que entonces era su novio. Para su sorpresa el desgraciado negó haberla engañado y le inventó el cuento más largo y la explicación más absurda. Pero una imagen vale más que mil palabras.

En aquel momento entró a la tienda, que tenía una sección para flores. Se quedó viendo un vestido azul muy bonito. El mismo vestido que Billy le regalaría en su cumpleaños. El mismo que provocó esa horrenda discusión entre los dos.

Ana se quedó viendo a un chico sonriente, con un pantalón corto que dejaba ver sus piernas secas y una camisa muy ancha que no podía llenar, que se acercó emocionado a comprar unas flores. Ella, un poco celosa de una chica imaginaria, le dedicó una sonrisa al flacucho y le dijo:

—Tu novia es muy afortunada de que le compres unas flores tan hermosas. — dijo Ana con una sonrisa coqueta.

Entonces el chico se sonrojó y soltó una risa nerviosa. Para él fue muy difícil responder.

—Es el cumpleaños de mi mamá… no tengo novia. — Billy dudó un momento antes de devolver la sonrisa.

Todos los hombres son iguales. Todos están cortados con la misma tijera. Ni siquiera es tan guapo. Imbécil. Lo odio. Lo odio. - Repetía Ana en su cabeza de camino a la cabaña.

El escuálido muchacho gritó a sus espaldas algo que ella no pudo entender. Ella volteó para decirle sus verdades a la cara, y, por qué no, terminarle.

Billy apareció corriendo. Sus fosas nasales eran un par de túneles y su cara enrojecida daba muestras de miedo. No dudó en tomar un pedazo de madera que sobresalía en el camino y corrió a toda prisa hacia ella. El corazón de Ana dio un brinco. Billy corría hacia ella agitando las manos.

—¡Detrás de ti!— Gritó el muchacho.

Pero Ana no alcanzó a darse la vuelta. La moribunda criatura había saltado desde la rama y posado en su hombro para luego sujetar a su víctima por la nuca. Inyectando su propósito. La chica pasó por un estado de conmoción, con toda clase de sensaciones pasando por su cuerpo a la vez. Su novio, sin dudarlo, usó el arma en sus manos y separó a su amada de la criatura. Una vez en tierra la serpiente trató de darse a la fuga, pero el chico logró darle un golpe contundente en la cabeza.

La muchacha había caído de rodillas. En un ataque recibió un golpe en la mejilla, dejándola colorada. Logró incorporarse y escuchó al animal perderse en la maleza.

—La serpiente está… — dijo Ana, temblando.

—¿Te golpeé? ¡Perdón!— Billy buscaba por el cuerpo de su novia algún golpe.

—La serpiente me dijo algo. — Logró decir Ana después de titubear.

—Solo es tu imaginación. —

El flacucho no se percató que el animal había alcanzado a herirla. Ana se quedó hipnotizada, mirando los ojos castaño oscuro de Billy. Hacían un juego perfecto con su cabello del mismo color.

Los ojos de Billy serían lo último que Ana vería al morir.

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Una historia con un argumento muy interesante, @Ohm

Siempre me han gustado mucho las novelas de crímenes y/o misterio y esta historia tiene pinta de que va a ser así. Me parece muy interesante ahondar en profundidad en la faceta más oscura del ser humano.

El hecho de que a veces falte detallar el contexto entre lo que los personajes explican en los diálogos es totalmente necesario en una historia de misterio. Siempre y cuando se sepa todo a medida que la historia avanza.

Empleas unas excelentes descripciones,comparaciones, metáforas y metonimias, por ejemplo, cuando te refieres al volante como el «timón», a la luna llena como «un faro», a Harry como un «ermitaño» por su barba, las moscas en tropel formando una segunda piel…

Tienes talento. Espero la siguiente parte. :grin::black_heart:

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Muchas gracias @presoneradelcel97 .

¿Me podrias explicar mejor en que me hace falta detallar el contexto? A menudo recibo menciones al respecto y me queda la duda. No puedo ver con claridad como mejorar.

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Me refiero por ejemplo a cuando detallas a grandes rasgos la situación de Francisco Díaz, sobre todo cuando Gabriel Moreno le dice «¡Esta noche!» y él le responde «Te he dicho que no en público», algo que podría por ejemplo insinuar que Francisco y Gabriel se entienden romántica/sexualmente en secreto.

También se puede entender que el primo de Raquel es el hijo del hijo o hija que pudo tener el abuelo de ellos cuando se acostó con una mujer joven.

Aunque tengo entendido que son detalles que, al mismo tiempo que las motivaciones de Billy para acabar con Ana, también se entiende que obviamente se descubrirán a medida que avance la historia. En eso consisten las historias de crímenes y misterio.

¡Adelante! :raised_hands:t2::grin:

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Oculto en la piel

Hay gente que piensa que los monstruos son criaturas que se esconden debajo de la cama, en un bosque solitario o en el armario. Pero en realidad, los monstruos están dentro de nosotros.

El monstruo quema. Vuela sesos. Rompe cráneos. Dispara al corazón. Acuchilla. Todo lo que queda de la humanidad de aquel monstruo es la piel. Como si se tratara de una serpiente.

La gente trata de esconder su monstruo, pero a veces el monstruo se escapa. Sale de la piel y empieza a aterrorizar al mundo. La gente trata de matar al monstruo, pero el monstruo siempre vuelve. Está oculto en la piel, esperando el momento de salir.

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4. Al atardecer del 9 de mayo, en la cabaña del lago.

Billy - Una piedra.

Aquellos cuatro jóvenes estaban dentro de la cabaña maltrecha, una inmensa soledad los rodeaba, como si el aire estuviera envenenado y los animales temieran ser devorados por las viejas tablas de la cual estaba hecha la cabaña. Al ver tanta naturaleza, Billy evocaba viejos recuerdos. Había frondosos y gigantes cedros que le hacían pensar en los edificios que algún día le gustaría visitar; numerosas acacias viejas que habían aguantado el inclemente clima, signo de la perseverancia; hermosos guayacanes con pequeñas flores, que le hicieron pensar en darle un ramo a su hermosa novia y los extraños árboles de trupillo. Éstos últimos secos y apenas con hojas. Hubo un trupillo en particular que le recordó a él, por lo seco y delgado. Otro, sin querer, le recordó el olor a la muerte. La piel de su cuello se erizó cuando un viento frío le recorrió y volvió a entrar a la cabaña para dejar de recordar cosas que debía olvidar.

Habían almorzado algo ligero, pastas con albóndigas. Billy se encontraba satisfecho, pero un poco inquieto por marcar el camino de regreso a casa, incapaz de decirlo en voz alta. El cilindro de gas funcionó y pudieron cocinar las cosas dentro de la casa. Era más sencillo que hacer una fogata.

—Me encantaría que hiciéramos una fogata en la noche. — - Dijo la hermosa Ana mientras se cubría con una manta.

—Claro, podemos conseguir algo de leña. — - Le respondió Billy, su novio sonriente, agarrando su mano. — ¿Sabes dónde, Harry?

— Harry. — dijo Ana en voz baja mirando a su primo. Billy la ignoró.

Después de pensarlo, Billy se dio cuenta que no sería apropiado quedarse la noche en aquella pocilga. Y unos segundos después se sorprendió que su novia sugiriera una idea tan extraña. Harry pareció no escucharlo.

—Me parece buena idea, prima— - Dijo Harry, barba de árabe, con la camisa sucia de salsa.

—¿Qué te pasó en la mejilla? — Le preguntó la vieja Raquel a Ana.

Ana se cubrió por instinto. Su cabello dorado brilló con unos destellos que entraban por una rendija en el techo. La señora Raquel al ver su reacción miró al chico a su lado.

—¿Billy te pegó? — dijo Raquel con cierta burla señalando al preocupado novio.

— Billy. — dijo Ana en voz baja, como para sí.

Ana arqueó sus cejas negras. Pero Billy, que estaba sentado a su lado, ni se inmutó y respondió con calma.

—Se golpeó fuerte con una rama al salir del lago. —

La sonrisa de la niña bonita se apagó. Harry, el novio de Raquel, dio un respingo, como si sospechara algo, luego Billy le sonrió y la intriga desapareció cuando Ana le dio un golpecito en el hombro.

Los cuatro habían ido en la mañana al lago y habían tenido su rato, pero después abandonaron a Raquel en la cocina, quien fue como la madre de sus tres ingratos hijos y preparó la comida.

La señora Raquel tomó un plato desechable y lo llenó.

—No quiero más. — - El barba de árabe hizo un ademán de alto al hablar.

—No era para ti. —

Raquel se encargó de dejar solo albóndigas en el plato desechable.

—No, Raquel. — advirtió Harry.

—Raquel. — dijo Ana en voz baja, sólo Billy la escuchó.

—Es por si vuelve. Lo dejaré en la entrada. — Respondió Raquel a Harry con un tono suplicante.

Al hablar Raquel dejaba salir un poco un tono lastimero, casi preocupado.

—Vendrá alguna rata o un mapache. — - Le advirtió el barbón.

La voz ronca de Harry se hacía más fuerte al ver que la señora no se detenía.

—O un oso. — - Señaló Billy, pero todos parecieron ignorarlo.

Eso siempre sucedía. Cuando Billy hablaba, alguien más parecía decir algo más interesante y el contacto visual lo abandonaba. Era claro que no era una persona para apreciar. Tenía un camino de hormigas sobre sus labios que algún día se convertiría en un bigote, igual al del recuerdo de su padre.

Raquel salió y dejó el plato junto a la puerta y volvió a entrar. Harry saltó de su asiento y fue a buscar el plato, lo metió enseguida y miró a su novia quien fingía no prestarle atención.

—Trajimos malvaviscos para comer en la fogata cuando narremos historias de terror. — - Billy trató de poner voz de algún tipo terrorífica.

—Te dije que no le dejaras comida al perro ¿Por qué no me haces caso? Billy, escúchame lo que te digo: mujer que no jode, es macho. —

—Tengo frío. — - Se sacudió la hermosura en su manta.

Ana y Billy se acurrucaron. Había suficientes mantas para todos. Las mismas mantas que tendrían cuando los detectives los interrogarían.

—Este lugar ha estado solo por mucho tiempo…— - Empezó a decir Raquel. Billy se quedó estático mientras la no tan amable señora continuaba narrando.

—Dicen que cuando los humanos no habitan un lugar, otras fuerzas, más oscuras, viven dentro. Dentro de las casas abandonadas hay espíritus que aguardan para atacar a las almas débiles. A veces sólo se siente como un escalofrío repentino, que entra por los pies y te congela. Los espíritus malignos esperan al anochecer, cuando todo está oscuro y… devoran el alma. —

—¡Sandeces! — - Reprochó Harry.

—¡Ay! — - se quejó, casi llorando la joven Ana.

—Me parece que debemos irnos antes. Ana no se siente bien— - Comentó Billy preocupado.

—No, me siento bien. Quisiera estar en una fogata. Harry y tú podrían hacerla. —

Este último se levantó. Sacó su navaja para revisar si estaba afilada y luego la guardó en su cinto.

—Ya la oíste. ¡Vamos, flacucho! —

Billy se levantó con una punzada en medio de los ojos. Tardó un momento en darse cuenta de que le había molestado aquella referencia, pero los brazos descubiertos de Harry eran del doble de grueso que los suyos y, a diferencia de él, sí tenía pelo en pecho.

Una brisa fría soplaba con fuerza. El atardecer debía estar cerca porque empezaba a oscurecer, aunque en medio de tantos árboles Billy no estaba seguro.

Al salir notó que Harry era el único interesado en hablarle.

—¿Cómo vas con mi prima? — La voz de Harry, gruesa y algo ronca se escuchaba sobre los pasos entre la tierra.

—Bien, señor. —

Harry hizo una mueca, luego le dio una fuerte palmada en el hombro. Nunca le habían gustado tales muestras de afecto, pero sonrió tratando de disimular.

—¿Ya la encamaste? — Harry soltó sin reparos.

La frente de Billy empezó a sudar.

—Venga. ¿No vas a responder? — Harry seguía caminando delante de él.

—Sí. — Respondió Billy con algo de pena.

—¿Y qué tal? ¿Es buena en la cama? —

Siguieron caminando. Harry llenaba el silencio.

—Con esas piernas. Me imagino que sí. Raquel no cree que sean novios. Dice que yo me la ando tirando. ¿Puedes creerlo? Lo que una mujer necesita para ponerse celosa es otra mujer y su cabeza. — Harry seguía hablando como si no fuera nada.

—Pues si hablas de otras mujeres así, no me sorprende que ella se ponga celosa. — Subió un poco el tono de voz Billy.

La voz de Billy tembló al final en la última palabra. Esperando una reprimenda, Harry pareció no darle importancia a sus palabras.

—Apenas están comenzando. No te preocupes, más tarde que temprano entenderás lo que estoy diciendo. A propósito, ¿fumas? —

—No. — Billy miró de regreso a la cabaña. Aún la podía ver entre los árboles.

—¿Te molesta que fume? A Raquel no le gusta. —

Sin esperar respuesta, Harry encendió su cigarrillo.

—Deberías dejarlo. Por ella. —

Billy trató de ignorarlo. Pero la voz despreocupada de Harry lo confundía un poco.

—¿Le preguntas a tu novia si se vino cuando terminas? — preguntó Harry, mientras le daba un calado al cigarrillo.

—Te agradezco, Harry, que dejes de hacer comentarios así acerca de Ana. ¿Entendiste? —

—¿O qué me vas a hacer, Romeo? — Harry se detuvo, se volteó, enderezó su espalda, con los brazos a los lados frente a Billy.

Habían caminado colina arriba, cerca al lugar donde los oficiales iban a encontrar a Raquel cubierta de sangre. Había unas ramas secas por el sol puestas en la pila. Billy estuvo a punto de mencionar lo sospechoso que sería eso.

—Tranquilo. Estás tenso. —

Harry se echó a reír y reanudaron la marcha.

—Estamos entre compadres. Honestamente te digo que a veces me dan ganas de darle unos a esa mujer. —

—A una mujer no se le pega ni con el PÉTALO DE UNA ROSA. —

Billy se halló sorprendido de sí mismo. Repitió las palabras de su madre con tanto ahínco que evocó los recuerdos de su niñez. El mejor recuerdo era una vez que su mamá lo había llevado a conocer el mar y él voló una cometa de viento tan alto que dejó de verla y se perdió en el infinito.

Harry le dedicó una mirada decidida y las rodillas de Billy empezaron a chocar, arrepentido de haber alzado la voz.

De repente empezó a reír. Harry parecía divertido por las palabras del joven.

—¿Dónde estabas para decirle eso a mi papá? — Harry soltó una risita al terminar.

Empezaron a juntar la madera.

—Mi papá bebía, digamos que hasta perder el uso de razón. Al menos en una de sus borracheras se estrelló en su auto y murió. Digamos que fue lo único bueno que dejó. — La voz de Harry cambió, aunque trató de aparentar que no le importaba.

—Yo… no sé qué decirte. — dijo Billy mientras reunía madera con sus manos.

—Tu tío es un buen mecánico. El único bueno en todo el pueblo. Pero sé que es mujeriego y un borracho, así que no creo que te haya dicho eso. Me imagino que tu papá te enseñó lo que acabas de decir. ¿Me equivoco? — La voz de Harry volvió a sonar más alegre.

—Te equivocas. Mi mamá siempre me dijo eso. Por eso sería incapaz de hacer lo que dijiste. —

—¿Y tu papá? —preguntó Harry y sin esperar respuesta, volvió a preguntar. —¿Está muerto? —

—No. —

Billy se encogió de hombros. No quería seguir hablando.

—Entonces te abandonó. — Continuó Harry. — Al menos se fue antes de hacer más daño. El mío antes de irse me dejó un recuerdo en mi cara para que cada vez que mire al espejo me acuerde de cuanto me odiaba. Pero no pudo matarme. —

Al llevarse el cigarrillo a la boca, Billy notó la cicatriz bajo la barba. Harry subió el doble de madera a su hombro y se encaminó de regreso.

Billy jadeaba después de un par de pasos. Delante Harry llevaba el doble de madera que él y caminaba como si nada. Nunca había sido muy atlético ni cuando solía jugar béisbol. Era muy bueno lanzando la pelota, pero no había bateado ni una sola vez. Se recostó en un árbol al no poder dar un paso más y dejó caer su carga. Harry se detuvo junto a él con una risita burlona pegada a la cara.

El grito de una mujer atravesó el bosquecillo. El inconfundible grito de terror le recordó a Isabel. Siempre supo que fue un error haber leído en el periódico la noticia en la cual describieron que el cuerpo sin vida fue encontrado días después de su muerte. Su mente tradujo la escena en gusanos devorando la carne podrida de un cadáver que no se pudo ocultar y una noticia que conmocionó a todo el pueblo.

Sin más que pensar Harry tiró las ramas y salió corriendo. Al verlo, el flacucho trató de hacer lo mismo. Sus pulmones le dolían mientras Harry se adelantaba más allá de su vista. Billy se fue de cara al piso y cayó sobre un montón de hojas secas.

Recordó brevemente su discusión con Isabel, como ella lo había insultado haciéndolo enojar. Haciéndolo enloquecer. No había querido lastimarla, nunca la habría lastimado, por un momento había perdido la razón.

Un segundo grito caló sus huesos.

¡Ana!

Sacó fuerzas de donde no tenía y en un abrir y cerrar de ojos pudo ver la cabaña y a Harry quien había llegado a la cabaña antes que él y parecía estar peleando con alguien.

—¿Qué pasó? — preguntó Billy al llegar.

Ana estaba acurrucada en el mismo lugar donde la había dejado, aún cubierta por la manta. En las escaleras estaba Raquel, tirada en el piso y Harry a su lado ayudándola a levantarse.

—Estaba llevando el cilindro de gas al auto. Me tropecé. Mi tobillo me duele mucho. — - Se quejó Raquel.

—Vamos dentro de la cabaña. — - Ordenó Harry.

Otro grito sacudió a todos.

—¿Te duele? — - Le preguntó Harry a su novia. La cual respondió.

—Me duele mucho, osito. —

El barbón hizo una mueca. Raquel seguía quejándose. Harry insistía en entrar y ella no podía moverse.

—Debemos irnos. Es lo mejor. — - Lanzó Billy con voz gruesa.

Ambos callaron. Era la primera vez que lo escuchaban. Billy fue a ver a Ana, quien yacía con la mirada perdida.

—¿Estás bien? — - Al preguntar, Billy aprovechaba para acariciar a su novia.

—No me siento bien. Lo mejor es que nos vayamos. Tuve… una pesadilla horrenda. —

El ruido de un animal alertó a Billy. Era el perro de Raquel, pero no recordaba su nombre.

— ¿Cómo se llamaba su perro, señora Raquel?

Pero Raquel lo miró sin entender la pregunta. El perro al verla empezó a gruñir. Raquel dio un brinco y trató de subir a los brazos de su novio.

— Pesas mucho, osita. — Le dijo Harry entre risas.

Acto seguido ahuyentó al animal que parecía no querer despegarse de ellos.

Harry cargó a Raquel y logró meterla en su Ford Fiesta. Billy y Ana ayudaron a meter las cosas que habían traído. El perro se había alejado y miraba al cuarteto con desconfianza atento desde la maleza, Billy estaba pendiente al comportamiento extraño del can.

Billy se quedó un momento viendo la escalera maltrecha. Donde un peldaño estaba dañado. Pensó que Raquel debió haberse tropezado con eso.

Sobre su cabeza cayó una gota de agua.

Antes de que se dieran cuenta la tormenta estaba sobre sus cabezas.

Los cuatro jóvenes no tardaron en decidir que lo mejor sería irse de ahí lo más pronto y empacaron todas sus cosas con destino fuera de la cabaña.

Ana seguía algo callada, pensativa se podría decir. Ahora Raquel parecía callada, algo pensativa también.

Después de que se aseguraron de que no habían dejado nada atrás, tomaron la única ruta en medio del bosque. Pero, a mitad del sendero que habían usado para llegar, lo que había sido el riachuelo, ahora era un río caudaloso. Eso de seguro sucedía porque la lluvia había empezado tiempo atrás, aunque las primeras gotas sobre su cabeza llevaran sólo unos minutos y el agua que pasaba por estos riachuelos alimentaba el lago del cual habían disfrutado. Billy estaba muy preocupado por devolver el auto de su tío, pero arriesgarse a cruzar era impensable.

Miró a Ana y lo supo. Estaban atrapados.

Aaaah la puta madre!! (perdón)
Este final?!

Está genial, Ohm. Me encanta que leer es ir desenvolviendo cómo son los personajes, como quitas el papel de un regalo.
Es intenso. Te hace sentir “esta me cae mal, este me cae bien”… Todo lo que te hace sentir es bueno (en mi opinión).

Ana volvió, claro…
supongo)

Me gusta!!!

Gracias @Ki123

Comparto el enlace al siguiente capitulo.
Oculto en la piel. Capítulo 5 - Taller de escritura - Comunidad de escritores (ebrolis.com)